José Gabriel Barrenechea.

Para algunos si Donald Trump propone algo hay que desecharlo, y todo lo que tuitea es falso de necesidad.

Por ejemplo, si propone a la cloroquina como el remedio absoluto y universal contra la actual Plaga, la respuesta no es tan solo negar ese carácter absoluto, universal, definitivo que le ha dado el presidente americano, sino negarle absoluta y definitivamente cualquier utilidad o efectividad en el tratamiento.

La política, o sea, el arte de gobernarnos se radicaliza de esta manera en dos posiciones irreconciliablemente enfrentadas sobre la base de las propuestas de ciertos individuos. Ya que para unos todo lo que digan o propongan esos individuos será su propuesta y su opinión personal; mientras para los otros la suya, por el contrario, consistirá en negarlas y oponérseles acríticamente.

Semejante bipolarización hace imposible el diálogo, al reducir la comunidad política a dos parcialidades absolutamente en desacuerdo. En que no es que unos y otros estén sordos a lo dicho por el contrario, sino que de hecho toda la atención parece estar fija no en encontrar soluciones a los problemas comunes, sino en negarle toda veracidad, viabilidad, o valor ético, a las afirmaciones y propuestas del contrario.

Sin lugar a duda hay un bando que impone este esquema al inaugurar una posición radical, pero tampoco el otro estará libre de culpas al permitir que se le encasille en un bando contrario. Ellos se han dejado arrastrar a esta visión radical que les han impuesto, y han terminado convertidos en más de lo mismo a lo que ahora se oponen de manera acrítica.

En definitiva lo que ha sucedido es casi como un pacto entre esos dos bandos, para imponerse como las dos únicas posiciones realmente existentes y posibles en la comunidad política.

Los intolerantes, los incapacitados para hacerse críticamente de una opinión propia, o quienes no pueden defender sus intenciones o intereses con argumentos racionales, se concertan de modo inconsciente para reducir al diálogo a descalificaciones, gritos y ofensas a un nivel primario. O sea, se dividen en dos bandos en apariencia irreconciliables, para excluir a todos los demás que nos empeñamos en sostener una actitud crítica, y en basar el proceso de consensuación de las soluciones comunes solo sobre el intercambio de argumentos racionales.

Esto sin duda es lo que ahora sucede en los EEUU. Mas no exactamente en Cuba, y por lo mismo no caben las analogías simplificadoras.

Esta diferencia sustancial entre los espacios de diálogo de ambos países es la que le niega validez a los reclamos de ser acosados, por parte de quienes no se oponen al régimen, cuando ante cualquier comentario suyo en redes sociales, que pueda ser interpretado como de apoyo al mismo, los anticastristas replican con sus propios comentarios.

La diferencia está en que en los EEUU el espacio de diálogo está abierto de manera simétrica a cualquier opinión, y consecuentemente en él todas tienen un nivel bastante equivalente de derecho a ser expresadas. Lo cual no es el asimétrico caso cubano, en que existe una opinión que controla por completo ese espacio, y que ejerce ese control no por la superioridad de sus argumentos, sino policialmente, gracias al Departamento de Seguridad del Estado.

Hago un aparte para aclarar que la dicha institución policial no es que le evite al régimen la necesidad de argumentar sus posiciones, sino que le evita la necesidad de responder a todo contraargumento que pueda hacérsele, al imponer el silenciamiento del pensamiento discordante en la sociedad cubana. El régimen tiene sin dudas argumentos, algunos válidos, pero no para ser contrastados.

En definitiva en Cuba, a diferencia de en los EEUU, una opinión tiene tal control del espacio de diálogo como para conseguir que adoptar una posición ya no radicalmente contraria, sino solo parcialmente crítica, sea todo un martirio e incluso un riesgo demasiado alto. En esencia por los niveles de acoso real, concreto, físico y no solo virtual, que sobre el crítico ejercerá directamente, u organizará de modo sutil, la Seguridad del Estado.

Esto es necesario que lo entiendan los que hablan sinceramente, sin segundas y pagadas intenciones, de acoso en redes sociales contra todo aquel que expresa una posición ya no de apoyo al régimen, sino de simple reconocimiento de algún logró suyo, aun desde una posición crítica. Ese supuesto acoso que sufren no es más que la respuesta instintiva de quienes no pueden concebir que se diga algo positivo del régimen que los acosa, y muy en serio.

Yo mismo lo he sufrido, por cierto, por mis opiniones no siempre contrarias a las del régimen, y sobre todo por mí crítica a quienes se dejan llevar a la misma posición intolerante y exclusivista de un Castro, aunque sin que me pase por la cabeza el llamar acoso a los ataques que en consecuencia recibo en Facebook o Twitter. Ante todo porque gracias al régimen y su fiel perro guardián, el Departamento de Seguridad del Estado, sé muy bien el verdadero y terrible significado de esa palabra.

No, no hay la misma equivalencia entre un caso y otro. Un Trumpista puede victimizarse y hablar de acoso en redes sociales, porque de hecho no hay otras formas de acoso organizado más fuerte en su sociedad, ante las cuales palidezcan y luzcan hasta risibles sus acusaciones. Allí, paralelamente, no hay en realidad justificación para quienes se dejan arrastrar al antitrumpismo acrítico, y esa actitud adoptada de manera tan gratuita nos hace sospechar que el radicalismo de los tales era anterior al arribo de Donald Trump a la Casa Blanca. En Cuba, por el contrario, si hay formas de acoso más concretas y peligrosas que las respuestas en redes sociales, ejercidas por una institución policial diseñada precisamente para ejercer ese acoso de modo constante y ubicuo. Ante las cuales formas de acoso, e institución acosadora, resulta en verdad injusto y poco realista exigir que el acosado no se deje arrastrar al radicalismo.

En esencia en los EEUU, a pesar de los esfuerzos de estos dos bandos radicales empeñados en entorpecerlo, todas las infinitas opiniones tienen el mismo derecho a expresarse públicamente, y por tanto si algunos se dejan arrastrar a una posición de radicalización, y acoso del Otro en redes sociales, no tienen justificación posible, porque en ningún momento nadie les ha coartado su derecho a argumentar sus intereses e intenciones.

En Cuba no es así. Aquí solo hay una opinión posible, la cual se expresa sin consecuencias negativas para el opinante. Por el contrario, siempre positivas para él, que así se gana el favor de un régimen que no solo tiene el monopolio de la única verdad, sino de casi cualquier recurso material útil para la vida humana. Mientras que cualquier otra opinión diferente es más que delito, traición a la Patria, sujeta a vigilancia implacable por la Seguridad del Estado.

Esta falta de equivalencia se evidencia en el hecho constatable de que mientras usted no tiene que mudarse de los EEUU para convertirse en un radical anti-Trump, los cubanos, para conseguir convertirse en radicales anti-castristas, salvo raras excepciones que más bien sirven para resaltar la veracidad de la regla, tienen que emigrar de Cuba.

Es esa la razón de porque la absoluta mayoría de los acosadores cubanos de quienes apoyan al régimen, o simplemente lo observan críticamente, vivan en el Exilio, bien lejos de las garras de la Seguridad del Estado. O incluso del porqué desde allá prefieran cubrirse con el anonimato de cuentas sin rostro.

En este sentido, para que nos resulten creíbles las quejas de algunos, como las del señor Javier Gómez Sánchez en Granma, por el acoso a sus opiniones en sintonía con el régimen, deben venir acompañadas por la exigencia al mismo de que reduzca a la Seguridad del Estado de una policía política a un órgano de inteligencia estatal.

Lo cual solo puede ocurrir cuando deje de estar por encima de la Constitución y las Leyes, o lo que es lo mismo, cuando la Asamblea Nacional del Poder Popular dicte públicamente una Ley que defina las funciones de la dicha institución, a la vez que las salvaguardas legales que protegen nuestro derechos civiles y políticos contra su violación por la misma.

Mientras eso no hagan, sus quejas por acoso en redes en un país en qué de verdad se practica el acoso físico, concreto de los individuos, no puede resultar más que en principio risibles, y en todo caso muy sospechosas.

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