¿Ha llegado el fin de nuestro mundo?

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Lo que está ocurriendo ahora mismo lo único que ha dejado en evidencia es la incapacidad que tienen las élites de los países desarrollados para tomar decisiones coherentes y rápidas en caso de crisis.

Aquí pasa algo ¿de qué se trata? No lo sé, pero de que pasan cosas raras no cabe la menor de las dudas. Si estuviéramos en Cuba lo entendería mejor, pero estamos en Francia, como aquel que dice en el corazón de las grandes ligas de la democracia; sin embargo, a pesar de las consecuencias que trae el confinamiento para la sociedad seguimos en arresto domiciliario.

El mensaje en los medios de propaganda al servicio del poder, sigue sin atemperar el estado de alarma generalizado que ellos mismos han provocado, para impedir que las criticas se dirijan al lugar adecuado: la gestión de los servicios públicos que se ha hecho durante años por todos los gobiernos de izquierda y de derecha, que han pasado por Matignon y el palacio de Elíseo.

En este contexto de miedo e incertidumbre, resulta perfectamente lógico que las personas llamadas a salir a la calle sientan miedo. Como mismo hicieron que la población aceptase el arresto domiciliario, machacándola con mentiras sobre un virus estacional, bien podrían empezar admitiendo que la cosa no era tan grave como se creía, y que dados los avances de los tratamientos y de la investigación científica se puede evitar el colapso de los hospitales (que ha sido la verdadera y única razón para esta locura cuyas consecuencias incalculables están todavía por verse) en caso de que se produzca una nueva ola de contagios.

Ese cambio de tono del discurso oficial durante un par de semanas, apoyado por una política de clara de atención a la población infectada, no infectada y enferma, evitaría que esta crisis sanitaria no acabe convirtiéndose en una crisis sistémica que termine con los fundamentos de la civilización occidental, el primero de todos ellos: la libertad.  Pero cuando escucho al ministro de la salud pública, Olivier Veran, justificando su inacción e incompetencia, valiéndose de un informe médico hecho por una potencia extranjera para invalidar los trabajos de un científico francés, me doy cuenta de todo esto se les está yendo de las manos más rápido de lo que pensaba.

La gestión centralizada de la crisis sanitaria tampoco está dando resultados lo mismo en Francia como en España, las mascarillas siguen sin aparecer, los tests tampoco; peor aún, en España aquellos que ha comprado el gobierno no sirven para nada, mientras que en Francia acaban de anunciar que los ventiladores, ¡8.500! producidos por Air Liquide, tampoco. Los errores de apreciación y la fatal arrogancia de las élites europeas, concretamente francesas, están llevando este continente a la ruina. Por suerte, Alemania sigue firme, y no ha aceptado el chantaje de los bonos europeos que quieren imponerle los neo comunistas del Sur.

Desde ayer se está divulgando ampliamente el estudio de la Universidad de Virginia, que ha llegado a la conclusión de que un grupo de veteranos hospitalizados y tratados con hidroxicloroquina, con azitromicina o mezcla de las dos moléculas no sirven para un carajo. Todavía peor: los científicos observan más mortalidad en el grupo tratado con la molécula.

El artículo deja un amargo sabor por varias razones, la primera, y me parece la más significativa, es que se han utilizados seres humanos como conejillos de Indias en el peor de los momentos posibles, o sea, cuando ya se encontraban enfermos. El uso del placebo en nombre de la ciencia acabó de rematarlos. La segunda, me parece todavía más horrible: desde hace varias semanas, incluso meses, se sabe que suministrar hidroxicloroquina cuando se hospitaliza no sirve de nada, ya que la carga viral en ese punto es baja.

¿Para qué sirve un estudio que confirma lo que ya se sabía, y que mata además 14,1% de enfermos, por si fuera poco, veteranos de guerra? Además de abrir titulares todos los periódicos anti Trump en Estados Unidos, lo cual ya de por sí lo hace más que sospechoso. El estudio tiene numerosos fallos metodológicos que lo invalidan; pero, aunque este no fuera el caso, no prueba nada más que lo que ya se sabía sobre el tema, a saber, que la cloroquina ni la azitromicina son eficaces cuando la gente ya está grave…

Resumiendo. Lo que está ocurriendo ahora mismo, lo único que ha dejado claro es la incapacidad que tienen las élites de los países desarrollados para tomar decisiones coherentes y rápidas en caso de crisis, lo mismo sanitarias que económicas. El peso de los ministerios, instituciones, de la burocracia, del socialismo de Estado, en resumen, inhibe el reflejo de supervivencia que se manifiesta, por ejemplo, en los gobernantes de los países del sur como Marruecos o Senegal, que no han dudado ni una semana en extender el tratamiento de hidroxicloroquina con azitromicina a toda la población sien esperar la autorización de los «expertos».

En el mismo momento, tras dos meses de encierro, arden los barrios periféricos en Francia, las “colas del hambre se extienden”. Por su parte, España ha prolongado dos semanas más el estado de urgencia, habla de abrir los restaurantes; mientras que y los médicos obligados por el Estado profundo, siguen sin poder recetar lo que desean a sus pacientes.

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