Por: Vicente Morín Aguado, Periodista independiente, reside en Cuba

El senador romano Marco Porcio Catón hizo célebre su obsesión por una idea política al reiterar en sus discursos, no importaba el tema, la frase final ¡Cartago Delenda Est!, es decir, Cartago debe ser destruida. El próximo febrero enfrentará a los cubanos ante un dilema, refrendar un texto constitucional aberrante desde su concepción, cargado además de incongruencias legales; parábola de la contienda histórica, este Cartago nuestro merece un contundente NO.

No porque los redactores del texto no representan la soberanía popular, incuestionable fuente de todo poder estatal, de cualquier cuerpo legislativo. El equipo de improvisados “legisladores” fue designado según el criterio de la alta cúpula del Partido Comunista de Cuba (PCC), sin la consulta popular requerida.

No porque el proyecto ahora en fase de retoques finales arrastra aberraciones tales como copiar un principio político propio de la carta magna soviética de 1936, país y sistema políticos barridos por la voluntad expresa de sus ciudadanos. Es inadmisible votar favorablemente la supremacía de un partido político por encima del pueblo, único depositario de la soberanía en lo que ha de llamarse república democrática.

No porque se prohíbe expresamente la concentración de la propiedad y de la riqueza producto del esfuerzo emprendedor de sus ciudadanos, sin embargo se toleran semejantes prerrogativas a los ciudadanos residentes en otros países. Imposible decirle está bien a la propuesta de convertir al pueblo cubano en una sociedad de pobres por legislación discriminatoria, y por tanto, de pobreza generalizada.

No porque el texto que votaremos ni siquiera reconoce la obligación de garantizarle a los trabajadores un salario mínimo en alza progresiva, capaz de satisfacer en todo momento el mínimo de las necesidades básicas del trabajador junto a su familia inmediata, precisamente lo que Carlos Marx llamó “valor de la fuerza de trabajo”, cuyo precio se expresa en el salario.

No porque en nombre de marxistas y martianos se eterniza un fracaso tan evidente como el miserable pedazo de pollo que una vez al mes asigna el partido-estado a cada compatriota, considerándolo parte de una canasta básica que viene reduciéndose desde su imposición obligatoria hace más de medio siglo, hasta ser hoy el símbolo paupérrimo de las conquistas del socialismo, detenidas desde sus primeras y aplaudidas medidas hace ya 60 años.

No porque la obsesión ante cualquier idea de cambio real, ante el evidente desastre, se ha convertido en tozudez sicológica incurable para una gerontocracia-gobierno de los ancianos-que dejará el precepto inadmisible, por lo demás anti histórico, de un sistema socio económico y político imposible de modificar.

No porque los asuntos medulares del Anteproyecto, que originaron polémicas en los debates populares, no ofrecen a los votantes la alternativa de decidir al menos entre dos proposiciones, obligando a un solo voto en bloque por todo el texto, que de hecho justifica otra razón para el NO.

No porque es hora de civismo, de expresión meditada, de consulta personal con la conciencia en el silencio resguardado del precinto donde cada ciudadano ha de hacer la cruz, símbolo sagrado que no debemos traicionar porque es hora de expresarnos, enviando un claro mensaje cuya suma aritmética será mucho más que el total simple de los NO individuales.

No porque la propuesta contraria viene de quiénes ahora envejecidos aceptan a regañadientes un mínimo de cambios para finalmente no cambiar nada esencial. Ellos reprimieron a los homosexuales, obligaron a los jóvenes a cortarse el pelo, prohibieron y prohíben libros, y hasta páginas en internet donde los critican, recordándoles sus faltas pasadas y presentes. Estos trasnochados legisladores criticaron al John Lennon hoy convertido en atracción turística, desaparecieron navidades, proclamaron el ateísmo obligatorio que aún se impone en las escuelas, inclusive prohibieron todo contacto con lo extranjero, hasta su moneda, actos que únicamente circunstancias extremas les obligaron a modificar.

No porque ellos son los mismos, sus pretendidos sucesores son criaturas creadas por ellos mismos y nosotros somos otros. No somos continuidad si se trata de prolongar la agonía de hoy.

No porque nos asiste la razón dé cada día y NO porque perfectamente podemos hacerlo.

Igual que el célebre Catón de los romanos, nuestra Cartago debe desaparecer.

Ceterum censeo Cartaginem ese delendam. (Además opino que Cartago debe ser destruida.)

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