Foto: Don Amado Hernández Padrón (1917-2004)

París, 21 de mayo de 2020.

Querido padre:

En un día como hoy te recuerdo más de lo acostumbrado. Sé que tengo una cita pendiente contigo y mi madre. Ustedes están más juntos que nunca gracias a Dios. Aunque yo haya tenido que abandonar nuestra querida Cuba en unión de mi esposa e hijo y estemos separados físicamente, espero que más temprano que tarde pueda llevarte un ramo de flores y lo logre depositar allí en donde en paz descansas junto a la mujer de tu vida, mi adorada madre. Si Dios no me da vida para que llegue ese momento, le pido que nos podamos encontrar de nuevo en otro sitio, allá donde ustedes están.

Esta es la más bella canción que conozco dedicada a un padre que Dios llamó, su título es «Mon Vieux» (Mi Viejo), la interpreta el francés Daniel Guichard:

Siempre que la oigo me vienes a la mente y las lágrimas me nublan la vista.

Te envío la traducción que te hice:

Mi Viejo

Con su viejo abrigo raído

Se iba en invierno, en verano

En la pequeña mañana friolera

Mi viejo.

Descansaba sólo un domingo a la semana

Los otros días, trabajaba para la comida

Que iba a ganar como podía

Mi viejo.

En verano, íbamos a ver el mar

Ves, no vivíamos en la miseria

Pero no era tampoco el Paraíso

Era así tan bien que mal.

Con su viejo abrigo raído

Tomó durante años

El mismo autobús de suburbios

Mi viejo.

En la tarde volviendo del trabajo

Se sentaba sin decir una palabra

Era del tipo silencioso

Mi viejo.

Los domingos eran monótonos

Jamás recibíamos a nadie

Eso no lo hacía desgraciado

Yo creo, mi viejo.

Con su viejo abrigo raído

Los días de paga cuando volvía

Lo escuchábamos protestar un poco

Mi viejo.

Nosotros, conocíamos la causa

Contra todos: burgueses, patrones,

La izquierda, la derecha, incluso Dios

Con mi viejo.

En nuestra casa no había televisión

Era afuera a donde yo iba a buscar

Durante algunas horas la evasión

¡Sabes, yo era un imbécil!

Pensar que pasé años

Al lado de él sin apenas mirarle

Apenas nos veíamos

Nosotros dos.

Yo hubiera podido, no fui listo

Hacer junto él un poco de camino

Eso quizás lo hubiera hecho feliz

Mi viejo.

Pero cuando se tienen quince años

No tenemos un corazón bastante grande

Para alojarlo todo

Ves.

Ahora que está lejos de aquí

Pensando en todo esto, me digo:

Me gustaría tanto que estuviera cerca de mí

Papá…

Y yo, después de haber salido de Cuba, le dije a mi madre todo lo que la amaba, le supliqué que perdonara mis majaderías y torpezas. Incluso en un casete de una hora de duración, en un largo monólogo le confesé como la extrañaba y todas mis nostalgias.

No obstante no te dije nunca que te quise, nunca te pedí perdón por mis faltas, ni te hice saber cómo te necesitaba. Desgraciadamente, como escribió el gran poeta, si un día puedo ir a inclinarme ante la modesta tumba de ese cementerio perdido en un valle de la Perla de las Antillas, ya no tendrá sentido pedirte perdón.

Mi Cuba me duele, cada día más. Ayer por la mañana vi un excelente reportaje sobre Los Zafiros en un sitio internet puertorriqueño. Volví a ver mi calle Soledad y el Parque de Trillo por donde tantas veces pasé contigo y adonde tú llevabas a mi hijo Giancarlo a jugar.

Por la tarde la televisión gala pasó un reportaje sobre las Damas de Blanco. Las vi desfilar dignamente con gladiolos en las manos desde la esquina de la calle Neptuno y Hospital hasta Infanta y bajar hacia el Malecón. Un hombre en bicicleta las insultaba, otro gritaba eslóganes a la gloria del  régimen, un viejo las amenazaba. Pero un señor se acercó a una de ellas, tomó un gladiolo y le dijo: ¡Qué Dios te bendiga!

No quiero continuar a contarte mis añoranzas, en esta tarde parisina, pero deseo terminar reproduciéndote dos estrofas escritas por el gran José María Heredia, el que escribió el Himno del Desterrado (1825). Nació en Santiago de Cuba y murió en México, en la pobreza y el desamparo del exilio, con sólo 35 años, el 7 de mayo de 1839.

“Cuba, Cuba, que vida me diste,

dulce tierra de luz y hermosura,

¡cuánto sueño de gloria y ventura

tengo unido a tu suelo feliz!

(…)

¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran,

en su grado más alto y profundo,

la belleza del físico mundo,

los horrores del mundo moral.”

Como habrás constatado, la actualidad de ese bello poema es asombrosa.

Recuerdo el abrazo en el aeropuerto José Martí de La Habana, cuando nos despedimos en aquel ya lejano 21 de mayo de 1981, íbamos a partir hacia Tierras de Libertad. Cada año en esa fecha me vienes a la mente junto al célebre poema de la gran Gertrudis Gómez de Avellaneda:

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!

¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo

la noche cubre con su opaco velo,

como cubre el dolor mi triste frente.

¡Voy a partir!… La chusma diligente,

para arrancarme del nativo suelo

las velas iza, y pronta a su desvelo

la brisa acude de tu zona ardiente.

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

¡Doquier que el hado en su furor me impela,

tu dulce nombre halagará mi oído!

¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…

el ancla se alza… el buque, estremecido,

las olas corta y silencioso vuela.

Papá, te quiero eternamente, hasta más allá del final de mi tiempo que se acerca inexorablemente,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9https://www.amazon.fr/Memorias-exilio-F%C3%A9lix-Jos%C3%A9-Hern%C3%A1ndez/dp/2312069024

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