Por Fermín Gabor (de su perfil en facebook)

La última vez que Silvio Rodríguez le habló a Mike Porcel fue en 1980. Resultó definitivo lo que le dijo, rompió la relación que tenían. Él asegura que se lo dijo en un susurro, pero los demás lo recuerdan micrófono en mano ante la puerta de la casa de los padres de Porcel, en un orquestado acto de repudio.

Cuarenta años después, vuelve a ocuparse públicamente de Porcel, no se dirige a él directamente, le envía recado: «De lo que sí estoy seguro es que, si nos visitara alguna vez, vería que aquí es más fácil de grabar que allá. Ojalá algún día pase y lo compruebe».

Como el empresario que es, ahora propone a Mike Porcel una relación contractual. Habla en el plural que utilizan los reyes y los militantes de partidos totalitarios, y procura coger al otro para lo que los dueños del país cogen a los exiliados cuando los dejan entrar. Para sacarles todos los dólares que puedan, ordeñarlos, jinetearlos.

En 1980 lo repudió porque no veía las cosas del mismo modo que él, y ahora —»Si nos visitara alguna vez, vería…»— sigue dando lecciones de visibilidad. Por muchas bajezas que haya cometido no pierde su superioridad de trato. Piensa que el otro se largó del país únicamente en busca de oportunidades económicas y que, cuatro décadas después, las mejores oportunidades económicas se encuentran dentro de la isla.

El otro ha tenido una vida de perdedor, equivocada. Él, en cambio, es propietario de tremendo estudio de grabaciones en Cuba. Sin haberse movido de ahí, sin haber sido tildado de traidor. Pasó de cantaautor a cantautor empresario y, como avezado negociante, tiende su tarjeta de presentación por las oportunidades que puedan surgir.

Por supuesto, el negocio de Mike Porcel grabando en su estudio de grabaciones no residiría en cifras, sino en el simbolismo. Sería un buen negocio político. Porcel graba allí y acalla a toda esa gente que anda rememorando actos de repudio. Se trata de pura lógica de capitalismo GAESA, en la cual un militarote devenido en hotelero es cada vez menos militarote por cada exiliado que su hotel hospeda. La cuestión, como en la fabricación de azúcar o ron, está en el refinado: hacer de cada acto de repudio un bisnecito, borrar todo vestigio de acto de repudio.

Mike Porcel, quien descartó entrar en controversia con la versión mentirosa de Silvio Rodríguez, se detuvo a declinar tal propuesta. Desde Miami dijo de ella: «En ese panfleto que escribió me dice que vaya a grabar a La Habana, que es más fácil que grabar aquí. No. Se ve que él no vive aquí. Aquí es muy fácil grabar, Silvio. No sé cuál es la gran ventaja de ir a grabar a Cuba».

Silvio Rodríguez podrá estar muy orgulloso del estatus logrado para sí mismo y los suyos. Puede, para intentar seguir avasallando al otro, invitarlo a grabar allí donde se graba de maravilla. Sin embargo, y este es el punto crucial en todo este intercambio, no ha podido invitarlo a volver a vivir en Cuba. No invita a Mike Porcel a repatriarse.

El optimismo de Silvio Rodrígue cubre únicamente hasta el perímetro de su estudio de grabaciones, no más. Ya no asegura nada del país, a pesar del plural de partido totalitario que se gasta. Y mira que él y sus canciones y todas las canciones de los músicos que repudiaron a Mike Porcel prometieron acerca de una sociedad y un país dichosamente habitables… ¿Dónde están el fracaso y la traición, entonces?

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