Foto: Tienda de recuerdos cubanos en Miami.

París, 17 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Tony nos llevó en su coche a ver a Nancy a su casa, ella vive ahora en Miami. Nancy es cariñosísima, muy familiar, como siempre, creo que ella fue una nuera ejemplar, es raro encontrar a una mujer que se haya ocupado tanto y tan bien de su suegra como lo hizo Nancy con mi tía Zoraida, hasta el último día de su existencia. Zoraida era un Alma de Dios, una mujer buenísima, bueno, Delsa tiene a quien salir.

Nos reímos, nos divertimos, cantamos a coro canciones de Orlando Contreras, filmamos una película, magnífico recuerdo de esa fiesta en la cual estaba Robertico mi primo, el cual tiene el cuño de la familia Valdés. Me parecía estar mirando a mis tíos Claudito o Faustino a su edad. Su esposa Zoilita, bella como siempre, posee una sonrisa agradable que emana cariño y simpatía. Es una lástima que no hayamos encontrado más tiempo disponible para volver a vernos.

La casa de Robertico y Zoilita a mí me encanta, es una casa cubana a 100%, con enormes sillones de madera y pajilla, una mesa de centro redonda, repisas donde brillan una fila de elefantes que dan la espalda a la calle, un Buda obeso sonriente rodeado de niños, y la que en Cuba llaman diosa del amor china (representación femenina de Buda). Cuando se está en la casa de ellos te parece estar en Cuba.

Al día siguiente Tony nos llevó a la casa de Luisi su hermano, simpático y hospitalario como siempre. La esposa de éste acababa de dar a la luz un bello bebé que apenas tenía días de nacido. Fuimos con él a ver la nueva casa en construcción, con gran terraza y piscina, será una casa muy agradable, en la cual mi primo Onelio, podrá pasar unas magníficas vacaciones.

Al día siguiente fue el día de San Silvestre y Mayra organizó una fiesta en su casa. Hacía años que yo no me divertía tanto en una fiesta de Nochevieja, entre amigos de toda la vida. ¿Será porque los años pasan y nos volvemos nostálgicos? Allí estaba con sus familias : Manolo, Mayra, Gilda, lleana, Teresita, Luisita, Carmita, etc., o sea , que estaban todos los “ingredientes” para pasarla bien.

Lucía, la hija de Carlos y Elena, estaba bellísima. Manrufo, de gris satinado, parecía salido de una serie de la tele hispana. Estaba Gilda, quien es muy original. Hay quien colecciona sellos de correo, monedas, medallas, soldaditos de plomo, etc., pero, no, Gilda colecciona álbumes de fotos de sus bodas. Ya tiene cuatro, pero como es muy práctica, los reunificó todos en uno solo con organización cronológica. ¿No es genial? Su último y cuarto esposo se quedó dormido en un sofá unos minutos antes de la media noche, con piernas y brazos cruzados, a pesar de la algarabía que se formó con la cuenta hacia atrás de los segundos, que todos gritábamos al unísono con la muchedumbre de Times Square de New York que trasmitía la tele. Así este señor no se enteró que habíamos cambiado de año.

Un momento de gran emoción fue cuando salieron a bailar Chiqui y Lalo, como en los buenos tiempos.

La mascota de la fiesta era la bellísima nieta de Gilda, que desde su coche y con su corona violeta de Happy New Year nos observaba a todos sin comprender gran cosa. La otra nieta es una Noemí Campbell (¿Se escribe así?), en miniatura. Si sigue así será una muchacha espléndida.

Al ver a Carmita con sus dos hijas, me vino a la mente que lo único que Dios no me dio de todo lo que yo le pedí a la vida, fue poder tener una hija, pero ya me dio una nieta.

Mary, logró al fin reunificar a toda su familia en Miami, gran mérito de su esfuerzo, pero Mary está marchita, quizás sea por como estaba vestida, el cuero negro envejece y da dureza al rostro. Su hermana Angelita sigue bella, parecía salida de un filme de Carlos Saura de los años setenta.

La comida sobró, demasiado abundante, yo apenas comí unos maduros y unos bocadillos de aperitivo. Me pasa siempre lo mismo que me divierto, es más importante compartir con los amigos que comer.

Llegó Vivian con su querida madre Cachita, recién operada. Descubrí una gran sonrisa en sus labios cuando bailé con Vivian. Apenas pude hablar con Cachita, debido a la fiesta y su proximidad con los altavoces del equipo estéreo.

Una cosa importante es que Mayra me sacó a bailar… ¡Dos veces! Fue todo un acontecimiento, pues desde el 31 de diciembre del 1966 en casa de Luly no lo habíamos hecho. Tuvimos que esperar… ¡40 años! Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Si esperamos otros 40, volveremos a bailar en el 2046, para entonces tendríamos … ¡97 años!

Sin embargo, después de haber bailado con otra amiga, me enteré de que el marido, que estaba presente, andaba con una pistola, y yo que no quiero morir convertido en colador, opté por sentarme lo más lejos posible de la amiga y evité volver a bailar con ella. ¡Qué Dios me ampare!

La fiesta terminó para nosotros a las cuatro de la madrugada. Así comenzamos el nuevo año, tan cerca de Cuba y junto a tantos que queremos y que nos quieren. Desde allí hablamos con nuestro hijo a la casa de los amigos en París, con los cuales había festejado.

Tuvimos la buena noticia de que Ñico, el padrino de bautismo de mi hijo, estaba en Miami. Lo vimos dos noches, en la casa de su hijo Tony, donde se celebró la fiesta sorpresa alrededor de la gran piscina, por el cumpleaños de Rolo. ¡Qué bien la pasamos! Estaban los vecinos del barrio habanero: Plácido, Placidito, Magaly, Rolo, Ñico y Tony, entre otros.

Un Grupo de Mariachis amenizaba. La comida y la bebida (whisky por galones), sobraba, todo en abundancia. Tony, vestido de traje blanco, parecía que iba a tomar la comunión. Ñico tenía el look de Arturo de Córdoba de sus buenos tiempos, estaba elegantísimo. Rolo gastaba traje beige, sombrero de fieltro, barba y patillas, era todo un personaje. Su esposa, buena muchacha, se ocupaba en la sala de su bello bebé de apenas unos días de nacido.

La esposa de Tony es de una belleza espectacular tropical, parece de biscuit. Recorría las mesas como buena anfitriona con su vestido de seda y tules de color fresa, que el aire hacía más sensual aún. Parecía un cisne fresa en un lago de balseros. Tony siempre ha sido un hombre de buen gusto, todas sus esposas siempre han sido bellas.

Fuimos de nuevo una noche a cenar, nos recibieron por todo lo alto, fue una gran cena, en un ambiente lujoso y familiar. Allí sólo faltaba la eternamente cariñosa Cuca, con la cual habíamos hablado por teléfono. Estaba esperando la visa de la Oficina de Intereses de los EE.UU. en La Habana.

En la excelente cena en casa de Tony, hubo un momento de emoción, cuando le pregunté a Ñico cómo había conocido a Cuca. Así nos contó la linda historia. En el momento en que nos recitaba la poesía que él había escrito para declararle su amor a la que sería la mujer de su vida, su amor, se hizo un silencio profundo, se le aguaron los ojos y, como dicen los galos… un ángel pasó.

La mesa estaba servida y decorada con buen gusto y un cierto fasto. Ñico tan elegante, que no osé darle el regalo que llevaba y que por lo tanto se quedó en mi bolsillo.

Era un placer contemplarlo al lado de Sabina, conversando y riéndose con las anécdotas de la vida cotidiana, de allá en la calle Soledad de Centro Habana, que haciendo honor a su nombre cada día se queda más sola, pues queda poca gente en ella con la cual podamos compartir los mismos recuerdos.

Tony me regaló una copia de la película de la fiesta del cumpleaños de Rolo, en la cual habíamos participado, unos C.D. de música latina para mi hijo y una limousine, para mi colección de maquetas de coches de los años cincuenta.

Si Cuca logra ir a reunirse con sus hijos en Miami, como se lo deseo de todo corazón, algún día la volveré a ver y podremos compartir juntos como en los viejos tiempos.

Recuerdo aquella tarde del 26 de octubre de 1975 cuando bautizamos a mi hijo en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en la calle Infanta. El cura fue Clemente Becerril. ¿Más becerro que clemente? Lo digo porque conservo la oreja derecha con el cartílago partido, desde el día en que estando en el sexto grado en la escuela Carmelo y Praga, de Concordia entre Infanta y San Francisco, de la cual él era el director, me preguntó cuáles eran Los Mandamientos. Como yo no los sabía de memoria, me alzó por mi pobre oreja derecha y me llevó casi “volando” hasta el aula de primer grado, donde le hizo la misma pregunta a mi hermano. Este por suerte para él se los sabía, y para mí también, pues el suplicio digno de la Santa Inquisición terminó. Caí al suelo adolorido. Pero como el tiempo borra las heridas y cicatriza los cartílagos, lo perdoné y bautizó a mi hijo y también nos casó.

En la fiesta del día de los Santos Inocentes en casa de América, había un señor con look estilo sesenta y ocho de «intelectual» progre. Lucía barba y cabellos largos blancos amarillentos, era pequeñito, escurridizo, delgadito, o sea: insignificante.

Me dijo cinco veces (las conté), que me conocía de alguna parte. Ante tanta insistencia, le di cronológicamente todos los datos desde mi nacimiento en mi terruño villaclareño, a propósito de todos los lugares donde había vivido, estudiado y trabajado, pero todo fue inútil, no logró ubicarme. Durante toda la velada, me percataba que este señor me observaba. Me pregunto si en su vida isleña… ¿Habrá sido el de vigilancia de su C.D.R., o quizás seguroso?

Una cuñada de él, vestida de rojo y negro (¿Alusión a la heroica bandera del M-26-7?), estaba allí. Yo recordé que en plena adolescencia se casó con un familiar de un famoso comandante. Su boda fue un acontecimiento social de gran magnitud para toda la familia y para gran parte del barrio de Cayo Hueso de Centro Habana (nada que ver con Key West).

El generoso comandante ofreció a los novios como regalo de boda, nada menos que una casa en Nuevo Vedado, una de las expropiadas a algún «gusano». No tuve la oportunidad para preguntarle si el esposo se destiñó, o sigue en Cuba gozando de los privilegios del régimen.

Fuimos con el Charly (en Cuba se llamaba Carlos), a un supermercado en “Jaialía”, Ciudad que Progresa. Estábamos en un pasillo, cargando el carrito con latas de fruta bomba, mermeladas de mango y guayaba, barras de membrillo y de crema de leche, gelatinas y cuanto dulce cubano existe, todo lo que no podemos encontrar en París, cuando escuchamos un estridente ¡ Perrrrrmiso para pasarrrrr! Era una señora de piel canela y cabellos rubios oxigenados, de cuerpo impresionante y entrada en carnes (no en años), que nos observaba desafiante. Me inundó el alma un miedo pueril como si fuera a la autoridad materna, me incrusté contra el estante lateral y cuando la señora pasó como gallina enfadada. Le pedí disculpas, mientras que ella, tratando de conservar su neo compostura me dijo: “tabueno ya niño, tate tranquilo”.

El primer día del año fuimos a la bella casa de Ileana, donde ella hizo una especie de pique de cake. Allí estaba toda la pandilla, de los amigos que nacimos a mediados del siglo pasado. Luisita tuvo la feliz idea de llevar un juego de mesa, tipo Trivial Pursuit, pero sobre la Perla de las Antillas. Ganaba quien pudiera mover la ficha hasta llegar a Miami.

Delgado -que ya no es tan delgado-, era el más ducho. Para mí que se sabía las respuestas de memoria.

Allá estaba Fe, siempre cariñosa y con esos bellos ojos que destellan. De ella y de su esposo Carlito mi madre decía que eran bellas personas, lo que en boca de ella era lo máximo que se podía decir a propósito de alguien. La última vez que yo vi a Fe en Cuba fue en el 1980, cuando después de encontrarme a mi amigo Malpica en la calle Galiano y contarme éste que había visto a Ileana y familia en el Mosquito, me precipité a su casa y ella me dijo que en ese día mismo había tenido noticias buenas, pues Ileana había logrado llegar a tierras de Libertad. ¡Qué alegría me dio! Otros amigos que habían logrado escapársele al Líder Máximo.

El buffet se puso en una mesa a orillas de la piscina. Había un jamón delicioso y unos bocadillos exquisitos, pero empezó a refrescar y a anochecer y así todos entramos a la casa. Hubo hasta una representación teatral sobre la caída del muro mexicano en Miramar, por parte de los dos testigos presenciales del acontecimiento, que quedará en los anales de anécdotas del grupo.

¡Qué bien la pasamos en casa de Ileana! Ella y Jorge, su esposo, fueron muy amables.

Si los galenos de la Perla pudieran ver por un huequito como ella vive, quedarían pocos sin lanzarse al mar en cualquier cosa que flotase.

Los EE.UU. han permitido a los cubanos honestos y trabajadores triunfar económicamente, pero sobre todo, ganar ese bien tan preciado que es la Libertad. Tengo la suerte de que mis familiares y amigos han progresado, lo que es palpable, gracias al esfuerzo, al trabajo, la dedicación y el afán de superación en Tierras de Libertad.

Se me olvidaba contarte la historia del coche de Ileana. Resulta que yo estoy acostumbrado a tirar las puertas de los automóviles. Por ejemplo , en el «ban» (¿Se escribe así?) de Sergio, que tomaba todos los días, la puerta de corredera lateral no es nada ligera y hay que tomar impulso y utilizar la fuerza para poder cerrarla. Por lo que yo lancé la puerta de la Mercedes de Ileana, provocando que por poco el coche cayera en pedazos al pavimento. Entonces ella me enseñó que bastaba impulsar la portezuela con el dedo índice y al ésta acercarse a la columna central, un sistema magnético la atrae produciéndose el cierre hermético automáticamente. Es una lástima que no hubiera alguien para que nos filmara en el momento de la explicación y mis posteriores cierres de portezuelas.

Ahora cada vez que veo a alguien cerrar la puerta de una Mercedes en París, me acuerdo de ella.

Como dice mi hermano, te he escrito una encíclica, en lugar de una carta. Pero es que me entusiasmo con las vacaciones en Miami, allí cada año reencuentro parte de mis raíces antillanas, mi familia y mis viejos amigos. Si Miami no existiera habría que inventarla. Gracias a Dios, pasamos las Navidades allá, en un ambiente extraordinario.

Un gran abrazo desde el otro lado del mundo, te recuerdo siempre con gran cariño y simpatía,

Félix José Hernández

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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