Antes que nada, adelantamos que mientras más se investiga en el flamenco, más conclusiones “criollas” se sacan. Y utilizo el adjetivo al modo del escritor cubano Alejo Carpentier: “Lo que vino de los barcos”. Antaño, se utilizaba la expresión “ida y vuelta” pero sólo para unos determinados cantes (rumbas, vidalitas, milongas, guajiras, colombianas, y poco más). A día de hoy, algunos rabiosos ultraprogres dicen que “ida y vuelta” es un término “etnocentrista”. Toma ya. Sin embargo, los que no tenemos la rabia creemos que “ida y vuelta” es un término totalmente legítimo y que no implica un “eurocentrismo” (con el cual en absoluto concordamos), sino que precisamente la “ida” pudo estar en América. Siempre defendemos que no sólo España influenció, sino que España también se influenció.

Empero, los nombrados rabiosos luego hablarán también de “apropiaciones culturales”… Digo yo que en todo caso, ¿no sería el mismo idioma español una “apropiación cultural”? Y en todo caso, más de una “apropiación cultural” ha venido de América, como vemos; que hay quien todavía cree que «el pobre Miguel» es algo puro de Triana… (1) Y bueno, entre ellos mismos se contradicen. Y ellos mismos siguen mandando en la “cultura” por obra y gracia de la derecha que todo se lo ha puesto en bandeja. En cambio, hasta entre ellos mismos surgen diferencias y autores de su cuerda ya van por otros derroteros. Sin embargo, muchos que desde otro ángulo presumen de «puros» y también de patriotas y todo eso pues no les da por investigar estas cosas y pretenden arreglar España cuando no son capaces ni de arreglar sus cabezas.

¡Aviados estamos entre unos y otros!

Así las cosas, hablar de “pureza” en el flamenco es acaso un oxímoron, pues dicha música no se entiende sin un continuo y fecundo mestizaje, donde también entra lo mexicano con rúbrica propia.

Veamos: Durante no sé cuántos años, se han dicho barbaridades racistas con la excusa de la “pureza flamenca” contra aquellos que no somos gitanos. Y esto no viene por parte de los gitanos, sino por parte de quienes han utilizado a los calés como “hecho diferencial”; negando durante años la influencia que otros pueblos tuvieron en esta tierra, desde los negros a los italianos. Si en el siglo XIX, al alimón del romanticismo, a las minorías nacionalistas les dio por decir que los gallegos son celtas, los catalanes son franco-góticos, los vascos son una etnia pura y etc.; pues si Andalucía quería ser diferente, sería por ser gitana y mora. Se dijeron cosas como que Andalucía no tuvo cultura hasta que llegaron los gitanos. O que toda la cultura se la debemos a los árabes. Y un servidor lleva apostando desde hace tiempo que algún día saltarán con que el jamón es de origen moruno… Con todo, ¿acaso el gitano constituye una raza pura y sin mezcla, y acaso gitanos y árabes son el mismo pueblo, y acaso puede entenderse al gitano andaluz sin su interacción cultural y hasta física con castellanos, negros, moriscos, o con otros muchos europeos que pulularon por la Andalucía atlántica?

Menudos campeones de antropología tenemos entre los nacionalistas/separatistas/”andalucistas” que tienen a Blas Infante Pérez de Vargas como un sabio irrefutable… Lo mismo que la Galicia “celta” y la Cataluña franco-gótica independiente hasta 1714, y la Vasconia dizque sin influencia romana, y todo lo que venga bien para la hispanofobia…

Verdad que enhorabuena se admite la influencia negra, pero se sigue negando la italiana:

Otrosí, también se ha llegado a decir asimismo que los “castellanos” (“payo” es un término racistoide que no acostumbro utilizar) no tenemos derecho a hablar de flamenco. Eso sí: Como autoridad “purista gitanista” se acude a Demófilo, esto es, el padre de los Machado, que hasta donde sabemos, de gitano tenía muy poco. El mismo que decía que “el flamenco no tenía que haber salido nunca del hogar gitano”. ¿Pero es que acaso el flamenco nació y se circunscribió exclusivamente a las casas de las familias gitanas? ¿Cómo y desde cuándo?

Pocas explicaciones se han dado al respecto hasta hace poco.

El caso es que sobre el origen de la petenera flamenca se lleva especulando como mínimo un siglo. Algunos lo presentan como un “cante grave/jondo”, que casi no necesita música; porque hubo quien decía que el flamenco se inventó nada más que con cante, sin música; en contra de lo que las hemerotecas se empeñan. A la petenera flamenca, asimismo, se le asociaba un «mal bajío», una mala suerte, por mor de sus letras tristes, rompedoras. Algunos le achacaban un origen sefardí. Otros decían que “petenera” era por una cantaora mítica de Paterna. Sabemos que en Huelva está el pueblo de Paterna del Campo. El problema es que también aparece el género de la petenera en Valencia… Sí, en Valencia hay otro pueblo llamado Paterna… ¿Pero no estamos rebuscando demasiado?

Hace años, el musicólogo Faustino Núñez, autor del libro “El afinador de noticias» -entre otros-, señaló que “petenero” es el gentilicio de Petén (actual Guatemala, antaño parte del virreinato de Nueva España), y que “petenera” es una música conocida y documentada en el actual México en el siglo XVIII, cuyo patrón rítmico, cuanto menos, era coincidente no sólo con la petenera, sino con otros cantes flamencos que, mal que bien, se acogen al patrón rítmico del fandango antiguo; que es el patrón más antiguo -valga la redundancia- que conocemos y que, puestos a rizar el rizo, sería lo más puro, en contra de quienes lo denostaban como «cosa menor», «fandanguillo», «fandangueros»…

Pues bien, a través de un lector del mentado Núñez nos llega la siguiente información de «El afinador de noticias»:

“…el gran Luis Alonso, director de baile del teatro gaditano del Balón, fundado en 1811 por Manuel García y hermano de Antonio El Planeta, baila la petenera nueva americana, el son jarocho que llegó de Veracruz a Cádiz, al menos en diciembre de 1826 y que décadas después daría tanto de sí en el repertorio flamenco…”

Y hasta aquí podemos leer. Como se dice en mi pueblo, «el que quiera saber que se compre un libro»; y de paso, que se compre el de Faustino Núñez; el cual ofrece mucha más documentación sobre la petenera y sobre otros cantes andaluces relacionados con músicas hispanoamericanas.

También pasa que en zonas donde hay un sustrato cultural común, se acaban formando patrones culturales comunes. Por eso no es de extrañar que veamos aires de familia desde la música a la gastronomía, pasando por la arquitectura o la literatura. Que el son veracruzano se nos parezca al joropo que hace furor desde Venezuela a Colombia o que las sevillanas tengan aire de familia con la marinera del Perú no es casualidad, sino lógica. La misma lógica de que en Andalucía no se escucha música de Marruecos o de la India y sí de Carlos Vives, Shakira, Gloria Estefan o el jodido reguetón (2). Y esto no es de ahora, sino que lleva pasando desde que de Palos de la Frontera se llegó a Guanahaní. Y no es un academicismo, pues es algo que se respira de una forma natural, lo mismo que la tortilla la hacemos con papas y el gazpacho con tomate o nos encanta el chocolate y todavía somos un país de muchos fumadores.

Decíamos antes que el nombre “petenera” también aparece en Valencia. Para muestra un botón:

https://www.youtube.com/watch?v=C6XqG7jHT44

¿Cómo puede ser esto?

Tal y como puede ser que existen nombres de músicas comunes en todo el mundo hispánico; nombres que a día de hoy no designan la misma música, pero que a buen seguro partieron de modas y patrones comunes. Volvemos a lo mismo “contra las casualidades”: “Petenera” aparece primero en México y luego en Andalucía y Valencia; bueno, como también aparece “polo” en Venezuela y en Andalucía; como aparece “fandango” primero en Andalucía y luego desde la Nueva España al Río de la Plata. Y fijémonos en la época de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando Carlos III decreta el libre comercio de muchos puertos peninsulares con las Indias, acabando definitivamente con el floreciente monopolio andaluz-americano. Puertos como Santander, La Coruña o Barcelona (para que después los separatistas catalanes se quejen de los Borbones… ¡Encima!) van a adquirir un gran protagonismo en esta época, y asimismo, en el siglo XIX, buena parte de las regiones del Cantábrico concentrará grandes contingentes migratorios a México, Cuba, Venezuela, Argentina, Uruguay… Y otra vez contra la casualidad: Desde Cataluña a Asturias comienzan a aparecer “colombianas”, “habaneras”… Y a posteriori aparecerán en Andalucía. Como aparece del Perú un género musical llamado guajira (citada por el escritor Enrique López Albújar en su novela «Matalaché») y también aparecerá en Andalucía; y esa guajira flamenca tiene el mismo patrón rítmico que el punto cubano, música aún viva en Canarias. La vidalita y la milonga desembarcan en Andalucía procedentes de la Argentina como la rumba apareció desde Cuba. Al igual que los tangos de Cádiz fueron conocidos (en la misma época que la petenera mexicana se introduce en el repertorio del cante andaluz) como “tangos de los negros” o “tangos americanos”. ¿Y es que pueden entenderse los cantes festeros de Cádiz, desde el flamenco a los carnavales, sin la influencia antillana? Si hasta en las bulerías se nota.

Así las cosas, cada vez tiene menos sentido hablar de “cantes de ida y vuelta” para restringir algunos cantes del flamenco, considerados “menores” por los «puristas»; porque el flamenco en sí no se entiende sin ese fenómeno total. El origen mexicano de la petenera no es sino una pieza más de un rompecabezas que estaba incompleto por mor de malas informaciones, tendencias ideológicas ramplonas y falta de investigación. Y al final, los nacionalismos/separatismos son nuestros indigenismos, y así como el indigenismo en América quiere negar la evidencia de la influencia española, en España hay quien pretende negar la influencia americana. El problema es que las evidencias son demasiadas, y aunque los hispanófobos del mundo sigan odiando unidos –eso sí, en la lengua de Cervantes y aprovechando toda la vasta estructura cultural que dejó la Monarquía Hispánica-, cada vez pueden engañar a menos gente.

En fin, sobre la petenera flamenca, sabemos por las grabaciones de principios el siglo XX que no se ejecutaba con un tono “grave”, sino que se usaban con castañuelas y de un modo más «rítmico». Válganos Antonio el Mochuelo:

En la petenera mexicana también se usan las castañuelas (como también se usan en músicas del Perú):

¿De dónde es la «pureza», entonces?

Y reiteramos que en verdad no es raro que los gringos confundan la música mexicana con el flamenco, porque desde el rasgueo de guitarra a la petenera y el fandango, vaya si hay aires de familia. Ellos se dan cuenta y nosotros parece que escurrimos el bulto.

Sabemos, con todo, que alguno que otro interpretará en su flamante lectura comprensiva este escrito como «antigitano». Mas ya nada nos importa esto; porque de hecho valoramos la aportación que muchas familias de artistas gitanos han hecho y hacen al flamenco; pero por lo que no pasamos es por los «trágalas» que sin argumentos ni documentos, y encima con racismos de muchos hispanófobos que sin ser gitanos los intentan utilizar (como ahora ocurre con los negros) para sus absurdos y dictatoriales planteamientos progres.

Así las cosas, cada día tenemos más hechos que nos fortalecen a los amantes de la Hispanidad en su integridad, esto es, desde la rica diversidad a la entrañable unidad: Ecúmene y koiné, válgannos los helenismos. Por ello, ¿a qué estamos esperando para actuar en consecuencia, de abajo a arriba? ¿O nos llevaremos divagando otro siglo más como se ha hecho con la petenera?

(1)

(2) Sobre el reguetón y su relación con la música andaluza, recordamos:

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