Por Antonio Moreno Ruiz

De niño me fascinaba el baloncesto, y de hecho, se me daba mejor que el fútbol, aunque siempre me gustó más el fútbol. Aunque no había tanta opción de ver los partidos de la NBA como ahora, todo lo que concerniera a ello me lo bebía, y así, recuerdo los tiempos en que la ACB hablaba de nombres como Audie Norris, Chicho Sibilio, los hermanos Martín, Nacho Solozábal, Rafa Vecina, Epi, Romay… Y de cuando los europeos empezaron a jugar en la NBA, en especial aquella selección yugoslava de Drazen Petrovic, Dino Radja, Vlado Divac…

Mi infancia fue la del Dream Team de Magic Johnson y Michael Jordan, cuando en las olimpiadas de Barcelona´92 exhibieron la perfección absoluta en este deporte. Sin embargo, con todos mis respetos para Jordan y para tantos otros genios de este deporte, mi ídolo absoluto era Larry Bird, en aquellos Boston Celtics de Kevin McHale y Robert Parish.

Años después, viendo a Kobe Bryant en los Lakers, volví a sentir algo de aquella magia de infancia. Su trágico accidente y todo lo que le envolvió me devolvió a la infancia de una bofetada.

Con todo, Larry Bird era la inteligencia personificada y el rey de los triples. No he visto nunca a un tipo sacarse tanto partido y hacer tanto bien a un equipo. Su número 33, y aquella chaqueta de los Boston Celtics franqueada por tréboles de regusto irlandés me subyugaba; y fui muy feliz cuando me regalaron una camiseta de la marca Spalding con su número y su apellido grabados cual marca totémica.

Como siempre fui grandón, había quien pensaba que podría destacar en el baloncesto. Yo veía las revistas “Superbasket” y soñaba cosas que ya ni me acuerdo.

Y en eso que como desde muy niño tuve que usar gafas, no sé qué edad tendría, pero recuerdo que iba por una céntrica óptica que había cerca de la Plaza de la Magdalena en Sevilla, que creo que ya no existe. Y por supuesto, iba con mi camiseta de los Boston Celtics con el 33 de Larry Bird a la espalda. Y cuando entré en aquel sitio lleno de gafas, uno de los empleados me dijo algo así como:

-¡Uy, qué poco me gusta ese color!

Yo entendí que se refería al fútbol tal y como lo vivimos intensamente en Sevilla (1), y me apresuré a decirle que era tan sevillista como él; a lo que me respondió:

-No, si a mí me gustan los Celtics, pero tanto verde, tanto verde… Que me estoy pasando los Lakers.

Me puse más colorado que un tomate. ¡El de la óptica me había creado un problema existencial!

Llegué a jugar en los infantiles de mi pueblo, y con 13 o 14 años, fui dejando de lado el baloncesto, intentado convertirme en un expeditivo defensa. Y hasta hoy.

Y ahora que en estos días de cuarentena escucho a los Dropkick Murphys, pienso que a ver si el de la óptica fue el culpable de que dejara el baloncesto. O quizá el culpable fui yo que tenía mil pájaros en la cabeza…

Bueno eso, que como ahora hay mucho tiempo para pensar, se me vienen todos esos recuerdos en forma de infancia entrañable e intentonas psicoanalíticas.

Por lo pronto, seguiré recordando cuando soñaba con los Boston Celtics, seguiré escuchando a los también bostonianos Dropkick Murphys, y como es fin de semana, caerán algunas cervezas, D.m. Total, tampoco es que se pueda hacer mucho más…

NOTAS

(1)Desengáñense con la supuesta rivalidad Real Madrid-Barcelona. Como se viven los derbis entre el Sevilla y el Betis no hay parangón en España; dicho esto por muchos futbolistas argentinos que han pasado por la ciudad que fue puerto y puerta de Indias.

(2)Recuérdese:

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