Por Andrés Alburquerque

Deseo abordar un tema que nos toca a todos por igual; mis numerosos amigos de FB así como los que me han regalado su añeja o reciente amistad en el ámbito personal están habituados a lo que jocosamente denomino como mis batallas contra los molinos de viento; en paralelismo con el clásico pasaje quijotesco. En específico pretendo arrojar algo de luz sobre el don de la palabra; la facilidad del verbo y el privilegio, la vanidad y la responsabilidad que significan.

Es innegable; y sería deshonesto soslayarlo, que a todos o a casi todos nos gusta sobresalir; el protagonismo es uno de los ingredientes del carácter humano y en la dosis apropiada puede ser muy útil y eficaz; nos gusta expresarnos; hablar, e incluso dejar escapar las más íntimas y recónditas sensaciones y percibir el efecto que ejercen sobre los demás; hasta ahí ese toque de vanidad que puede traer el privilegio de la palabra resulta aceptable y hasta lógico. Pero este privilegio y esa lícita vanidad acarrean una enorme responsabilidad que a mi juicio es ineludible.

Si nos remitimos a ese concepto que define la lengua o el idioma y que algunos denominan el habla; quizás limitándolo a una visión más médica que lingüística, nos encontramos conque es el sistema de signos convencionales utilizados por el ser humano para transmitir su pensamiento; es un sistema y por tanto es estructural aunque permanezca en el plano subjetivo pues refleja como ningún otro elemento la aplastante tangibilidad y materialidad del mundo circundante; tanto es así que muchos salivamos al escuchar la palabra queso; cheese; formaggio; los fonemas son en extremo subjetivos pero reflejan de modo tan eficaz la realidad que empujan al ser humano a un plano casi sinestético; el sentido del oído recibe ese fonema y los mensajes eléctricos a nivel de corteza cerebral nos hacen verlo como si estuviese ante nosotros y en algunos casos hay quienes hasta perciben el fuerte olor de este preciado artículo. Sin duda alguna; el habla influye sobre todos los sentidos de un modo u otro y es capaz de transportarnos hacia la nebulosa inmensidad del significado, la verdad, la mentira y la incertidumbre.

Mezclada y articulada con tacto y proporción la palabra puede mover montañas; puede inducir a grandes grupos de individuos a protagonizar eventos insospechables y ahí precisamente radica la responsabilidad que requiere su uso. Es primordial que los que emprendemos el polvoriento y azaroso sendero de influenciar a nuestros semejantes lo hagamos con absoluta conciencia del compromiso que contraemos y los sucesos que podemos desencadenar. En época de extrema polarización e inveterada volatilidad los nervios permanecen a flor de piel y debemos exigir a todas las tendencias y persuasiones que se comporten con la mesura, la habilidad y la honestidad que el discurso reclama aquí y ahora. Si los que de una forma u otra contamos con oídos a los cuales susurrar nuestras verdades nos comprometemos a desempeñar la labor con honestidad habremos dado el primer paso; lo demás queda de la mano firme, omnipresente y por momentos caprichosa de Olofi, último y definitivo agitador de las separadas imágenes que conforman el caleidoscopio de nuestra realidad.

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