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La pérfida Albión

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Del autor

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Por Zoé Valdés.

¿No era que con el Brexit se desmoronaría Gran Bretaña completa y no existiría más que oscuridad, pesadumbre y hambruna en aquella isla, mientras que el resto los países de la Unión Europea con Alemania y Francia a la cabeza continuarían batallando por una prosperidad tan anunciada como alguna crónica mortuoria de un Nobel literario? Pues eso parecía, pero no.

Recién leo que, precisamente, la UE se siente impresionada, “choquée”, frente al ‘boom’ de inversiones que está recibiendo Reino Unido tras su tan discutida y criticada afrenta de abandonar la URSS, digo, perdón, de abandonar la UE con la intención de volver a recuperar su soberanía económica y su especificidad como país, que siempre la tuvo y la tendrá, pésele a quien le pese, y duélale a quien le duela.

Europa, Alemania y Francia, sabido es, tienen un problema con Inglaterra, siempre lo han tenido, no es nuevo. Ese problema, seamos breves, se llama envidia. Lidiar con la certeza de que una isla, frente a todo un continente, se levanta invariablemente detrás de cada caída, y reacciona empinándose frente a los empujones, los malhumora y predispone cada vez con mayor encono.

Sospecho que la pésima información de la mayoría de los periodistas españoles los obligue a hacer el ridículo argumentando que con el Brexit la caída de Gran Bretaña era inminente. Hacer el ridículo ya ni siquiera importa, el periodismo ha caído así de bajo, pero hacerlo de manera tan contundente, ya es que da su poco de ira. De Francia ni hablo, en periodismo cuando pronosticado es algo, tan preciso, y ni siquiera se verifica con la maldad de ocultarlo, ya ni merece que se le consienta con pena.

Sobre todo, porque España tiene -al igual que Francia, aunque estos son fugados fiscales en su gran mayoría- a una considerable cantidad de ciudadanos trabajando en Londres; entonces, es de risa que no se hayan percatado todavía de lo mínimo, como de que en los supermercados ingleses casi todos los productos exhiben con orgullo la etiqueta de “hecho en Gran Bretaña”, entre otros detalles no menos relevantes de la creciente economía británica.

El no respeto al voto puede inclusive hasta entenderse, pero la bobería expandida como pólvora candente de que, ¡oh, alarma!, los europeos se irán de Londres a invertir en otra parte, de que el país quedará agonizante, moribundo… El drama era para despatarrarse de la risa. Es no conocer la historia de ese gran país y de su condición de isla.

Por otra parte, no estaría nada mal que buena parte de los rusos que inflaron la inmobiliaria, de los colados desde los países del este ex comunista, y demás sujetos, regresaran a sus ciudades de origen, si les apeteciera, a invertir allá, a mejorarlas, a transformarlas, tal como debiera ir siendo hora. Pero al parecer nadie quiere marcharse de Inglaterra. “Nadie cabe” -diría Miriam Gómez- ni con calzador, pero todos quieren entrar, estar, y tirar la llave del recuerdo al océano.

De modo que los que profetizaron el fin de Gran Bretaña, la debacle, la pérdida irremediable, y hasta lloriquearon de manera hipócrita, a la elegantona ‘manière’ francesa, se han cogido el trasero con la puerta, y bien entumecido que les habrá quedado.

La pérfida Albión” al decir del pobre insigne Augustin Louis Marie de Ximènes, nombre pomposo donde los haya, continuará vivita y coleando entre sus aguas y acantilados. Para atacarla hay que tener mucho de lo que ya no hay porque no queda, como dice el dicho o refrán, que es determinación y seguridad en sí mismos. Pues sí, habrá “pérfida Albión” para rato, como nos recuerda mi apreciada Carmen Cruz.

Zoé Valdés.

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