-Por Emilio Acosta Ramos https://www.facebook.com/izzyemilio-102805254433269/


Si hay un personaje que genera controversia en Venezuela es la figura del caudillo asturiano, José Tomas Boves, o el Taita como le llamaban la gente del pueblo, que significa en esos lares de los llanos Venezolanos, el Papá o el Padre. Y es que para ellos lo fue.

Valiéndose de los resentimientos sociales de las clases más bajas contra los abusos y explotación de que eran objeto por la aristocracia criolla, desencadenó una feroz ofensiva contra los ejércitos independentistas y se convirtió en un auténtico peligro para la causa republicana de las élites venezolanas.

Esto se debe a que las instituciones españolas eran férreas defensoras de los derechos de los indígenas, por medio de las leyes de indias desde el siglo XVI y a la cual los mantuanos buscaban deshacer y quitarles los privilegios con la excusa de la igualdad. En la constitución española de Cádiz de 1812 se había prohibido la esclavitud de los negros, y años atrás ya habían conseguido numerosos derechos, razón por lo cual muchos criollos dueños de hacienda apoyaron los movimientos independentistas, para no tener que obedecer leyes que vinieran de la península y no poner en riesgo sus estatus y poder. En Venezuela, la población de negros libres era bastante numerosa, y se concentraba en Barlovento y Curiepe. Por algo, durante, e incluso después de la independencia, la mayoría de la población negra seguía siendo leal a la monarquía española. Los negros se amalgamaron poco a poco a la población nacional, social, cultural y racialmente. No fue sino muchos años después de la independencia en 1854 cuando recibieron su libertad por parte de los criollos, luego de las cruentas luchas y guerras, como la guerra federal. Por todas estas razones el pueblo llano apoyo ciegamente al caudillo José Tomas Boves, además de su natural liderazgo.

Boves era un excelente oficial que mimaba al máximo a los suyos, su tropa le veneraba por sus probadas capacidades tácticas y su abrumador ingenio. Era como un dios mitológico que hacía milagros con los pequeños mimbres de que disponía y multiplicaba la munición, los fusiles, entrenaba de una forma muy particular a sus soldados criollos –en este caso los famosos llaneros venezolanos– una horda en el mejor sentido de la palabra-, a los que se habían unido cerca de 3.000 esclavos sublevados.

Boves armó una herramienta de combate altamente motivada y con un nivel de entrenamiento y fidelidad pocas veces visto en la historia militar. Si un soldado iba en angarillas, su uniforme le abrigaba. Si faltaba comida, se pagaba a los campesinos y no se les expropiaba. Si alguien caía enfermo se le ponían unas monedas en el bolsillo para tirar un rato. Así funcionaba este uniformado.

Era un cinco de diciembre en Urica donde expiró este discutido militar al que se le atribuyen atrocidades sin cuento y llenas de leyenda negra, a la par que cualidades excepcionales como estratega. Ambos, Bolívar, y él, se enzarzaron en un círculo infernal en la famosa espiral de la llamada “guerra a muerte”.

En medio de aquel desigual combate, un capitán sublevado de entre los bolivarianos le atravesaría el pecho en medio de una melé de carne humana envuelta en alaridos de muerte. Los desamparados de los llanos y toda una legión de pobres de solemnidad se quedaron huérfanos en un abrir y cerrar de ojos. Boves, un asturiano pelirrojo de porte colosal, piloto de altura licenciado en la escuela de Gijón, soldado donde los haya, fenecía en un gran charco de sangre en medio de un gigantesco tumulto, mirando un nítido cielo azul en el que acabaría diluyéndose su controvertida memoria y legendarios hechos de armas.


El general Simón Bolívar ante la muerte de José Tomás Boves en el campo de Urica, expuso lo siguiente: «…La muerte de Boves es un gran mal para los españoles, porque difícilmente se encontraran en otro las cualidades de aquel jefe…».

Boves era muy querido por las masas populares en toda la región costera de Venezuela de esa época, en donde pudimos notar que en las exequias fúnebres que pronunció el presbítero Juan Antonio Rojas Queipo en la iglesia del pueblo de San Sebastián de Maiquetía, quién como panegirista y con gran exaltación masónica en la oración engrandeció la vida protagónica del Taita Boves en sus andares en defensa del pueblo pobre de Venezuela, hasta que cayó muerto en el campo de Úrica al oriente del país; llegando al extremo de aseverar y enaltecerlo con estas magistrales palabras: «Boves había desafiado a Bolívar a que lidiase mano a mano con él».

El armador asturiano y francmasón don Lorenzo García Jove radicado en Puerto Cabello, quién actuando como apoderado in absentia de doña Manuela de la Iglesia le solicitó al francmasón don Salvador Moxó en su condición de Capitán General de Venezuela en 1.815, le pagara los ajustes de sueldos del Comandante Boves a su señora madre en Asturias–España. Doña Manuela de la Iglesia de Bobes en el año 1.817, a través del comandante de armas de la ciudad de Oviedo solicitó la pensión que la corona española le daba debido a los «supuestos servicios militares» prestados por su hijo José Tomás Boves en estas tierras de Venezuela.

Cabe destacar, que el Taita Boves fue ascendido Post Mortem al grado de Brigadier General de los Reales Ejércitos de Su Majestad, El Rey Fernando VII, cinco años después de su gloriosa muerte en el campo de Urica en 1.814. Las tropas de Boves se dispersaron, tratando nuevamente los jefes y oficiales del ejército de El Rey Fernando VII en retomar nuevamente los mandos en el ejército más grande que haya hecho armas en la República de Venezuela en toda su historia.

Realmente, ellos buscaban en llenar el vacío dejado por el Taita Boves; lo grave de esto fue que él no dejó un claro sucesor o sustituto que en lo inmediato continuara su obra redentora en pro del pueblo venezolano. Sin embargo, el médico José Domingo Díaz quién era el «cronista» de los defensores del Rey de España, dice lo siguiente cuando el Comandante José Tomás Boves murió alanceado en la Batalla de Úrica expresó sobre tan digno y valiente asturiano estas palabras:

«… el hombre más valiente del mundo entero, el más desinteresado de todos los hombres, el que en todas sus acciones no tuvo más objeto que el servicio de S. M. y el castigo de sus enemigos, el terror de Bolívar y de toda la sedición y uno de los europeos más dignos por estos caracteres de este nombre inapreciable…».

La grandeza de Boves se aprecia en su testamento de muerte cuando indica que solo deja un caballo, una espada y 300 pesos, que de hecho le adeudaba a don Juan Vicente Delgado quién había sido Teniente de Justicia en la Villa de Todos los Santos de Calabozo. Allí nunca refirió que dejaba grandes tesoros producto de saqueo alguno; más bien dejaba como herencia a un pueblo el sagrado derecho a la defensa legítima en contra de sus opresores; esa es la máxima de enseñanza que dejaba este caudillo.

La falta de un buen conductor de masas en un pueblo sediento de libertad y justicia social, una vez caído en combate, como fue el caso de José Tomás Boves en la batalla de Urica; se recoge en las propias palabras del Brigadier General Manuel del Fierro quién el 29 de diciembre de 1.814, le escribió a un compatriota en España, lo siguiente:

«…En las últimas acciones habrán perecido de una y otra parte más de 12.000 hombres. Afortunadamente los más son criollos y muy raro español….. Si en las demás partes de la América se encontraran muchos Boves, yo le aseguro a usted que se lograrían nuestros deseos; pues lo que es en Valencia, poco ha faltado para verlos realizados, pues hemos concluido con cuantos se nos han presentado…».

Don José Tomás Boves en vida fue el máximo líder de la rebelión popular y campesina que se dio en los años 1.813 y 1.814, quien con su accionar militar trató de liberar al pueblo venezolano de la opresión existente en esa época por parte de los criollos.

El historiador Vicente Lecuna años después en su obra histórica titulada: «Crónicas razonadas de las guerras de Bolívar», en una de sus páginas dice esto: «… Pero Boves causó estragos irreparables y tiene todavía admiradores por su valor personal, y por sentimientos, idiosincrasias y afinidades difíciles de analizar…».

Por supuesto ¡sí, él es el verdadero Libertador de Venezuela, historiador Vicente Lecuna!

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