José Gabriel Barrenechea.

1-Las circunstancias presentes, bastante estables durante los últimos doce milenios, nos han devuelto a una posición muy semejante a la de los albores de la Modernidad. Solo que ya esas circunstancias no son particulares a los europeos, sino generales a todos nosotros. Como Europa tras la caída de Constantinopla en 1553, hoy la Humanidad completa se descubre encerrada no en una península con ínfulas de continente, sino en un planeta que ya le queda muy, muy pequeño. Ahora, como entonces, se impone extender nuestros límites más allá.

No vivimos ya en el mundo que un grupo de atrevidos navegantes portugueses, genoveses o vascos extendieron mucho más allá de la imaginación de sus más fantasiosos contemporáneos, hasta hacerle creer a las inmediatas generaciones que los recursos ante ellas eran infinitos y por tanto inacabables. Nuestro mundo no es ya aquel de John Locke, en el cual Dios nos había hecho entrega de la Naturaleza en estado salvaje, para que nosotros pudiéramos transformarla en un jardín. Acción con la cual se suponía honraríamos su creación, al poner en acción las chispas de capacidad creadora que tuvo a bien poner en nuestras almas.

No vivimos en definitiva ya en el mundo paradisíaco y antropocéntrico de la Modernidad capitalista (Copérnico nos sacó del Centro del Universo, pero la Reforma no tardó en reponernos allí gracias a individuos como Locke), en el cual los recursos parecían ser infinitos, así como infinita nos parecía la capacidad del medio planetario para asimilar nuestra actividad creciente. Entre otras cosas, a medida que avanzó la Modernidad descubrimos que el Universo tiene una tendencia mayor al caos que al orden, sin altos niveles del cual no podemos vivir los seres humanos, y sobre todo los seres humanos modernos: Coincidiendo con el inicio del cambio climático, en 1851, Clausius enunció por primera vez el Segundo Principio de la Termodinámica[i].

A diferencia del de John Locke, el mundo de los humanos de 2020 es más claramente uno abocado al cataclismo. En primer lugar porque de seguir encerrados en este planeta, nuestra propia actividad en un sistema cerrado finito, de dimensiones cada vez más comparables con la medida de nuestra creciente actividad, nos condena irremediablemente a enfrentar toda clase de desgracias en el futuro inmediato, a consecuencia de simplemente medrar en La Tierra. Lo cual está dado por la tendencia al aumento del grado de desorden, o entropía, que genera toda variación de un estado de equilibrio a otro en cualquier sistema.

En buen español, según las leyes de la física de este Universo no podemos evitar que al convertir un tipo de energía en otro, para realizar determinado trabajo (actividad humana de cualquier naturaleza), una parte de esa energía no escape al medio planetario y altere sus condiciones de equilibrio. Lo cual es más preocupante aún porque no podemos parar de hacer crecer las cantidades de energía que convertimos en trabajo, y por tanto la cantidad de ella que se nos escapa a desordenar el medio; sea ello por nuestra tendencia innata a multiplicarnos en número, o por la cultural moderna, a aumentar constantemente la medida de nuestras necesidades materiales individuales o sociales.

Aclaro que aunque lo dicho hasta aquí pueda saber a gloria para los más radicales ambientalistas, el problema no es solo nuestra actividad en aumento. La segura desaparición futura de las condiciones ambientales ideales, en que han evolucionado las sociedades humanas durante los últimos 12 000 años, no solo tiene que ver con nuestra imposibilidad real de contener el desorden generado por nuestra actividad en un sistema cerrado, a menos que establezcamos límites a esa misma actividad, o lo que es lo mismo, a los flujos de energía que somos capaces de transformar (para ello, por ejemplo, habría que planificar de un modo minucioso la natalidad, en dependencia de la mortalidad). Además, nos es cada vez más evidente que las condiciones increíblemente propicias para la estructuración de sociedades complejas, durante el Holoceno, han sido el resultado de la afortunada confluencia de una cantidad de circunstancias naturales favorables, casi imposibles de que se mantengan en el tiempo, o de que alguna vez vuelvan a repetirse por sí mismas.

La realidad es que el Universo en que vivimos es, sino uno muy hostil para la vida, al menos completamente indiferente a la misma. En que es de esperar, antes o después, el seguro regreso de la anormalidad habitual, sea por el fin natural, o artificial de Holoceno. Ante lo cual solo tendremos alguna posibilidad de sobrevivir, como civilización, pero también como individuos de la misma, ya que a nadie más le importa si lo logramos o no, si somos capaces de transformar cada vez mayores espacios de ese Universo, de modo que en ese espacio podamos enfrentar cataclismos cada vez más energéticos. Se trata de hacer copias de seguridad a nuestra civilización en otros planetas, como propone Elon Musk, aunque también de enviar parte de nuestra creciente actividad más allá de la atmósfera de nuestro planeta.

Mas hay un motivo más importante que los dos expuestos hasta aquí para empujar nuestros límites más allá de este pequeño planeta. De hecho miles de veces más importante.

De por sí, nunca las sociedades humanas pueden comprimirse a un espacio determinado, sin que a la vez peligre nuestro bien más preciado: La Libertad. No solo valorada por sí misma, lo que ya de por sí es suficiente motivo, sino por la capacidad que nos da para usar de nuestros dones creativos en el enfrentamiento a ese Universo indiferente en que vivimos.

Ya que solo en el hombre libre dichos dones se manifiestan de manera útil para transformar el medio, y no para construirnos castillos interiores en los que encerrarnos ante el empuje de la esclavitud. Habilidad equívoca esa, por cierto, la de ocultarnos en nuestra fantasía ante el avance de la opresión. Que dura muy poco, ya que es solo un mal sucedáneo de la verdadera Libertad, y al no poder ejercerla, este substituto suyo dura muy poco antes de desaparecer en una aplomada abulia bovina.

2-La primera condición para el surgimiento de la Modernidad, y sobre todo para el impulso al proceso de individualización que constituye su espina dorsal, fue sin duda la mayor libertad de movimiento del europeo occidental. No puede haber Libertad en el apiñamiento de la aglomeración, cuando los hombres se oprimen los unos a los otros, y volverse, o meterse la mano en un bolsillo, es ya imposible. La libertad necesita espacio para que el libre pueda moverse, retorcerse, saltar, dejar correr su mirada hasta el horizonte, gritar, experimentar. Pero también y sobre todo para ensimismarse, para abismarse en su interior y desatar las profundas fuentes del caos creativo humano. El cual le permitirá encontrar soluciones a los constantes e infinitos desafíos que, ese Universo indiferente en que residimos, solo dejará de ponerle enfrente el día en que este muera como individuo definitivamente.

Apretado en los hormigueros humanos tan típicos de las sociedades asiáticas, desde sus mismos inicios, el hombre ni tan siquiera puede plantearse ser libre. El hombre se ve obligado a ordenar la convivencia en la aglomeración, y como el número de leyes que rigen su conducta será directamente proporcional al grado de apiñamiento, ningún acto suyo quedará libre de estar sometido a un conjunto prescripciones que lo precisarán hasta los últimos detalles, hasta el automatismo funesto para la naturaleza humana, la cual en última instancia reside solo en el cambio adaptativo. Esto ocurrirá siempre y cuando la sociedad en cuestión carezca de un espacio todavía abierto a su expansión, de una Última Frontera hacia la que volcar el exceso de personal, y sobre todo en la cual ciertos individuos puedan dar el buen ejemplo de usar libremente del caos creativo-ordenador que, en mayor o menor medida, lleva siempre en su interior el humano.

La asombrosa libertad del heleno clásico precisamente se explica en que ante las sociedades griegas se abría todo un universo abierto a su colonización: El mundo Mediterráneo y el Próximo Oriente. Una vez que los mismos se cerraron para la cultura griega, con el ascenso romano, o por el este de los Partos primero, y luego de los Sasánidas, la verdadera libertad desapareció de la Grecia Clásica, y su civilización solo alcanzó a seguir viva por casi dos milenios gracias al gigantesco impulso recibido durante los años en que los helenos pudieron reclamar para sí, con plena veracidad, el título de hombres libres.

La realidad es que más que en el espíritu reformista de considerar al trabajo compulsivo y el ahorro como medios de destacarse a los ojos de Dios, propuesto por Max Weber, y que se sustentaría a su vez en la idea de John Locke del hombre como buen jardinero, lo que llamamos Modernidad, o Capitalismo, encuentra su disparador en los gigantescos espacios que a Occidente le deja enfrente la hazaña de Cristóbal Colón.

En Occidente, desde su surgimiento par de milenios antes de la mano de los helenos, en el dilatado Mundo Mediterráneo, ya se daban una serie de tendencias sociales, e ideales, hacia la Libertad, que solo necesitaban encontrar nuevos espacios infinitos, o casi, para poder reconvertirse en los valores centrales de esa civilización. Fue el descubrimiento de América, en un espacio europeo que gradualmente abandonaba la opacidad medieval, quien lo permitió. Por ello es que el paraíso del Capitalismo, del Mercado y de la libertad individual, esa Utopía de tantas generaciones de europeos, estuvo enclavado en ese enorme espacio abierto a ellos, independientemente de su condición de nacimiento: Los Estados Unidos de América, La Tierra de la Promisión sobre la Colina. Al llegar a la cual los hombres abandonaban las tradiciones, las costumbres, los milenarios prejuicios y los sustituían en gran medida por esas ideas nuevas, que iban naciendo en Europa del encuentro entre el Renacimiento de los antiguos valores libertarios y los agudos contrastes que los nuevos espacios ponían ante los pensadores europeos. Pero ideas nuevas que allá, en el Viejo Mundo, para realizarse plenamente tenían que enfrentar a todas las ancestrales convenciones y a las conveniencias comunes de aristócratas, brujos o sacerdotes.

Y los Estados Unidos fueron el paraíso, la Utopía de la libertad individual, del Capitalismo, del Mercado, hasta el otro día aun, en un momento indefinido poco antes del estallido en Europa de la Gran Guerra (1914-1945). Hasta cuando la cada vez mayor aglomeración en el cada vez más limitado espacio americano ha ido marcando la multiplicación de las regulaciones de convivencia. Porque más allá de las regulaciones que los tradicionalistas hoy día perciben, y temen podrían imponer individuos como Bernie Sanders, hay en los Estados Unidos hoy infinitas regulaciones de urbanidad que dicta la aglomeración: desde la pérdida del derecho a hacer todo el ruido que desee en mi casa, a toda hora, hasta la forma y los procedimientos que voy a usar para levantarla.

Es ello, inevitablemente, la consecuencia de nuestro vivir en un planeta aglomerado donde las regiones con escasa influencia antropocéntrica son mínimas.

Esto es necesario entenderlo por el pensamiento conservador y tradicionalista: Lo que impulsa la propuesta de unos nuevos Estados Unidos no es la invasión de valores extranjeros, sino la realidad concreta de la vida actual. Es evidente que esa convivencia se ha hecho tan cercana que los viejos modos de cuando había espacio de sobra ya no sirven, y deben dictarse otros.

3- A los que identificamos la única verdadera existencia humana con el ejercicio de las libertades individuales, gente que no cabemos ser calificados de conservadores, porque el ejercicio y la defensa de tales libertades será siempre el mayor acto de progresismo humano, solo nos cabe una acción: Aceptar, dadas las circunstancias, la necesidad de los nuevos modelos socialistas.

Sin duda en un planeta en que se han alcanzado los límites se impone no solo la cada vez mayor regulación de la convivencia, sino la planificación central de los recursos. El Mercado, sin duda, es una mejor forma de asignar recursos, pero solo si el medio en que se desenvuelve la economía en cuestión es por sus dimensiones, o por sus características, capaz de absorber sin variaciones significativas los grados de desorden que la actividad humana genera inevitablemente en el mismo. Cuando ello no es así, cuando esa actividad amenaza la estabilidad misma del medio, sobre todo porque ese medio es imprescindible para la vida humana, y en consecuencia el simplemente mantenerla genera costos crecientes, se impone planificar la actividad económica.

Pero de lo dicho se desprende que a los liberales progresistas, en contraste con los socialistas democráticos, nos cabe aceptar esa necesaria planificación que imponen las circunstancias con otros fines que a aquellos. Debemos proponernos usar la planificación centralizada no para encerrarnos en este planeta y preparar nuestra convivencia eterna en él, lo cual es un absoluto disparate. Sino para concentrar los recursos que nos serían necesarios para volver a repetir la hazaña de Colón, para reabrirnos frente a nosotros los espacios ilimitados que nos habrán de permitir volver a vivir en libertad. Solo que esta vez aquellos espacios tridimensionales que rodean a nuestro superpoblado apartamento cósmico: La Tierra.

Sin duda el Green New Deal, despojado de mucha de la retórica de izquierdas, en específico su propuesta de pasar nuestra economía de la dependencia energética en el petróleo a las energías limpias (una correcta interpretación del Segundo Principio de la Termodinámica nos deja bien claro que toda transformación de energía siempre alterará el equilibrio de nuestro medio, y que por tanto solo hay energías un poco más limpias), es un trato al que inapelablemente deberemos llegar, mientras más rápido mejor. Pero una más completa solución al problema medioambiental es la de Jeff Bezos: Como un primer paso de la conquista espacial mandar nuestras industrias más allá de nuestra atmósfera, lo más lejos posible.

Pero repetimos, es ello solo un primer paso, porque como ya hemos aclarado desde un inicio no es solucionar el problema ambiental creado por el mismo hombre nuestro principal interés, y ni tan siquiera lo es el crear copias de seguridad de la Humanidad, a lo Elon Musk, ante la casi segura aparición de un evento cataclísmico que la ponga en peligro aquí, en La Tierra. Sino que primero que nada lo que nos debe de interesar a los progresistas es recuperar la libertad humana, que es imposible de conservar en las condiciones de una humanidad encerrada en un planeta en el que ya no se pueda crecer en todos los sentidos y modos habidos, y por haber.


[i] No entro aquí en sutilezas de la mecánica estadística o de la cuántica, prefiero definir el principio según uno de los corolarios de Clausius, un enunciado alternativo que funciona de maravilla para el caso: «Ningún proceso cíclico es tal que el sistema en el que ocurre y su entorno puedan volver a la vez al mismo estado del que partieron».

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