José Gabriel Barrenechea.

En su edición de este jueves pasado el órgano oficial del PCC, Granma, publica una de esas tergiversaciones de la historia a las que nos tiene acostumbrados. En El pacto MolotovRibbentrop, una luz sobre la verdad, el agente de la Seguridad del Estado Raúl Antonio Capote miente y calla sin vergüenza, para conseguir de alguna forma justificar aquel infame pacto entre los dictadores de la URSS y la Alemania Nazi.

A la manera de Trump, que no ha hecho más que copiar los métodos para tergiversar la verdad tan usados por el régimen soviético, para el agente la mejor manera de justificar es al echarle la culpa a alguien más. Así, en su articulejo, si la URSS tuvo que pactar con el Diablo, se debió a que existía una conspiración en Occidente para desviar a Alemania sobre Moscú. Según él, “las grandes potencias capitalistas soñaban con ver desfilar a los Panzer alemanes por las calles de las ciudades soviéticas”.

Para ello reinterpreta lo ocurrido en Múnich, en septiembre de 1938, cuando allí se reunieron los primeros ministros de Francia y Gran Bretaña, Daladier y Chamberlain, con los dictadores de Alemania e Italia. Para, siempre según el agente-periodista: tratar el “desmembramiento de Checoslovaquia, la entrega de Polonia, y el ataque alemán a la URSS”.

Nada más lejos de la verdad. En Múnich, Gran Bretaña y Francia, que todavía no se recuperaban del trauma psicológico de perder millones de hombres jóvenes en las trincheras de la I Guerra Mundial, intentaron apaciguar a Hitler al transigir a sus reclamos de reunir en la nación alemana a las zonas checoslovacas mayoritariamente pobladas por alemanes.

O sea, que por tal de evitar una nueva guerra que ni la opinión pública británica, y mucho menos la francesa, deseaban, las dos potencias europeas vencedoras de la I Guerra Mundial aceptaron desmantelar algo de lo acordado en el Tratado de Versalles. El cual tratado, establecido al fin de la guerra, había entregado zonas mayoritariamente habitadas por alemanes, cual los Sudetes checoslovacos, a los nuevos países eslavos que surgieron en Europa Central y Oriental al desintegrarse el Imperio Austro-húngaro.

Así, equívocamente, ya que al final lo que hicieron fue estimular a Alemania al mostrársele demasiado desesperadas por evitar ir a la guerra, franceses y británicos intentaron “apaciguarla”. Al mostrarse comprensivos con los deseos de Hitler de reunir en un Estado nacional a los alemano-parlantes. Minorías que por lo demás eran discriminadas en las naciones a las que habían sido agregadas, a resultas de las decisiones que sobre el papel habían tomado las dirigencias vencedoras de París y Londres.

Debe agregarse que Francia y Gran Bretaña transigieron, como hemos dicho, por las presiones de sus opiniones públicas, pero por sobre toda a resultas de la actitud tomada por la de los EEUU. Ese país, sin el cual estaban plenamente conscientes de no haber podido evitar la derrota frente a Alemania en la pasada guerra, tras la salida de Rusia de la misma, vivía ahora uno de esos profundos periodos de aislacionismo tan suyos. El americano medio, siguiendo aquel famoso principio de la política exterior de Washington, se oponía radicalmente a involucrarse de nuevo en las guerras europeas, y eso para franceses y británicos significaba quedar en una situación semejante a la de fines de 1917, pero ahora totalmente solos ante una Alemania que claramente los superaba en todos los sentidos.

Estas son las razones reales del “desmembramiento” de Checoslovaquia. Todo lo demás afirmado en el articulejo de marras no son más que mentiras de un agente de la KGB cubana.

Es falso que el Acuerdo de Múnich incluyera también la entrega de Polonia, y por lo mismo no puede de ninguna manera ser interpretado como un intento de desviar a Alemania sobre la URSS. Por el contrario, en Múnich los primeros ministros de Francia y de Gran Bretaña intentaron también hacerle comprender a Hitler que si bien transigían en el caso de las minorías alemanas en Checoslovaquia, ese no sería el caso con Polonia, a la que las ataban acuerdos de defensa común ante cualquier ataque. Decisión de cumplir con los cuales demostraron menos de un año después, cuando se fueron a la guerra con Alemania, inmediatamente después de que esta lanzara su ataque contra Varsovia.

La determinación de franceses y británicos de defender a Polonia muestra bien a las claras que no hubo intenciones de desviar a Alemania sobre la URSS. Hitler había dejado muy claro, y era una de las razones del apoyo que en esta etapa le daba la alta oficialidad de la Wehrmacht, que esta vez Alemania no se dejaría enredar en dos frentes a la vez. Lo cual mantuvo como principio fundamental de su propuesta revanchista al pueblo alemán, por lo menos hasta que su maquinaria bélica no demostró  su extraordinaria eficiencia, precisamente en la llamada Batalla de Francia. En la cual, entre mayo y junio de 1940, derrotó de forma aplastante a las fuerzas combinadas francesas, belgas y británicas.

En 1938 y 1939, por tanto, en París y Londres sabían que dado que Alemania había sacado como principal conclusión que no podía pelear una guerra en dos frentes contra grandes potencias (Polonia no caía en esa categoría, ni de lejos), declararles ellos la guerra no podía implicar más que el que al mismo tiempo se habían cerrado ellos mismos todas las posibilidades de desviar la guerra sobre la URSS.

Suponer que Francia y Gran Bretaña planeaban desviar la maquinaria bélica nazi sobre la URSS, al mismo tiempo que se proponían cumplir con su alianza de defensa común con el país por donde necesariamente tendría que pasar la Wehrmacht para atacarla, solo puede ser admisible si se da por sentado antes que Francia y Gran Bretaña eran por entonces naciones habitadas solo por personas con retraso mental severo.

No había manera de desviar a la Alemania sobre la URSS si antes no se le permitía ocupar a Polonia, y muy importante, sin declararle la guerra. Mucho más si entendemos que entre Polonia y la Alemania Nazi que buscaba recuperar sus territorios y habitantes perdidos a resultas del Tratado de Versalles no había conciliación posible, como para permitir el paso de las tropas alemanas, y su posterior avituallamiento: En su casi totalidad  esas pérdidas alemanas en el este estaban precisamente en Polonia.

La realidad es que el Tratado Molotov-Ribbentrop, pactado solo 8 días antes del ataque alemán a Polonia, provocó que la respuesta franco-británica se enlenteciera tras declarar la guerra, más allá de los naturales retrasos que implicaba la movilización general de ambos países, y luego el traslado de las fuerzas británicas al continente. Las dirigencias francesa y británica, que primero esperaban solo tener que enfrentar a Alemania en ayuda de Polonia, ahora tenían la sospecha, que después se comprobó cierta, de que el Tratado iba más allá de las públicas seguridades de no agresión entre Berlín y Moscú, y que había además unos acuerdos secretos por los cuales ambos países se distribuían Europa del Este, y en particular Polonia. Esto implicaba que si la URSS atacaba de inmediato tendrían, en virtud de sus alianza con Varsovia, que declararle también a ella la guerra. Lo que habría excedido con mucho sus fuerzas, y hubiera, por ejemplo, obligado a Gran Bretaña a destinar una parte considerable de sus fuerzas a defender Irán o India, ambas al alcance de los ejércitos soviéticos. Esto cuando ya para los altos mandos de ambas potencias resultaba un axioma que solo para defender a Francia frente a únicamente Alemania, sin el auxilio de unos EEUU negados a dejarse arrastrar a los enredos europeos, deberían concentrar hasta el último de sus recursos.

Por fortuna para París y Londres, Polonia se derrumbó lo bastante rápido ante el empuje alemán como para que cuando 16 días después el Ejército Rojo ocupó lo que les había tocado a los soviéticos en los acuerdos secretos, pudieran hacerse de la vista gorda ante ese acto hostil a un aliado, y dar por bueno el argumento de Moscú de que lo hacía para proteger a los ucranianos y bielorrusos que habitaban en ese país del vacío de poder generado. Algo que, dada la pacífica respuesta alemana ante esa intervención de un nuevo ejército frente a los suyos, empeñados en ocupar a Polonia, no podía sino haber estado acordado desde antes, y que sin duda convertía a los soviéticos en cómplices del ataque nazi.

Luego de la rápida caída de Polonia, los franco-británicos, que todavía creían que la nueva guerra sería de trincheras como la anterior, se atrincheraron tras el impresionante sistema de fortificaciones que Francia había tardado 20 años en construir en su frontera con Alemania, la línea Maginot. No porque esperaran que Hitler se lanzara al mismo tiempo a luchar en dos frentes, ya que sabían que en ese momento ni la dirigencia de la Wehrmacht, ni la mayoría de la población alemana lo hubiera apoyado en ese acto suicida que iba contra la principal conclusión que había sacado Alemania de la I Guerra Mundial, en apoyo de lo que ya sabía desde mucho antes Bismark: que no podían pelear en dos frentes contra potencias de primer orden. Lo hicieron porque en primer lugar no creían tener la suficiente potencia combatiente para entrar en Alemania, en segundo porque sabían que tarde o temprano los EEUU tendrían que volver a entrar de su lado, y en tercero porque abrigaban la esperanza de que el viejo buitre oportunista de Stalin atacara a Hitler por la espalda.

Por tanto el que los franco-británicos se replegaran a la llamada “guerra de broma”, entre octubre de 1939 y el 10 de mayo de 1940, no tuvo que ver con algún cálculo de que Alemania aprovechara la inactividad del frente occidental para abrir otro oriental. Si acaso algún cálculo semejante hubo fue sobre la base, como hemos visto, de que Stalin se animara a atacar él. Como de hecho hizo al ocupar, mientras se desarrollaba la Batalla de Francia, partes de Rumanía que no entraban en los acuerdos secretos del Tratado Molotov-Ribbentrop.

Algo que, por cierto, amenazaba gravemente a Alemania, porque entonces su principal suministrador de petróleo era Rumanía, y el atrevimiento de Stalin había colocado al Ejército Rojo peligrosamente cerca de sus líneas de aprovisionamiento de combustible. Pero ante lo cual Hitler no reaccionó, lo que demuestra su convicción de que no podía dejarse a arrastrar a dos frentes a la vez.

En su articulejo el agente-periodista insiste en justificar el Tratado Molotov-Ribbentrop en el argumento de que Francia y Gran Bretaña no aceptaran entrar en un acuerdo con la URSS, pero obvia declarar que fue precisamente el interés soviético en Polonia el que explica esa reticencia de las dos grandes democracias europeas. Ellas estaban, como lo demostraron en 1939, plenamente comprometidas con su aliado polaco, y sabían que todo acuerdo con Moscú quizás les hubiera salvado de tener que entregar a Checoslovaquia, pero sólo a costa de tener que aceptar sus reclamaciones territoriales en contra de Varsovia.

Esas reclamaciones soviéticas están más que demostradas. Recordemos la fallida guerra que la naciente URSS lanzó sobre Polonia en 1920, para convertirla en una república soviética más; o el acto de literalmente correr a Polonia hacia occidente, a expensas de Alemania, que ejecutó al término de la II Guerra Mundial y gracias al cual se adjudicó nada menos que 140 000 kilómetros cuadrados.

Es evidente a estas alturas para cualquiera con conocimiento de lo sucedido entonces que a nadie en su sano juicio político le cabía aliarse con el zorro de Stalin. Alguien que no paraba nunca de calcular cómo joder al otro. Ello implicaba nada menos que entregar toda Europa del Este a la URSS, como después ocurrió, al cabo de la guerra que estaba entonces por comenzar.

En todo caso haberlo hecho habría sido la oportunidad ideal para poner frente a frente, sin tierra de por medio, a Hitler y Stalin. Hubiera bastado con mostrársele condescendiente en extremo al dictador moscovita, y dejar par de condiciones, por ejemplo, la intangibilidad de las repúblicas bálticas, o de Rumanía, para que cuando Stalin, siempre atrevido cuando percibía debilidad y condescendencia, las violarla, denunciar lo acordado y dejar solo a Moscú ante Berlín…  Magnífica oportunidad que en todo caso, al desaprovecharse, demuestra muy a las claras que las intenciones adjudicadas por el agente-periodista a Francia y Gran Bretaña son infundadas, y sobre todo muy injustas.

En general este articulejo transpira por todas sus tintas el desconocimiento que el agente tiene no solo de la época, y de las personalidades que se destacan en ella, sino incluso del discurso historiográfico empeñado en victimizar a la URSS del que toma muchas de sus afirmaciones. Por ejemplo, va más allá y convierte a Roosevelt en un vil canalla antisoviético, cuando es bien sabido el empeño del líder americano por acercarse a la URSS durante la guerra, y su voluntad más que demostrada de construir para la posguerra un mundo sostenido sobre las relaciones de respeto y mutua confianza entre Washington y Moscú.

Si tal acusación fue intencional, y políticamente determinada, no cabe más que entender que el régimen cubano pretende con este articulejo distanciarse de la tradición progresista americana que Henry Wallace insistió se iniciaba en Roosevelt. O que a Raúl Castro no le cae muy bien Oliver Stone, director de la serie documental Secret History of America, por no hacerle a él el mismo honor que al Comandante, y que para molestarlo atacando a su héroe político, Franklin Delano Roosevelt, usa la pluma mercenaria de este agentucho multiusos.

Muestra de esa ignorancia del redactor de este bodrio resulta el que en el articulejo también se haga referencia a un supuesto intercambio de notas entre Roosevelt y Churchill, a resultas de lo acordado en Múnich. Este infundio, sin duda, no pudo ser propuesto sino por alguien que cree que en 1938 Churchill era ya primer ministro británico, y que Chamberlain era su canciller.

Sin embargo en 1938 Churchill era un político que proponía lo opuesto de lo que todo el mundo deseaba en Gran Bretaña: enfrentar a Alemania, y no intentar un apaciguamiento que según Churchill lo único que iba a lograr era echar gasolina en el ardiente revanchismo alemán. Era por tanto un político reducido a algo peor que la oposición, a la oposición dentro del partido en el gobierno, alguien sin reales posibilidades de llegar a primer ministro, que no mantenía ningún intercambio con el Presidente de los EEUU, y al que este nunca comunicaría sus mas secretos y malévolos propósitos.

En fin, que en Granma parecen creer seguir en 1984, aquella gloriosa época en que cualquier tergiversación pasaba sin dificultad. No se dan cuenta de que ya no basta con el Decreto 370 para acallar la crítica, y que por tanto deberían buscarse mejores articulistas que este vulgar informante de la heredera cubana del KGB.

Este chivato llamado Raúl Antonio Capote.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí