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Paisajes emocionales de Ragnar Kjartansson en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

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Foto: Paisaje nevado, grandes montañas al fondo: un hombre de perifl, con un abrigo beis y gorro de piel, tocando un piano de cola; un micrófono a la derecha.

Madrid, 4 de abril de 2022.

Querida Ofelia,

Ragnar Kjartansson es uno de esos raros fenómenos que honran al mundo del arte de vez en cuando. Te arrastra a su universo, hace que lo adores por ello, te presenta a su círculo de amigos, lo que es divertidísimo y, de repente ¡te ves trabajando con todos ellos durante las siguientes décadas de tu vida! Creo que en el fondo todos deseamos que en algún punto de nuestra vida algo completamente desconocido nos arrastre y no tener que volver a echar la vista atrás, al mundo que conocíamos antes de ese preciado instante. Pues bien, yo he tenido la fortuna de sentir esa efervescencia durante los últimos veinte años de mi vida, ¡y tengo sed de más!

Conocí a Ragnar en 2004 a través de Olafur Eliasson, en el 101 Hotel de Reikiavik, donde di una festa para Olafur y todos sus amigos el día previo a su gran inauguración en la sede del Reykjavík Art Museum en Hafnarhús. Las personas más eclécticas que uno puede imaginar poblaban el espacio: un selecto surtido de artistas, escritores, músicos, actores, gente de la televisión y multimillonarios de Islandia, donde la mitad de la población trabaja en la industria creativa.

Un día después de la inauguración me topé de nuevo con Ragnar, que en aquella época lideraba el grupo de música Trabant. Estaban tocando en la residencia privada del presidente de Islandia, durante una recepción en honor a Olafur. En un abrir y cerrar de ojos, la banda entera se despojó de la ropa y se quedó prácticamente en cueros en medio del salón del presidente, ¡y a la primera dama y a mí se nos saltaban las lágrimas de la risa! Ragnar entonó melodías melancólicas en ropa interior durante toda la velada y yo estuve a punto de mudarme a Reikiavik al día siguiente. 

Un año después, en 2005, volvimos a coincidir en un autobús para ir a ver una exposición que TBA21 le había encargado a Christoph Schlingensief, Animatograph-Iceland-Edition. (House of Parliament/House of Obsession) Destroy Thingvellir, durante la famosa retrospectiva de Dieter Roth en el Hafnarhús. Ese día di una gran vuelta para ver a Ragnar, que se había atrincherado en el pequeño teatro ruinoso de un caserío abandonado al sur de Islandia. Me lo encontré vestido con un traje de raya diplomática y tocando la guitarra, él solo, en un escenario en medio de una extraña serie de fuegos pintados a mano. Al fondo había un cuarto pequeño donde había clavado en la pared un puñado de acuarelas de lenguas jugosas. Le compré unas cuantas allí mismo. Según parece, Ragnar se pasó un mes entero tocando blues con su guitarra completamente solo, sin importarle lo más mínimo si alguien se pasaba a ver la actuación en aquel lugar verdaderamente desolado. Fue en esa época cuando se consagró a las performances duracionales. Su padre y su madre eran actores, lo que podría explicar que él terminara convirtiéndose en el artista más teatral de todos, con un don para encontrar el equilibrio entre la banalidad y la profundidad, la ironía y la sinceridad, lo simbólico y lo trivial y otras contradicciones que te dejan perplejo.

Fue entonces cuando Ragnar me pidió que lo apoyara en la realización de su vídeo más ambicioso hasta la fecha y que tenía previsto presentar en The Living Art Museum de Reikiavik, titulado God. Solo había una respuesta posible a la petición de Ragnar porque, en mi mundo, ¡cuantas más obras de arte transformadoras haya mejor! Ragnar era una rareza, una persona extremadamente independiente e inflexible, lo mismo que Schlingensief. Alguien que sabes que permanecerá fiel a sí mismo hasta el final. 

God empezó como una actuación de un grupo que se llamaba Flís en aquella época, integrado por Helgi, Valti y Davíð Þór. Este último ha continuado acompañando a Ragnar durante el resto de su carrera, apareciendo prácticamente en todos los vídeos performativos. Daniela Zyman, directora artística de TBA21, siguió el proceso y, unos meses después, nos envió una copia del vídeo que habían hecho. Era brillante, y para mí es un auténtico placer presentarlo en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Una de nuestras mayores colaboraciones hasta la fecha ha sido el proyecto que encargamos para Augarten, nuestro espacio expositivo en Viena, donde Ragnar rodó una película con performances y música en directo. Las salas de exposiciones eran su estudio, el taller hizo las veces de camerino y convocamos a veinticuatro de sus colegas artistas e intérpretes para que recrearan un clásico de la literatura islandesa, la novela de Halldór Laxness, Luz del mundo, durante un período de cuatro meses. ¡La obra resultante, The Palace of the Summerland (2014), fue realmente épica! Y un escenario único para una de las obras más importantes de Ragnar hasta la fecha: World Light – The Life and Death of an Artist (2015), de la que estamos realmente orgullosos de que forme parte de la colección ¡ya llegará la hora de enseñarla en Madrid!

Sin duda, lo que todo el mundo espera con emoción es la oportunidad de experimentar The Visitors, según The Guardian una de las obras de arte más importantes de la década, y The End – Rocky Mountains, la obra seminal que Ragnar presentó en la Bienal de Venecia en 2009. Markus Reymann, director de TBA21–Academy, y yo estábamos en el norte del estado de Nueva York cuando Ragnar flmó The Visitors en una vieja mansión junto al río Hudson, célebre por su autenticidad. Aunque estaba muy descuidada, la mansión descansaba en un cerro sobre el río y ofrecía una ventana al mundo que había inspirado a tantos grandes artistas de la Escuela del río Hudson. Las maravillas de la naturaleza y su gloria sublime se fusionaban a la perfección con el romanticismo sin paliativos de Ragnar. Tenemos la oportunidad única de exhibir estas obras junto con la colección de pintura americana del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, la más grande de Europa de estas características. A fin de cuentas, nuestra misión es crear un diálogo con la colección de la familia en el museo, en vez de limitarnos únicamente a forjar un programa contemporáneo que la complemente. Para nosotros es un honor y un placer contribuir con todo lo que este maravilloso museo desee acoger.

Me siento eternamente agradecida por todas las amistades que se han afianzado en el transcurso de estos años de trabajo con Ragnar. He disfrutado muchísimo del viaje, deleitándome con su generosidad artística, su contagioso amor por la vida y su creciente círculo de amigos.

Francesca Thyssen-Bornemisza

Presidenta y fundadora TBA21

Paisajes emocionales Ragnar Kjartansson se acerca al arte como un lugar de experimentación donde, a través de distintos medios (dibujo, pintura, vídeo, música…), crea imágenes que, en la mayoría de sus obras, se convierten en decorados para sus performances duracionales. Unas performances que se trasladan al museo convertidas en grandes instalaciones multimedia, donde la música, la puesta en escena, y las emociones que estas invocan, transportan al espectador a otros paisajes desde los que reflexionar sobre la fragilidad de la condición humana y las referencias que sustentan la cultura occidental.

Kjartansson proviene de una familia de artistas: su madrina es cantante de música folk, sus padres son actores. De ellos hereda el conocimiento literario y teatral, y la pasión por la música. Durante sus años de formación en la Academia de Artes de Islandia en Reikiavik estudió la historia del arte canónica, y entró en contacto con los artistas del siglo XVIII y XIX con los que comparte su admiración por la belleza y lo sublime, entendidos estos como el deseo de hacer visible lo invisible, aquello que es previo al propio acto de crear: las emociones, sensaciones y preguntas que lo alimentan. Las referencias musicales son continuas en su trabajo, desde Mozart a la música folk islandesa, o el italo-pop de los años 60, pasando por Nina Simone o Prince. Su obsesión por los trabajos en vídeo de Gillian Wearing y la canción «All the Tired Horses» (1970) de Bob Dylan fueron importantes para acercarse a la idea de repetición, también muy presente en la música electrónica —otra de sus referencias—, y los ensayos teatrales a los que asistió durante su infancia y juventud. En la práctica de Kjartansson, el recurso de la repetición le abre posibilidades tanto espaciales como temporales; por un lado, la dilatación temporal conecta con su gusto por la performance duracional desarrollada por figuras como Marina Abramović, Chris Burden y Bruce Nauman; por otro, el trabajo del compositor alemán Karlheinz Stockhausen y, especialmente, su estudio del potencial de la música para construir espacios y generar imágenes a partir de la serialización musical.

Otro referente importante en su trabajo es Dieter Roth, artista suizo, que vivió en Islandia gran parte de su vida y que tuvo una influencia transformadora en el contexto cultural de este país. A través de su legado, el aprendizaje artístico de Kjartansson, de marcado carácter dionisíaco, supuso una aproximación al arte conceptual y al movimiento Fluxus. La práctica artística de Kjartansson nunca hubiera existido sin su acercamiento a la música de la artista experimental Björk Guðmundsdóttirt y su banda de roqueros punkies, que se convirtieron en poetas experimentales. La presencia de esta banda en la escena artística de Reikiavik inspiró un clima de libertad artística sin compromisos, al mismo tiempo que generó una idea de comunidad artística que tuvo gran importancia en el desarrollo de la práctica.

The Visitors (2012) nace del deseo de convertir la música en un elemento visual. Para ello, Kjartansson reunió a algunos de los músicos y compositores más reconocidos de Islandia —Shahzad Ismaily, Davíð Þór Jónsson, Kristín Anna Valtýsdóttir, Kjartan Sveinsson, Þorvaldur Gröndal, Ólafur Jónsson y Gyða Valtýsdóttir—, todos ellos amigos suyos y grandes influencias en su trabajo, en una mansión situada en la orilla del río Hudson, famosa por haber conservado su estado original desde principios del siglo XIX. Esta obra habla del mito del amor romántico, la ruptura, la nostalgia del lugar, pero también de la alegría del reencuentro, del estar juntos y de construir comunidad.

Una comunidad que se construye a través de la acción y que comparte no solo un lugar, sino también un momento que, a su vez, deviene evento y que, como tal, genera una energía especial, una fuerza que alimenta las propias performances, entendidas no como la toma fnal que se convierte en obra, sino como el proceso que la sostiene y da riqueza. Una comunidad que traspasa la materialidad de la pantalla y que, al hacer partícipe al espectador de la intimidad de los momentos vividos, cuestiona los límites del espacio público. Un espectador que lejos de sentir la distancia de lo ajeno, conecta con el lado más humano del arte. En este trabajo se hacen patentes las tensiones entre realidad y ficción, entre lo que se pretende y lo que es, un juego en el que se combina la puesta en escena y la experiencia vivida a través de una especie de cuento mágico y nostálgico que invoca esos «érase una vez…» donde podíamos habitar las vidas de otras personas, al mismo tiempo que repensar las nuestras. Una idiorritmia, usando el término acuñado por Roland Barthes en su seminario Cómo vivir juntos (1976-1977), que huye de la individualidad para celebrar el potencial de la singularidad. Y que, en la música, en palabras del propio artista, «se convierte en la representación de la sociedad perfecta: cada músico interpreta en solitario, y como individuos se juntan para crear algo nuevo».

The Visitors forma parte de una serie de obras dentro del trabajo de Kjartansson en las que comparte su interés por la cultura e imaginería norteamericana y, más concretamente, por la «pintura americana» de paisaje del siglo XIX, de la que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid posee la colección más importante de Europa. The End (2009) es la primera obra dentro de esta serie. En ella, Kjartansson utiliza la imagen del salvaje oeste para cuestionar las narrativas culturales que median nuestra relación con la naturaleza. Una naturaleza que es muchas veces idealizada y que en su reflejo olvida mostrar los conflictos sociales, raciales y étnicos que la sostienen. The End fue grabada en las Montañas Rocosas, junto al músico Davíð Þór Jónsson; se trata de un paisaje nevado, de una belleza extrema, ajena por su dureza y que inevitablemente nos transporta a la frontera, como ese mito romántico del último lugar por conquistar, y aquellos personajes casi fantásticos, capaces de desarrollar su vida en condiciones extremas, llevando su vida al límite. Un límite, muchas veces difuso, difícil de percibir en el camino, y que también habla de la pertenencia, de lo que está y no está, de lo que se ve y lo que no se muestra.

The Man (2010) recrea el paisaje de la obra de Andrew Wyeth, Christina’s World (1948), una de las imágenes más significativas de la pintura norteamericana que Kjartansson convierte en homenaje a uno de los grandes iconos de la música blues: Pinetop Perkins en su último concierto, en solitario frente a la cámara. Una llamada a reivindicar esos personajes, figuras singulares difuminadas en el relato histórico y últimos garantes de una tradición que desaparece.

En muchas de sus obras, Kjartansson hace referencia a pintores canónicos occidentales tales como el propio Wyeth, Caspar David Friedrich o Jean-Antoine Watteau, a quien recupera para su serie de vídeos Scenes of Western Culture (2015). Revisitando estas obras de arte icónicas a través de imágenes en movimiento que funcionan como pinturas, Kjartansson crea una nueva mirada a las raíces de la cultura contemporánea, generando nuevos espacios donde reimaginar otros posibles significados.

En este recorrido por algunos de los hitos culturales norteamericanos que es Paisajes emocionales no podíamos dejar de mencionar a Frank Sinatra, al que Kjartansson emula en God (2007) situándose en un escenario que recrea una sala de baile, frente a una orquesta de jazz para repetir una y otra vez: «Sorrow conquers happiness» (La pena vence a la felicidad). Un tableau vivant que con humor e ironía funciona como un mantra u oración que nos engancha y transporta a esas muchas otras voces que podrían utilizar esa frase como aviso, ayuda o enseñanza.

La exposición toma su título, Paisajes emocionales, del inicio del estribillo de la canción «Jóga» (Homogenic, 1997) de Björk; en ella, la compositora habla de la amistad y de los paisajes islandeses como un estado mental.

Esta muestra es un recorrido a través de las emociones con la música y el paisaje como hilos conductores. Estados mentales que funcionan como espacios de posibilidad para entendernos, no solo a nosotros mismos, sino las comunidades que construimos y, a partir de ellas, el mundo que habitamos. Una exposición en la que cada una de las obras instaladas en los diferentes espacios del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza genera nuevos contextos para la lectura de las colecciones clásicas, reforzando la idea de que la Historia nos ayuda a entender mejor el presente, al mismo tiempo que el presente y la práctica artística contemporánea son herramientas fundamentales para revisar y repensar la Historia.

Soledad Gutiérrez

Comisaria de la exposición

BIOGRAFÍA

Ragnar Kjartansson emplea un extenso abanico de referencias culturales en su práctica performativa. La historia del cine, la música, el teatro, la cultura visual y la literatura integran sus videoinstalaciones, performances duracionales, dibujos y pinturas. La simulación y la escenificación son herramientas esenciales para el artista en su intento de transmitir emociones sinceras y ofrecer una experiencia genuina al público. Kjartansson ha expuesto en numerosos espacios. Actualmente, su obra es objeto de una importante exposición individual que inauguró la Casa de la Cultura GES-2 de la Fundación V-A-C en Moscú. Otras exposiciones individuales y performances recientes del artista se han exhibido en el Kunstmuseum Stuttgart, el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la Barbican Art Gallery de Londres, el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden de Washington, el Reykjavík Art Museum, el Palais de Tokyo de París y el New Museum de Nueva York. Kjartansson ha sido galardonado con el Premio Ars Fennica 2019, el Premio Derek Williams Trust Artes Mundi Purchase en 2015 y el Premio Malcolm McLaren de Performa en 2011. En 2009, representó a Islandia en la Bienal de Venecia y en 2013 su obra fue incluida en la principal exposición de la Bienal, El Palacio Enciclopédico. Kjartansson nació en 1976 en Reikiavik y estudió en la Academia de las Artes de Islandia y en la Royal Academy de Estocolmo. Vive y trabaja en Reikiavik.

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Paseo del Prado, 8

28014 Madrid (España)

22 de febrero-26 de junio, 2022

Comisaria

Soledad Gutiérrez

Coordinación de la exposición

Araceli Galán del Castillo Laura Andrada

Dirección técnica

Christopher McDonald

Registro

Laura García Oliva

Asistente comisariado

Jon Aranguren Juaristi

Arquitectura de la exposición

Marta Banach

Diseño gráfico

Alex Gifreu

Producción

DIME Museos

AV

Fluge

Studio Ragnar Kjartansson

Lilja Gunnarsdóttir

Christopher McDonald

Ingibjörg Sigurjónsdóttir.

 Un gran abrazo desde nuestra querida y culta España,

Félix José Hernández.

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