Luego de que Donald Trump ganara las elecciones en Estados Unidos, se instaló cierto discurso entre los amigos hispanistas sobre el personaje como adalid del “supremacismo anglosajón hispanófobo”. Sin embargo, no parece que la cosa sea tan fácil, pues dentro de la numerosa y compleja sociedad hispanoamericana ya instalada en el país de las barras y las estrellas, los cubanos de Florida parece que no se dieron por enterados y muchos fueron a votar por Trump. ¿Son traidores, por ello, a su origen hispano? ¿O acaso no saben bien cómo van las cosas en los Estados Unidos?

Dejémonos de simplismos, por favor. Que precisamente en eso radica nuestro problema. A saber:

Trump no tiene la culpa de la Leyenda Negra. Ni Trump ni todos los anglosajones juntos. La culpa la tenemos nosotros, tanto el actual estado español como las repúblicas hispanoamericanas, por promover y hasta financiar el odio a lo hispano en todas sus vertientes, no ya como una “histórica monarquía católica”, sino hasta a lo cultural más primordial. En España ya no hay celebraciones oficiales en muchos colegios por el día de la Hispanidad y sin embargo sí que la hay por Halloween. ¿De eso tiene la culpa Trump?

En todo caso, nosotros le estamos poniendo a los anglosajones hispanófobos las cosas en bandeja. O si no, pensemos: ¿Si en Inglaterra hubiera un movimiento anglófobo/endófobo que quisiera entregarnos Gibraltar, acaso no lo aprovecharíamos?

Lo dicho: El enemigo está en casa, no fuera. No intentemos consolarnos con victimismos, porque ahí caeremos en la misma trampa neomarxista que el indigenismo.

Viví seis años en Perú, país que constantemente busca imitar –y muchas veces malamente- a Estados Unidos, y donde hay una comunidad estadounidense, ya sea efímera/turista o estable, considerable. Pues bien, nunca un gringo vino a joderme por ser español. En cambio, raro era el día que no recibía la xenofobia de algún peruano por esto mismo. E incluso cuando confundían mi acento andaluz occidental con caribeño, igual o peor. Y no culpo al pueblo peruano por ello, pues sé de sobra que no todo el Perú es así (soy casado con peruana y allí nacieron mis niñas; y el Perú me dio oportunidades profesionales que jamás tuve en España y bien agradecido que estoy; por si acaso), y también sé de sobra cómo desde el sistema educativo se lobotomiza a los niños con frases hechas como que “los criollos estaban discriminados y no tenían acceso al puesto de poder”, omitiéndoles al peruano Pablo de Olavide como ministro de Carlos III y repoblador de la Sierra Morena o al también peruano duque de San Carlos como ministro plenipotenciario de Fernando VII (y me quedo muy corto con este par de citas criollas). Y en Perú, también conocí a muchos rojipis españoles que decían que los españoles fueron a América a robar oro y violar indias. En el fondo, están diciendo que los ciento y pico hombres que llevó Pizarro eran superhombres, pues sin viagras y sin bombas atómicas, ya me dirán ustedes cómo se hacen esas supuestas atrocidades… Pero bueno, hablando en serio, en España tenemos el mismo discurso indigenista que en Perú desde los colegios; y el mismo discurso indigenista que muchos mexicanos mantienen en Estados Unidos.

Si muchas veces vemos cómo en Perú se desprecia al caribeño, o cómo entre México y las repúblicas centroamericanas hay mil peleas… ¿Le vamos a echar las culpas a Trump?

Me parece, cuanto menos, una crítica desenfocada, tanto a Trump como al uso de la Leyenda Negra que pueda haber en los países anglosajones. Porque, antes que nada, reitero, la Leyenda Negra es un problema nuestro; y cuando digo “nuestro”, me refiero a España en primer lugar; España cuyas pseudoélites se comportan como funcionarios de un gobierno colonial según imitación de los afrancesados de principios del siglo XIX, con un despotismo más iletrado que ilustrado. 

En otros escritos (1) hemos hecho notar cómo acostumbramos a repetir que los estadounidenses son unos ignorantes sin mirar los desastrosos resultados del sistema educativo español; por no hablar de otros muchos factores que no nos hacen ser precisamente el país más culto del mundo. Y la verdad es que todo apunta a que en Estados Unidos se conoce más y mejor el pasado español de la “región” que en la propia España. Tengo familiares y conocidos que han vivido, estudiado y trabajado en Estados Unidos y me han hecho notar, cuando publicamos el enlace sobre la defensa española de Misuri (2) o los muchos enlaces que tenemos sobre Bernardo de Gálvez (3), cómo ellos lo vieron en los libros de texto angloamericanos y nunca lo vieron en los españoles; al igual que en los estados por los que pasó España, existen multitud de recuerdos oficiales/monumentales sobre esta presencia absolutamente desconocida en la actual España salvando la honrosa excepción de un público minoritario.

¿Cómo hacernos respetar y convencer si nos ven desconocedores y desunidos?

Así las cosas, más nos vale pasar del romanticismo historicista a concretas acciones jurídicas, políticas y económicas, sin por ello dejar de insistir en la divulgación histórica y cultural sobre nuestra hermosa koiné, la misma que de abajo a arriba ha de auparnos por un futuro mejor. Y ojalá defendiéramos con uñas y dientes lo nuestro igual que otros hacen con lo suyo.

NOTAS

 (1)Véase:

(2)Recuérdese:

(3)Véase:

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