(Constantinopla, 29 de mayo de 1453)

“El sultán Mahomet había prometido a sus soldados tres días de pillaje, al que tenían derecho [según la sharia]. Estos se desparramaron por la ciudad. […] Una vez dentro de la ciudad, todos se unieron en la caza salvaje del pillaje. En un principio no podían creer que hubiera terminado la defensa. Mataban a todos los que encontraban en las calles, tanto hombres como mujeres y niños, sin distinción. La sangre corría a raudales, regando las calles, desde las alturas de Petra hasta el Cuerno de Oro. Mas pronto se apagó la sed de carnicería. Los soldados se dieron cuenta de que los cautivos y los objetos de valor les reportarían mucho beneficio.

De los soldados que asaltaron la barricada o atravesaron por Kylókerkos [la puerta secundaria por la que los primeros asaltantes consiguieron irrumpir en la ciudad, que había sido defendida heroicamente durante dos meses por solo 7.000 soldados, enfrentados a un ejército de 100.000], muchos se desviaron para saquear el palacio imperial en Blachernas. Redujeron su guarnición veneciana y comenzaron a arramblar con todos sus tesoros, quemando libros e iconos una vez que arrancaron las cubiertas y figuras enjoyadas, y acribillando a machetazos los mosaicos y mármoles de las paredes en derredor. Otros se dirigieron a las iglesias, pequeñas pero magníficas, próximas a las murallas: la de San Jorge, cerca de la puerta Carisia; la de San Juan, en Petra; y la graciosa iglesia del monasterio del Divino Salvador, en Chora, para despojarlas de sus reservas de láminas, ornamentos y cualquier otro objeto que podían arrancarles. […]

Los marineros [turcos] de los barcos del Cuerno de Oro ya habían atravesado la puerta Platea y estaban desvalijando los almacenes a lo largo de las murallas. De pronto algunos de ellos cayeron sobre una patética procesión de mujeres que se dirigían hacia la iglesia de Santa Teodosia a impetrar su protección en el día de su fiesta. Las mujeres fueron cercadas y repartidas entre sus captores, los cuales siguieron después saqueando la iglesia engalanada de rosas y atraparon a los devotos en ella. […] Posteriormente, los marineros de ambas flotas y los primeros contingentes de soldados de las murallas de la parte de tierra confluyeron en la mayor iglesia de Bizancio: la catedral de Santa Sofía.

La iglesia estaba aún rebosante. La sagrada liturgia había terminado y se comenzaba a cantar el oficio de maitines. Al estruendo del tumulto exterior cerraron las enormes puertas de bronce del edificio. Dentro, la asamblea pedía el milagro que sólo podía salvarlos. Pero su súplica resultó vana. Los devotos estaban atrapados. Algunos de los ancianos y débiles fueron asesinados allí mismo, pero la mayoría fueron maniatados y encadenados unos con otros. Arrancaron los velos y los chales de las mujeres para usarlos como cuerdas. Muchas de las más agraciadas doncellas y jóvenes, muchos nobles ricamente vestidos, fueron casi despedazados, pues sus captores se peleaban por ellos. Pronto una larga procesión de desordenados grupos reducidos de hombres y mujeres bien atados unos con otros eran arrastrados a los vivaques de los soldados para disputárselos una vez más [y venderlos como esclavos]. Los sacerdotes seguían salmodiando en el altar hasta que fueron asimismo apresados. Si bien en el último momento –creían los fieles- algunos de ellos cogieron los vasos sagrados y se trasladaron al muro sur del santuario. Lo abrieron y los escondieron tras él, y allí permanecerían hasta que el sagrado recinto se convirtiese en iglesia otra vez”.

Steven Runciman, “La caída de Constantinopla”

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