-Por el filósofo Manuel Fernández Espinosa

EN LOS LEVANTES DE LA AURORA DEL CRISTIANISMO.

Que en los levantes de la aurora del Cristianismo coexistieran otras religiones, incluso más antiguas como el mitraísmo iranio y que elementos de esas religiones fuesen asimilados por los primeros cristianos (en sus rituales o como claves hermenéuticas para comprender el Misterio de lo que había sucedido ante sus mismos ojos) no mengua para nada la originalidad ni la singularidad del cristianismo. En el mismo Nuevo Testamento se muestra que los apóstoles fueron comprendiendo progresivamente el Misterio Crístico y para establecer dogmáticamente las naturalezas humana y divina de Cristo (contra docetas y adopcionistas) habría que esperar siglos a concilios, como el Concilio de Calcedonia.

Sin embargo, la actitud de la mayoría de cristianos (lo mismo en el campo católico que en el protestante) es suponer que todo estaba ahí desde el principio, tal y como lo conocemos, con leves variantes y adaptaciones de época (cuestiones prácticamente de atrezzo). La actitud de los ateos (cultos, claro) saca provecho de esa estulticia de los creyentes ingenuos, pues nunca faltarán elementos con los que puedan cuestionar la originalidad del cristianismo al compararlos con otros cultos como los de Mitra, el Sol Invictus, incluso Apolo Moscóforo.

La revelación del Dogma es progresiva: los misterios están ahí desde el principio de la Creación incoados y latentes y, en el curso de la Historia de la Iglesia, se van desvelando por impulsos y a empujones de la Providencia. En ese sentido, la Iglesia Católica, tachada siempre de conservadora e inmovilista, muestra ser la genuina portadora en puridad del cristianismo auténtico y, paradójicamente, la vanguardia: el Dogma de la Inmaculada Concepción de María no se proclama hasta 1854 (*). Las demás iglesias cristianas (protestantes y ortodoxos) se quedaron rezagados en ello.

A su vez, se abre paso una cada vez más preocupante judaización del catolicismo, de la mano de algunos modernos judaizantes, lo cual es proceso paralelo al experimentado en algunas iglesias protestantes. Contra esa tendencia peligrosa se hace necesario reclamar también la revelación de Cristo en otras religiones fuera del judaísmo: ¿qué hacían los Reyes Magos siguiendo la estrella hasta Belén? Haber interpretado sus antiquísimas escrituras persas y seguir la guía de la estrella, pues eran estrelleros versados en la astrología. El mismo judaísmo es también otro sincretismo, por antiguo que resulte y concienzuadamente que se haya conservado: Abrahán rinde pleitesía al Sacerdote Melkisedec que adora a El Elyon.

En ese sentido, los estudios históricos del cristianismo no pueden prescindir del estudio de otras religiones que no son del ámbito semítico. Y eso hizo el filólogo y teólogo protestante Richard August Reitzenstein, miembro de la Religionsgeschichtliche Schule (Escuela de la Historia de las Religiones), investigando en el acervo de las religiones persas y mediterráneas para averiguar coincidencias y, muy probablemente, préstamos de sincretismo asimilados por el temprano cristianismo.

Muestra de sus estudios es, entre otros, su libro «Die hellenistischen Mysterienreligionen, ihre Grundgedanken und Wirkungen» (Las religiones mistéricas helenísticas: sus ideas básicas y efectos).

Lo que es un atraso es suponer que todo estaba ahí, a la mano, desde el principio tal y como lo hemos conocido nosotros. Y que mismamente la Liturgia fue una exclusividad que venía con el libro de instrucciones. Y que -según opinan algunos payasos- todo se lo debemos exclusivamente a los «hermanos mayores» de la ley mosaica.

* El Dogma de la Inmaculada Concepción de María se proclamó en el siglo XIX: ¿y por no estar proclamado hasta esa fecha era menos Inmaculada Concepción la Virgen? Por él pelearon los franciscanos -con Duns Scoto al frente- contra los inmovilistas dominicos que, inclusive Santo Tomás de Aquino, cuestionaban la Inmaculada Concepción de María. España también libró la batalla por el Dogma.

– En la foto, Richard August Reitzenstein (Breslau, 2 de abril de 1861 – Gotinga, 23 de marzo de 1931).

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