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¡Regresemos a la Normalidad, ya!

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José Gabriel Barrenechea.

El Estado, ni mis conciudadanos, tienen el derecho a privarme de los míos más elementales; a tratarme como un niño que no es capaz de tomar por sí mismo sus propias decisiones. Yo puedo aislarme, pero nadie tiene ese supuesto derecho de obligar a aislarme; yo sólo estoy obligado a respetar el derecho a aislarse de mi vecino, nada más.

Es imposible mantener la cuarentena, y sobre todo la detención de la economía, por el tiempo q nos anuncian tardaremos en tener una vacuna específica para este mal: nunca menos de 18 meses. Y pasamos por alto q hablamos de Ciencia, no de Magia, y que en consecuencia podría sucedernos lo mismo que con el SIDA, que a 40 años de su aparición todavía no tiene una vacuna.

Insistir en tener encerrada a la ciudadanía, a medida que los meses pasen, solo nos obligará a descansar más y más en las fuerzas represivas para mantener esa imposición contra el derecho individual, con lo que esas mismas fuerzas ganarán más y más poder de manera inevitable.

Además, el aislamiento obliga al individuo a enfrentar en solitario la Crisis, con lo que a la larga alimentamos la histeria. Esa que ya empieza a manifestarse en las actitudes hacia las “ratas contagiosas”, o lo que es lo mismo todos esos individuos que se enfrentan en primera línea a la enfermedad, sea personal sanitario, cajeros de supermercados, recogedores de desechos… por el bie común.

Aislado ante una amenaza el humano solo saca lo peor de sí.

Cabe volver a la normalidad, y sobre todo echar a andar nuevamente la economía, si es que no queremos experimentar una Crisis todavía peor que la de 1929. Una Crisis así solo empeorará los números de la Plaga, cuando hagamos los cálculos a su final, y nos hará más y más susceptibles a sufrir nuevas y más mortíferas epidemias, por las décadas que tomará salir de esa Súper Depresión.

Cabe también tomar una serie de medidas que no violen el derecho individual de nadie, pero que nos permitan enfrentar un poco mejor está Plaga.

En lo social, durante el tiempo que la Peste permanezca activa, cabe implementar medidas como la de la constante descontaminación de los lugares públicos y de trabajo; la de facilitarle a la ciudadanía los medios para protegerse en los lugares públicos o de trabajo; y la presencia policial necesaria en el área publica para que, quien así lo elija, pueda mantener una separación social responsable.

También debe decretarse la nacionalización, o el control central por el Estado, durante el tiempo que dure la Epidemia, de los servicios sanitarios, de los servicios de higienización y funerarios, así como de las industrias farmacéuticas y productoras de productos necesarios para la protección contra la enfermedad, o de artículos imprescindibles para la higienización.

Muy importante: Durante la Plaga el presupuesto destinado a la salud pública debe de superar al de defensa… lo cual sería una muy aconsejable tendencia a conservar cuando la Epidemia termine.

Por último: En donde se pueda deben crearse refugios seguros, bien surtidos de alimentos y de atención de salud, para las personas que deseen aislarse y sean susceptibles por sus enfermedades crónicas a padecer de formas graves de la enfermedad, y para los ancianos que también así manifiesten su deseo de ser trasladados a allí. Este cuidado de los sectores más susceptibles también incluye el que de los fondos públicos se pague lo imprescindible para que las familias con personas susceptibles a padecer formas graves de la enfermedad puedan mantenerse aisladas en sus viviendas, si así lo desean. Ambas medidas implican que las fuerzas policiales (los soldados deben permanecer preferiblemente en sus cuarteles) aseguren el derecho a aislarse de los que así lo decidan, y en la medida que no dañe su capacidad para defender ese derecho, deberán cooperar para que esas personas se vean obligadas a salir de sus viviendas lo menos posible.

Una disposición esencial es la de que todos tenemos los mismos derechos a los recursos de salud escasos, y que en consecuencia no se desconectará a nadie para ofrecer el respirador a otro, a menos que medie una decisión del que ahora usa el respirador de cederlo.

Cabe, en fin, hacer lo único posible: Aceptar que esto es sólo otra nueva forma que asume lo inexorable, la Muerte, nuestra Muerte. Abandonar esa farsa manera de vivir nuestras vidas cual si fuesen eternas, o en todo caso como si tuviésemos algún derecho a vivir el número de años que indica alguna estadística. Tenemos derecho a elegir en este instante que hacemos con nuestra vida, pero ninguna entidad tiene el deber de asegurarnos el que vivamos los años que prescribe la esperanza de vida al nacer. Incluso en el caso de cualquier entidad por debajo de Dios ni tan siquiera tiene la posibilidad real de asegurarnos tal cosa.

Volver a la normalidad. Es lo único realista. A la normalidad de aceptar nuestro carácter mortal, que podemos morir en el próximo instante, y actuemos en consecuencia.

No me canso de repetir la frase de Marco Aurelio: La muerte nos sonríe a todos, devolvámosle la sonrisa…

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