Foto: Iglesia de San Julián el Pobre

París, 18 de julio de 2020.

Querida Ofelia:

Karim estuvo este fin de semana en casa. Su madre, Nathalie, falleció hace tres semanas, después de un duro combate contra el cáncer que ella perdió. Era una mujer de 52 años, murió el mismo día de su cumpleaños. Era bella, distinguida, elegante, con gran sentido del humor, generosa.

Su esposo hace cinco años perdió la vida al caer su avión en plena selva en la República Centroafricana; encontraron su cadáver después de una semana y lo repatriaron a París. La misa fúnebre fue en Saint Julien le Pauvre, la iglesia más antigua de París, de ritos católicos griegos. Aquel día, como ahora en el entierro de Nathalie, la cantidad de coronas era tan grande que cubrían las paredes de la iglesia y salían hasta la plaza.

La familia de Nathalie ha sido atrapada por la rueda de la historia, a todo lo largo del siglo XX. Sus abuelos eran rusos blancos, los que salieron huyendo de los bolcheviques y se refugiaron en Irán, allí nació su madre, pero llegó el Sha con su abominable dictadura y después los ayatolas integristas de Khomeiny. La familia con Nathalie joven huyó al Líbano, allí se casó con Elie, pero estalló la guerra con Israel y como ellos vivían en el sur del país, todo fue bombardeado y destruido por el ejército israelí.

La familia huyó a Francia y se instaló en París. Elie tuvo la oportunidad de irse a Bangui, República Centroafricana, donde prosperó, pues era el director del Hospital Central, además fundó una clínica en la que atendía a todo el cuerpo diplomático. Pero sus hijos, Leila y Karim crecían y la madre decidió regresar a París para darles una educación europea. Iban a África durante las vacaciones.

Como Karim y mi hijo estaban en el mismo Instituto, en  L’Institut de l’Alma, de las monjas del Sagrado Corazón de Jesús, se conocieron y nosotros trabamos amistad con los padres de él. Mi hijo fue invitado a la enorme propiedad en plena jungla de Elie y Nathalie, hizo un safari, visitó a los pigmeos: toda una aventura. Se enfermó con la malaria, pero se salvó gracias a la asistencia médica de Elie. El chico tenía que tomar cada día una pastilla a la misma hora, dice él que la tomaba, yo lo dudo.

Un buen día, Nathalie se enfermó, el diagnóstico fue terrible: cáncer. Un mes después Elie tomó su avión con amigos franceses y suizos para volar sobre la jungla, pero hubo un mal tiempo y el desenlace fue fatal. Un año después se produjo la rebelión en Bangui, todas las propiedades de los europeos fueron saqueadas, y a la bella casa de Nathalie no le dejaron ni los marcos de las ventanas. La clínica desapareció, pasto de las llamas. A Nathalie sólo le quedó su apartamento del Barrio Latino de París. De nuevo la Historia atrapaba a su familia.  Como se trata de una familia muy unida, no tengo dudas sobre el porvenir de Karim y su hermana Leila, los dos hijos de la que fue la encantadora pareja de Elie y Nathalie.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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