Foto: La Fiesta de Quince de Teresita en el Copa Room del Hotel Habana Riviera.1966

París, 22 de mayo de 2020.

Mi querida Amiga del Alma:

 Al fin, después de tantos años pude volverte a ver.

Recuerdo nuestros paseos por La Rampa; también cuando lográbamos conseguir una mesa en el  Restaurante 1830 o ir a comer los filetes uruguayos de Le Monseigneur, los pollos a la barbacoa de El Polinesio y los arroces fritos de El Mandarín. Todo gracias a mi prima Cusita…”La prima del Dedo de Oro”, la que pasaba las noches discando en su viejo teléfono negro hasta que nos conseguía una mesa.

Cuando entrábamos por la puerta del parqueo a Le Potin, gracias a mi tío Renato, y merendábamos como reyes, después de ver el último estreno de una película francesa o italiana en el Trianón.

¿Recuerdas las tardes de domingo del Club Náutico y las noches de Río Cristal? Teníamos que coger la ruta 76 hacia Santiago de las Vegas para poder regresar después hacia La Habana. ¡Bailábamos, nos divertíamos con las Ruedas de Casino y todo con sólo un peso en el bolsillo!

¿Te acuerdas de aquellas colas para tomar La Estrella de Guanabo? Nos íbamos a la playa de Santa María con una telera de pan y aquellas salchichas que llamaban mangueras, y cuando lográbamos encontrar un puesto de refrescos, nos tomábamos 3 ó 4 como si fuera la última vez en la vida. De allí a bailar en aquella especie de parqueo de Guanabo.

 Regresábamos tarde y nos colábamos gracias a Campana, el primo de mi madre, que era inspector de ómnibus.

¿Vienen a tu mente los conciertos del Auditorium y la posterior merienda en El Carmelo de Calzada? Acuérdate de los Quinces que bailamos en: la Artística Gallega, el Roof Garden del Hotel Sevilla, el Hotel Plaza, La Comunidad Hebrea, Los Curros Enríquez, el Casino Español, Tropicana, el Copa Room, El Caribe, etc.

Aquella tarde en que fuimos a bailar twist con un combo en El Vedado Tenis después de haber asistido al recital de Marta Estrada (¡Abrázame fuerte!), en La Comunidad Hebrea de Línea, fue fantástica.

Tú me presentaste a la que sería la mujer de mi vida.

Logramos entrar a ver a Los Memes (¡Otro amanecer!) en el Flamingo, a la Burke (tremendo fiIin) en el Pico Blanco. Disfrutamos de los recitales de Georgia Gálvez (¡Una casa en la cima del mundo!) y de Luisa María Güell (¡No tengo edad!), en el Teatro Musical de la calle Consulado.

Mientras tanto, nuestras amigas se iban por Camarioca, por el Puente Aéreo desde Varadero, por Iberia hacia España: Mayda, Vilma, Nereida, Kenia, Margarita, Aleida, Carmita, Maruja, Lucía, etc. ¡Nos íbamos quedando solos!

Los chicos iban a parar a las U.M.A.P., a las cárceles o en el mejor de los casos al Servicio Militar Obligatorio: Juanito, Pepito, el Chagui, Carli, Machito, Pedro, etc. Nosotros sobrevivíamos, aún hoy me pregunto cómo lo logramos.

Nuestros padres trataban de que no sufriéramos con el régimen que se militarizaba cada vez más.

En el Instituto de La Habana el Plan Plancha nos dejó sin nuestros excelentes profesores: el historiador Valdivia, Muñeca -su esposa profesora de Geografía-, la Dra. Dopico que nos enseñó a amar la Literatura, la Dra. Romeo que hablaba y enseñaba un inglés y un francés excelentes.

 ¿Recuerdas el suicidio de la profesora de marxismo, tía del hoy cantante Vicente Feliú, que estaba en nuestra clase?

Quedaba Conchita, aquella alumna militante intransigente, especie de inquisidora roja, que era la que debía vigilarnos y hacer informes sobre lo que hablábamos, sobre nuestras opiniones, pues: «La Universidad era sólo para los revolucionarios», según el Máximo Líder. Nos escapábamos de la clase de marxismo para ir al «hueco» del Payret o al Cinecito, a ver un reportaje del I.C.A.I.C. en el que se burlaban de los Beatles.  Repetíamos una y otra vez la película de los muñequitos por tal de ver aquel reportaje donde cantaban «Twist and Shout».

Allá bajando por El Prado, después de tomarnos un delicioso helado en el Café Partagás estaba «El Intermezzo», aquel club que tanto temían las madres y que tanto nos gustaba a los estudiantes del Instituto de La Habana. Fuiste testigo de mi boda en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en forma clandestina. Nadie se podía enterar, para no tener problemas en el trabajo o con los chivatos del Comité de Defensa de la Revolución.

Una noche sentados en el muro del Malecón, frente al Torreón de San Lázaro, recordando el pasado, pasamos revista a tantos nombres de tantos amigos perdidos desde la Operación Pedro Pan, aquellos condiscípulos de nuestra escuela primaria Carmelo y Praga, de Infanta y Concordia, miramos hacia el horizonte y juramos escapar algún día.

Tu familia y la mía cayeron en desgracia en el 1980. No pudimos irnos por el Mariel y la maquinaria represiva de expulsiones, humillaciones y mítines de repudio se encarnó en nosotros.

Yo tuve suerte, en 1981 logré salir para París con mi esposa e hijo, pero tú viviste en el ostracismo hasta el 1998.

Tus hijas veinteañeras se casaron con españoles y hoy pasean sus sensuales miradas y caminar cadencioso por las Ramblas catalanas o La Gran Vía madrileña. Ellas bailan, se divierten, son admiradas, se visten del Corte Inglés sus sonrisas son como fue la tuya. Admiran a Enrique como tú admiraste al hoy viejo Julio Iglesias o a Raphael. Ellas pasean a pie o en coche, toman el Metro, van al cine y al teatro, veranean en Torremolinos y en Benidorm.

Las he visitado en sus lindos apartamentos de Barcelona y Madrid, sus esposos y sus familias españolas las quieren y miman. Sin embargo, ellas piensan que Miami tiene las calles cubiertas de oro.

Tú, mi querida amiga, después de tanto anhelar la Libertad, ahora vives en » Hialeah, en un minúsculo apartamento con tu niña de 10 años.

Tu tercer esposo te dejó por una «hermana del rescate». Trabajas en un supermercado con el temor permanente de que un viernes por la tarde el patrón te despida. Has envejecido, pareces ser tu madre o quizás tu abuela. ¿A dónde fueron a parar tu pelo, tu piel, tu hermosa sonrisa? Sólo te quedan tus bellos ojos. Tienes miedo a enfermarte, pues… ¿Cómo harías para pagar el médico y las medicinas que son tan caros?

En la escuela pública de tu hija hay niños afroamericanos e «indios» (como groseramente llaman a los latinoamericanos los xenófobos) y alguien te ha metido miedo con ellos. ¿Por qué? Te han dicho que también hay droga, pero a ti que apenas te alcanza lo poco que ganas para sobrevivir. No puedes enviar a tu niña a una escuela privada católica, donde estudian los niños de buenas familias como alguien te dijo.

Añoras a Cuba, a tu barrio, a tu gente. Me dices que aquí en Miami todo es expressway por la mañana, trabajo, expressway por la tarde y como salida: el Mall.

 Me cuentas que tu vida es mediocre. Como le envías 50 dólares cada mes a tu vieja madre allá en el habanero barrio de Miraflores; alguien osó decirte que estabas ayudando así a mantener al régimen cubano en el poder.

En Cuba a partir de 1980 te convertiste en: “gusana”, gentuza, escoria y vende patria. Estabas apestada. En el 1998 gracias al bombo ganaste la visa y te convertiste en «mariposa», en cubana de ultramar, en miembro de la comunidad cubana en el extranjero.

Pero hace unos meses tu nostalgia fue demasiado grande y regresaste a Cuba como «mula», llevando el equipaje para alguien a cambio del pago de tu viaje.

Me contaste que en la Aduana declaraste sólo 60 dólares de regalos, pero que al salir una «compañera» te dijo que regresaras a la mesa y pagaras 200 más. Cuando preguntaste por qué, la «compañera» te respondió secamente que porque sí y que si no te gustaba te haría pagar el doble. ¡Te volvieron a humillar!

Me cuentas que en La Habana todo está devastado, que tuviste que comprar el bombillo para el poste de la luz de enfrente a tu casa y que a la noche siguiente lo robaron; que las cucarachas caminan por las paredes, que te bañaste durante una semana con un cubo y una latita que había sido de leche condensada.

Ahora en Miami, con tus bellos ojos llenos de nostalgia de un pasado que no volverá, nos despedimos y me pides que le diga a tus hijas que se queden en España, que no dejen a sus maridos, que Miami no es lo que ellas piensan, que vayan primero a ver si les gusta.

Tu última frase, después de un fuerte abrazo con lágrimas corriendo por tus mejillas fue: ¡Ésto no es fácil!

Te quiero siempre, pues formas parte de mis más bellos recuerdos de  adolescencia y juventud,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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