La calma terrible de Máximo Gómez

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Por Carlos Ferrera

El general dominicano era ejemplo de paciencia, educación y saber estar, pero era durísimo en el ejercicio de su mandato; un látigo contra los españoles, pero aun más implacable con los oficiales y soldados de sus propias tropas. 

Tras su apariencia tranquila de señor venerable se ocultaba el general más duro de todos los de la República de Cuba en Armas, que condenó a muerte o degradó a decenas de mambises corruptos o traidores. 

Las indisciplinas menores, como descuidar la cabalgadura y el equipo, ir mal vestido, robar municiones a los compañeros o faltar a los pases de lista, las casigaba con el famoso «cepo mambí», el «paso a la impedimenta» (destitución fulminante) o los odiados «planazos de machete», en el mismo momento en que se producía la infracción. El soldado era dsesnudado de cintura para abajo y cualquiera de sus compañeros podía recibir la orden de aplicarle los planazos en las nalgas. Todo un espectáculo de spank en la manigua.

También recurría el cepo de campaña, al recargo de servicio -asignar tareas adicionales incómodas como limpiar excrementos o lavar ropa- y otros trabajos forzados. 

Si el delito era cobardía, y no tenía consecuencias demasiado graves, castigaba al cobarde «con la obligación de avanzar en solitario hacia filas enemigas delante de la tropa y procurarse él solo una o más armas, un uniforme y parque», cuenta Miró Argender en sus «Crónicas de Guerra». Pero las agresiones y los robos los castigaba con fusilamiento, eso sí, celebrando siempre un consejo de guerra para juzgar al culpable.

Gómez era estricto con los pases de lista a sus¨»números» (soldados rasos), y fue él quien impuso la obligación a todas las columnas bajo su mando a pasar lista a las tropa tres veces al día y estar presente en la lectura de las ordenanzas que hacían los jefes de columna. 

Máximo tenía prohibido utilizar lenguaje irrespetuoso y grosero, igual que suprimió los juegos de azar como los dados y las cartas, tan comunes en tiempos de Céspedes. Igualmente prohibió el consumo de alcohol, un delito muy usual sobre todo en las fuerzas de Oriente. «Para los traidores, contraguerrilleros, plateados o los emisarios y parlamentarios que se presentaban con proposiciones de paz, no basadas en la independencia de Cuba, el castigo era la horca», cuenta Miró.

Sus más fuertes desavenencias con el Gobierno de Cuba en Armas fueron con su entonces presidente, Salvador Cisneros Betancourt. Cisneros solía conceder grados militares a soldados de familias acomodadas recién incorporados a las filas mambisas, sin experiencia ni méritos militares. 

Gómez rompió decenas de diplomas y nombramientos hechos por Cisneros con sus propias manos, convirtiéndolos en soldados rasos. Dicen que lo hacía mientras miraba fijamente a los ojos al soldado beneficiado .

Con Gómez había que ganarse los grados combatiendo.

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