Frente de liberación monumental

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Normalmente aquellos que piqueta en mano, o pico y pala, o cualquier oxicorte de metales, acuden vociferando a destruir una estatua, en su generalidad desconocen totalmente qué está representando, si representa algo, la estatua que ellos van a destruir; porque sencillamente los que van con herramental en la mano a consumar un acto totalmente inútil, son el fruto maduro, caliente, de los que están detrás ocultos, y los envían a realizar algo que no soluciona absolutamente nada.

Porque si uno se pone a indicar que hay otros símbolos o estatuas a los que, vulgarmente hablando, no hay cojones o compañones revoltosos, ni a tocarlos por temor a las fuerzas malignas internas, que dicen que ha desarrollado el pedazo de material erigido como símbolo, entonces la cosa, el asunto:”el frente de la bravura libertadora de simbología opresora” tiene todos los signos externos de vivir en el Cuaternario de la obediencia a los verdaderos opresores, que nunca por nunca, serán o han sido los pedazos de piedra o metal con sin peluca.

El hombre, aún en el estadio más primario, del mismo modo que sabe que una zarza pincha con sus púas, intuye y sabe a la perfección quienes o quien son la base de su mal o de su precariedad, y el “dar palos de ciego social en el aire” solamente tiene una obediencia muy lejana de lo que se quiere espejear tirando al suelo una estatua de Colón, o de Pizarro, pero ninguna de san Crispín del Valle Estrecho, que no sé si en realidad existe tal santo, porque así como para los “Frentes Liberadores de Opresiones”, Colón o Pizarro es un simple pedazo de material, las otras simbologías a las que el hombre en general más que respetar teme, esas ya han desarrollado sus propias defensas, al parecer, mucho más efectivas y letales que un misil bendecido previamente.

Cuando en su propio periódico alemán, de nombre que no me atrevo a escribir por lo complejo que resulta para la escritura en español, el periodista y copropietario del mismo Kart Marx, corriendo el año católico de 1.844, en un artículo, basado en dichos de otros pensadores o escritores anteriores que ya habían reflexionado el asunto, escribió aquello de que la “religión es el opio del pueblo”, como lo había dicho un comunista (él, a lo mejor, no era marxista), y comunismo es lo mismo que el que quiera religión que se la pague, lo mismico que suelen hacer las gallinas en los corrales cuando sobrevuela el patio un gavilán, así procedieron en conventos y parroquias del mundo entero.

Las cosas que empiezan mal, tiene, por fuerza que acabar mal. Y el abuso de tanto símbolo impuesto, al final, ha colmatado el vaso de agua. Y aunque ahora se vea como una barbarie el tirar abajo monumentos que la incultura actual no sabe ni quienes son o fueron, no es más que una expresión de rabia contra un abuso que solamente, hasta hoy mismo, solo favorece a las palomas.

Los “controladores sociales”, saben que los monumentos terminan por convertirse en “totenes” sagrados y desarrollan sus seguidores aquellos que realmente calan en las gentes de la calle. De ahí que pueden estar tranquilas las palomas del mundo, especialmente del mundo Iberoamericano, que parques y jardines, alamedas y plazas públicas, van a seguir exhibiendo en cualquier coqueto lugar una esfinge de algo o de alguien.

Y la suerte que tenemos es que ahora, seguramente solo por el momento, a las gentes no nos exigen que hagamos pirámides ni catedrales, que, después, cuesta mucho más tirarlas abajo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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