Aflamencamiento y acriollamiento contra los «puristas»

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Hacía tiempo que no escribía sobre flamenco y ahora me lanzo a ello; más concretamente, algo sobre y contra la supuesta pureza (cuando el flamenco es de todo menos puro) que me granjeará enemistades y antipatías, pero bueno, a estas alturas de la película, de perdidos al río.

Valgan argumentos y documentos:

Aunque las evidencias cada vez jueguen más en su contra, los llamados “puristas” del flamenco no descansan, y en su afán racialista/exclusivista moro-gitano (como si fuera lo mismo, ¡olé ahí la antropología de salón!), quisieran prohibirnos opinar siquiera a los que no pertenecemos a ese acervo, es decir, a la inmensa mayoría de los andaluces. Tampoco les gusta la opinión de muchos gitanos o árabes que no concuerdan con este disparate, como decimos, que no se sabe bien si es “gitanista” o “arabista” o se cree que es todo lo mismo. Desde los disparates –valga la redundancia- de Blas Infante Pérez de Vargas hasta la podemita Teresa Rodríguez y el tal Antonio Manuel, el mensaje sigue las mismas y pesadas mentiras, buscando el hecho diferencial separatista hispanófobo a como dé lugar, toda vez que el régimen de las comunidades autónomas los aúpa en volandas.

Y muchos andaluces nos pensamos que eso del nacionalismo/separatismo es un problema que tienen los vascos y los catalanes y que aquí estamos libres de eso… ¡Qué equivocados estamos!

Y todo esto, en verdad, no viene tanto del mundo de la música en general ni del arte en particular como desde el politiqueo. Y es que el flamenco, al ser un producto del romanticismo, prácticamente desde su nacimiento fue tomado como “hecho diferencial” frente al afrancesamiento o la ilustración, lo mismo que se tomaría el “celtismo” en Galicia o lo mismo que se inventaría el color morado de los comuneros y se relacionaría esta revuelta contra Carlos I con el liberalismo a través de logias irregulares. El siglo XIX, desde luego, no fue aburrido. Atesoró buena parte de los mitos disgregadores que nos hacen caminar justo en el sentido opuesto que nos marcarían estos complicados tiempos de la globalización.

Y buena parte de ese siglo estuvo adobado por el racismo y adláteres.

Siglo XIX y leyendas: Ay de esos que dicen quejarse de Bolívar y San Martín pero tienen a Riego en un pedestal…

En fin, que me desvío. Volviendo al flamenco y su imaginario deformado adrede: Con todo, últimamente salen muy buenos trabajos sobre la influencia hispanoamericana en el flamenco. A pesar de las buenas investigaciones, alguno que otro sigue anclado en la manipuladora teoría de Américo Castro y las “tres culturas”; porque esa es otra, se ha convertido a Américo Castro en la única voz autorizada sobre la España medieval; como se ha convertido a Bartolomé de las Casas en la única voz autorizada sobre la conquista de América. Porque ellos lo valen y punto. Pero en fin, yéndonos a nuestro tema, siendo que el flamenco es música romántica y que nace principalmente en una Andalucía atlántica que durante siglos tuvo tanto contacto con los puertos americanos (y no digamos especialmente Cuba) y que toda nuestra cultura cotidiana está felizmente tocada por este hecho tan trascendental como universal, vamos a explicar cómo es un proceso que cristaliza en el siglo XIX.

A saber:

-Vallenato de Rafael Escalona:

-Versión más moderna de Carlos Vives:

Y a los años, Triana Pura:

¿No sería más pura la primera versión colombiana antes que la versión trianera?

Vayamos con otro caso. A saber:

-“Elegibo”, canto de candomblé brasileño:

Versión más moderna de Margaret Menezes:

Y ahora Sándalo…

La versión de Sándalo habrá quien diga que es “rumba catalana”, que tomó una técnica especial de guitarra que llevan los gitanos en la sangre desde la India… En verdad, una técnica de músicos cubanos, una música que llaman “catalana” pero que es más cubana todavía que la rumba andaluza o flamenca.

Y ahora que me vengan los puristas a celebrar un andalucismo que no ha hecho más que despojarnos de nuestros verdaderos símbolos, amén de enfrentarnos y dividirnos; y especialmente, redundando en el odio a Sevilla, cuando Sevilla ha perdido muchas señas de identidad y está cada vez más replegada.

Y que me vengan a explicar por qué eso que llaman ellos “cantes más jondos” están adobados en la guitarra por el fandango antiguo, ese que el Diccionario de Autoridades de 1735 decía que habían traído los que habían estado en las Indias.

¿Y por qué son más jondos las siguiriyas, las deblas o las soleás que las sevillanas o las verdiales?

¿Y por qué un tío del Aljarafe debe saber lo que es un martinete por la fuerza por encima de sevillanas, rumbas o fandangos que son sus músicas más inmediatas y de las que más disfrutan?

Que esa es otra: Que el flamenco/cante jondo ni ha tenido ni tiene predicamento en toda Andalucía ni tiene por qué tenerlo. No hay que forzar las cosas. Máxime cuando las músicas folclóricas, ligadas a jotas, seguidillas y etc., están documentadas como más antiguas y continuadas entre la mayoría de la población. ¿No serían más «puras», siguiendo los criterios del andalucismo o al-andalusismo con toques filohindúes?

Pero claro, en Cataluña, se suprimieron la jota y el “espanyolet”  y se fue forzando a un “neofolclore” que hasta hoy perdura.

El flamenco no es folclore, en todo caso, sería una «remasterización», como se dice ahora; exagerando muchos rasgos que van incluso más allá de la mera música. Llena de sutilezas y matices, y hasta de refinamientos. Y hecha por artistas, ligada al mundo del café y del teatro; siendo que el único instrumento “extraflamenco” que se ha quedado es el cajón peruano. Qué casualidad…

Que a ver, que no estoy diciendo que no haya nada de influencia mora/gitana/oriental en nuestra música, y más concretamente en el flamenco. Que se puede percibir en la forma del canto. Pero es que en ese caso, ni siquiera el flamenco es privativo, ¿o no hemos escuchado los “cants/tonades de feyna” o “de treball” de Baleares; islas, por cierto, donde los bizantinos estuvieron más tiempo que los moros?

¿Y qué tal las tonadas, tan típicas de pasiegos y asturianos?

Es más, es que siendo así, ¿acaso el flamenco es algo “extrahispano”?

¿Acaso el flamenco o las músicas folclóricas andaluzas no tienen nada que ver con las otras músicas que nos encontramos por el resto de España e Hispanoamérica?

¿Acaso el flamenco existía en el siglo XV? ¿O lo inventaron antes los omeyas?

¿Según los al-andalusistas, aquí hay una conspiración para que no se reconozca la influencia árabe? Claro, será que el Magreb y todo el mundo islámico reconocen su influencia grecorromana y respetaron a los cristianos que ya estaban allí antes de la llegada del islam por los siglos de los siglos, amén…

Es que hay que ser cínico, manipulador y mentiroso. Máxime cuando desde hace muchos años, el progresismo/woke tiene el poder absoluto en sus manos. Pero claro, cuando el victimismo es un negocio, también es la forma del poder, por más que este quiera entretenernos.

Todavía a principios del siglo XX, Juan Valera decía que no se explicaba el porqué de la moda de la palabra “flamenco” para referirse a lo “andaluz” o a lo “andaluzado”; mucho después, Federico García Lorca utiliza la palabra “flamenco” para referirse a lo “no gitano”… Y no digamos cómo lo utilizan Chaves Nogales y el torero Belmonte… Y algunos siguen empeñados en que viene de una palabra primero del dialecto egipcio y luego del dialecto andalusí… De esa época hermética que estuvo tropecientos años sólo en cuevas y fraguas que no sabemos si de árabes o de calés… Y no opines ni te metas en su negocio porque si no, eres un mal andaluz. Encima.

Se me dirá, por otra parte, de esto que expongo, que, claro, que estos son “cantes menores”, sin importancia. Bien, pues el mairenismo (que al menos abogaba por la conexión “gitanoandaluza”) clasificaba los tangos de Cádiz entre los cantes más jondos, grandes y puros; siendo que esta música, válgannos las hemerotecas, entraron en Cádiz a principios del siglo XIX como “tango de los negros” o “tango americano”. La petenera había quien decía que era sefardí, pero en verdad entró a principios del XIX por la vía mexicana. Eso sí, alguno dice que es que en verdad procede de una música que llevaron judeoconversos a la Nueva España. El que no se consuela es porque no quiere.

Que esa es otra, como si árabes, judíos o gitanos o tantos otros pueblos de la tierra no hubieran tomado nada de otras culturas y nosotros, los malvados españoles (y no digamos ya los malvados castellanos), no tenemos cultura propia ni original… Y somos muy malos y tenemos que pedir perdón por haber expulsado a moros y judíos pero al mismo tiempo, somos diferentes porque somos moros y judíos. ¡Que siga la fiesta!

Así las cosas, no soy un “antiflamenco”, todo lo contrario; de hecho, defiendo el flamenco como una de las músicas más ricas de Occidente. Pero desde luego, como hijo de la Andalucía profunda, no tengo por qué sentirme representado en toda esta manipulación que encima está matando el cante a base de antipatía y mediocridad.

Basta ya de invenciones disgregadoras y engaños para turistas. Y basta ya de miedo a expresarse.

*Imagen del artículo:

https://nuestroflamenco.com/es/cajon-flamenco/

*Sobre «andalucismo» y «galleguismo», recuérdese:

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