Por Carlos Cabrera Pérez

La polarización de un país empobrecido rara vez conduce a solución alguna. Quedan días de atrincheramiento mutuo y muerte de algunos inocentes a manos de las porras maduristas.

Guaidó tuvo la habilidad de ofrecer una amnistía parcial a los milicos, pero la cúpula militar -que se ha enriquecido con el socialismo del siglo XXI- tiene miedo y sabe que si los desalojan del poder no tendrán sitio donde esconder sus dineros ni sus vidas.

Maduro se apresuró a pedir diálogo a Trump, acobardado por el callejón sin salida en que él y sus aliados han sumido a Venezuela y -en medio de su guapería bufonesca- se puso a implorar perdón y a suplicar una visita de Pompeo.

Trump lo vio débil y reconoció a Guaidó, desatando una cascada de reconocimiento que han evitado -hasta ahora- la Unión Europea, el Vaticano, Turquía, China, Osetia del Sur y Abjasia, entre otros.

Brasil reconoció a Guaidó, pero ha aclarado que no cuenten con ellos para una coalición invasora, que podría ser una de las variantes sugeridas a la Casa Blanca.

Pero que nadie tiemble, esa opción parece lejana, porque el malvado Trump -ese malo malísimo- sigue comprando y pagando puntualmente crudo venezolano; mientras Maduro y sus boliburgueses empobrecen y matan a una parte significativa del pueblo venezolano, que ha vuelto a las calles para exigir que se vayan sus verdugos.

Nada ha cambiado.

60 años después de la revolución cubana, una parte de América Latina sigue apostando por intervenciones yanquis para que le resuelvan sus problemas.

Mientras el tardocastrismo confirma su dependencia económica del tardochavismo, sabiendo que la caída de Maduro podría agudizar aún más su desastre; y por ello se apresura en volver a Davos, donde no comparecía desde 1995. Fácil ecuación.

Venezuela, ni siquiera Maduro, son culpables de la crisis de Cuba. Fue Fidel Castro quien decidió paralizar toda reforma económica y parasitar a Hugo Chávez a cambio de blindaje personal, cooperación civil, y espoleando su ego llanero.

En eso ha quedado el pretendido primer territorio libre en América. Baba sin quimbombó.

Algunas reacciones emocionales del exilio cubano no se han hecho esperar y, desde la comodidad de Netflix y la tranquilidad de saber que los niños volverán a casa bien comidos del colegio, se han lanzado a Facebook para decir a sus paisanos en la isla que se lancen a las calles para derrocar a la dictadura.

El que empuja no se da golpes.

Europa ha reaccionado con un medido ni fu ni fa. Y luego se quejan de ser actor secundario en América Latina, como ya les pasó con el embullo Obama en Cuba. Y el Vaticano, bien, gracias. Con lo a gustito que se está en Panamá tendiendo puentes entre cánticos juveniles y alegorías teológicas.

El débil gobierno español se ha escudado en Bruselas; pero la causa real es que Sánchez Pedro no puede enfadar a los residuos de Podemos, endeudados económica y sentimentalmente con el chavismo, que nunca ha filtrado los expedientes de los galleguitos jodedores, pero podrían, claro que podrían.

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