José Gabriel Barrenechea.

La tasa de mortalidad de la enfermedad en Cuba es comparativamente alta. Países como India o República Dominicana, sin un verdadero sistema de salud, tienen menos muertes en relación a casos confirmados que Cuba. Lo cual es aún más significativo, ya que en esos países hay un gran número de pacientes que cursan toda la enfermedad sin haber asistido al médico, y por lo tanto sin haber sido sometidos a ninguna prueba confirmatoria. A diferencia de Cuba, donde la vigilancia epidemiológica es mucho más efectiva.

Esto, si nos damos cuenta de que si bien es relativamente fácil ocultar a un enfermo no grave, ya es sin embargo bastante más difícil no contar a un muerto, nos lleva a suponer entonces que la mortalidad real en los países citados es bastante inferior a la de las estadísticas oficiales, mientras en Cuba solo es una fracción menor. Lo cual solo aumenta el citado contraste.

Una muy probable explicación parece estar en las diferencias demográficas. Cuba es un país sumamente envejecido en comparación con India y República Dominicana, con una proporción de pacientes con enfermedades crónicas o encamados infinitamente superior a la de esos dos países. Es por ello que cualquiera que siga los partes de defunciones del gobierno cubano advertirá de inmediato en ellos la enorme proporción de muertes de personas muy mayores encamadas o con demencia, de pacientes con cáncer o relacionados con otros padecimientos crónicos. O sea, de personas que no mueren exactamente de la Plaga, sino de las complicaciones que la misma causa en enfermedades anteriores, o simplemente por el quiebre que en sus organismos envejecidos genera el padecerla (aunque abundan los casos de nonagenarios y centenarios que la han superado).

No hablamos, por tanto, en el caso del Covid 19 de una enfermedad como la Gripe Española, que mataba por sobre todo a individuos sanos, entre 20 y 40 años.

Esta constatación nos lleva a preguntarnos: ¿Cuál es el límite concreto de los esfuerzos que una Sociedad debe hacer para mantener vivos a sus individuos envejecidos o menos saludables el mayor tiempo posible? Más concretamente: ¿Qué proporción de su tiempo, de su actividad, de sus recursos, debe destinar a intentar alargar la expectativa de vida de sus individuos en general, en comparación, por ejemplo, con el tiempo, la actividad y los recursos que debe usar para conservarse ella misma, como potencialidad de vida futura?

¿Debemos intentar alargar, sin importarnos ninguna otra consideración, la expectativa de vida de los ancianos y pacientes crónicos hasta unas metas que nos hemos impuesto de manera ideal, sin tener en cuenta la azarosa realidad de la vida, o nuestras posibilidades reales, incluso cuando ello puede poner en peligro la expectativa de vida al nacer, o lo que es lo mismo, de la sociedad en conjunto?

Si podemos entender que cualquier banda de cazadores-recolectores que se propusiera hace 30 000 años alcanzar una expectativa de vida al nacer de 80 años, y concentrará toda su atención en cuidar de los mayores de 40, estaba condenada a morirse completa de hambre antes de un año, deberíamos entender, por ejemplo, que no podemos exigir como un derecho humano el que a todos nos opere el mejor cirujano del mundo, o que un tratamiento novedoso y todavía tremendamente costoso esté al alcance de cualquiera, ya.

Más a tono con el momento: deberíamos entender que amenazamos con aumentar la susceptibilidad a morir de ella, o a resultas de otras epidemias oportunistas, a más y más sectores de la población, al encerrarnos por una enfermedad cuya tasa de mortalidad real, incluso en los lugares con poblaciones más susceptibles a ella, parece rondar sólo el 1%, como demuestran estudios recientes de presencia de anticuerpos a la enfermedad en España y New York. A consecuencia ello en primer lugar de los problemas psicológicos que genera el aislamiento, y que inciden en la fortaleza del sistema inmunológico, y en segundo de la crisis económica que provoca el que hayamos disminuido catastróficamente el tiempo y los recursos que dedicamos a la supervivencia del 100%, para asegurar la de un 1%.

Cabe añadir a lo dicho en el párrafo de arriba que la economía es en esencia el conjunto de actividades que garantizan nuestra supervivencia, no el recurso de los billonarios, los imperialistas y las corporaciones para explotarnos. Aunque a las mayorías inconscientes les parezca así, no hemos vivido siempre en este paraíso en que más que las hambrunas nos amenaza el exceso de alimentos disponibles, y los hospitales, los conocimientos médicos o los autos y la electricidad no se dan en las ramas de los árboles. Todo ello es resultado de la complejísima interrelación entre los productores humanos que nos precedieron, y todo ello sería barrido en  pocos años de la superficie de este planeta si ahora todos decidiéramos escondernos en casa para no poner en riesgo nuestras preciosas vidas. Que supuestamente son un derecho que alguien nos cedió, y no consecuencia de un afortunado azar, ayudado por nuestro esfuerzo y el de incontables humanos que nos antecedieron.

Lo real es que debe haber límites a nuestros esfuerzos por alargar la vida de los individuos, y que ello no debe de ser intentado a cualquier costo. Que no podemos plantearnos encerrar a toda la población y detener la economía global por ninguna enfermedad que, en nuestras actuales condiciones demográficas de envejecimiento y sobrevivencia del enfermo crónico, mate a menos del 5% de los infectados. En primer lugar porque sin duda las cifras iniciales de mortalidad por cualquier enfermedad tan parecida a cualquier gripe, como esta por sus síntomas en los casos nada graves, siempre estarán necesariamente muy exageradas por la gran proporción de quienes no acuden al médico por cursar en ellos la enfermedad de manera muy leve. En segundo porque todo retroceso económico de la sociedad humana afectará en un futuro ya no solo inmediato su futura capacidad de alargar la vida en general, o en particular de los individuos enfermos.

Lo de que hay límite para cada sociedad específica a lo que cada sociedad puede hacer para alargar la vida de sus enfermos y ancianos, es una conclusión que puede parecernos muy fría, hasta cínica, al momento actual, pero que sin dudas será una enseñanza que está pandemia nos dejará… si es que la solución de la China “Comunista” no se impone y terminamos convertidos en humanos criados en granjas por el Estado, que son alimentados en minúsculos cuartones aislados y vigilados (“nuestras casas”) con la carne de pollos criados en granjas industriales.

Porque es ese el otro peligro de tomar estas medidas extremas: Que la búsqueda de una seguridad, a valores del 99%, nos lleve, como individuos, a cambiar por ella una misma proporción de la poca libertad que ya nos va quedando hoy en día, en casi cualquier sociedad de la que conviven en este planeta atestado.

No proponemos, aclaro, dejar a nadie atrás.

No es esto una justificación para quitarle sin su consentimiento un respirador a un anciano, que ya lo usa, para dárselo a un joven: Quien tomé esa decisión sin dudas es simplemente un asesino, no importa lo buen intencionado que se diga. Nadie es Dios para juzgar a este nivel, y lo único que cabe es buscar una solución urgente para el joven.

En general ante cualquier epidemia futura se pueden tomas medidas como las de asegurarle cierta cantidad de recursos necesarios para vivir a quienes decidan aislarse, además de asegurarles protección para no ser obligados a romper su aislamiento, pero no se puede detener la vida humana, que aún hoy consiste en gran medida en una constante lucha con el medio para conservarla.

No demos un primer paso hacia esas distopias de anime, que ciertamente nos amenazan de tomar una decisión errada. Ya en muchas megaurbes chinas parece esa ser la realidad…

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