Foto: Palacio de los Matrimonios de La Habana.

París, 25 de mayo de 2020.

Querida Ofelia:

Durante nuestro último viaje a Miami, fuimos a visitar a mi prima Catalina, a la que todos conocen como Tina.

Ella es la prima ideal, la acogedora, calurosa, con una eterna sonrisa en los labios, arreglada como si fuese a salir a pasear, peinada siempre de peluquería. Ella es la única mujer, que en toda mi vida he visto siempre peinada tan primorosamente. ¡Tina emana amor!

Nos recibió como siempre, no sabía qué ofrecernos para que nos sintiéramos bien. Creo que si ella hubiera sido rica, la fortuna le hubiera durado muy poco, pues es la generosidad personificada.

Ahora vive en South Beach, a apenas unos 100 metros de la playa. Desde su balcón se puede admirar a  el océano y a lo lejos el Downtown. ¡Qué suerte tiene!

Cuando de niño iba con mis padres a Santa Clara, a mí me encantaba visitarla, a pesar de que siempre había que averiguar dónde vivía. Ella siempre ha sido muy inestable en cuestión de alojamientos. Por lo menos se mudaba una vez al año. En San Cristóbal de La Habana vivió en varios barrios diferentes. Con la “gloriosa” revolución, se convirtió en una especialista en permutas.

Su última dirección fue en la calle F, en el Vedado. En Miami no ha cambiado de costumbre, si no, no sería Tina.

En Santa Clara me regalaba un peso cuando la visitaba y después iba de su casa directamente al F. W. Woolworth, al que todos llamaban El Tencén, el cual estaba a dos manzanas del Teatro de la Caridad. Allí me compraba paquetes de soldaditos y de maquinitas plásticas.

En el año 1990, cuando mi amiga Mayra me llevó a merendar al F. W. Woolworth de Miracle Mile, me acordé de Tina y de los soldaditos plásticos. Ahora en su coqueto apartamento miamense, que parece una bombonera, nos mostró las fotos de su novio “part-time”, como ella lo califica. ¡Qué personaje!

Nos quería regalar hasta un litro de agua de violetas para mi hijo, paquetes de galletitas y de caramelos, latas de zumos de frutas, platos plásticos de pared con dibujos de damas francesas del siglo XVIII, etc. Si tú le dices que el sofá te gusta, ella es capaz de regalártelo.

Mercedita, su única hija, a la que todos llamamos Mimi, había sido peluquera como su madre, en Mirta de Perales (a la que los compañeros no le dejaron ni una pera siquiera). Ella logró irse durante el éxodo por el puerto de Mariel y gracias a sus esfuerzos, consiguió ahorrar el dinero para los billetes de avión, las visas, etc. y de esa forma, llevar hacia tierras de Libertad a sus padres.

Su padre Rodolfo, al que todos cariñosamente llamaban Rudy (que en paz descanse) se eleganteó para tomar el avión rumbo a Miami. Él era un hombre muy distinguido, que siempre había sido camarero de Tropicana, donde gracias a él tantas veces tuve mesa.

Un día antes de la partida de Cuba, Tina llamó a Mimi por teléfono a Miami, para decirle que había un problema. Mimi pensó que les habían negado la salida a última hora, pero no, el problema era que Rudi no tenía un cinto presentable para ponerse con el traje.

La respuesta de Mimi fue: ¡Ponle una soga en la cintura! Lo cual escandalizó a la presumida Tina.

Cuando Mimi era adolescente, su madre siempre estuvo muy inquieta por la reputación de la familia y de su única hija. Por ello le insistía para que se casase y fundara una familia. Era tanta su insistencia, que un día la chica anunció que tenía novio (un carpintero de La Lisa), a decir verdad, tan buena gente que era un poco entretenido.

Se reunió toda la familia para el gran acontecimiento social en el Palacio de los Matrimonios del Paseo del Prado, la madre de la novia estaba tan contenta que parecía que era ella la que se casaba.

Mimi había realizado el milagro tan ansiado por sus padres. La boda con Lazarito fue por todo lo alto, había tres tanques llenos de hielo y cerveza, (aquellos tanques en los que había que meter el brazo y se te congelaba), cajitas en abundancia. Todo el mundo cogió cajitas y pudo llevar para sus casas un pedazo del enorme “cake” de varios pisos.

¿Y la novia? Estaba blanca y radiante, con traje de cola como los de antes, ramo de flores espléndido del ex Goyanes. Mimi parecía una muñeca de biscuit, mientras que al pobre novio carpintero, la camisa le quedaba estrecha de cuello y la corbata corta. Pero no importaba, nacía una nueva familia.

Vi en un momento, un solapado conciliábulo entre Mimi y una amiga llamada Lucía al socaire de los soportales, pero en aquel momento no le di importancia.

Mi primo Julito, en plena fiesta me preguntó: ¿Cuándo es el divorcio?

Tina consiguió arroz, en bolsa negra, para tirarle a los felices novios. Partieron en un coche Chevrolet Impala negro modelo 1959, descapotable, decorado con rosas blancas símbolo de la pureza, mientras que dos fotógrafos seguían ametrallando con sus flashes a los felices novios, que se marchaban para el Hotel Habana Libre (ex Havana Hilton) por una semana y de allí continuarían para el Hotel Internacional de Varadero (en aquella época aún los cubanos no tenían prohibidos esos lugares).

El gentío que llenaba la calle, se dispersó no bien desapareció el engalanado coche con su ristra de latas.

Nosotros nos quedamos en la fiesta hasta tarde. Pero… ¿Cuál no sería la sorpresa de Tina, cuando a las 5 de la mañana sintió la llave en la cerradura de la puerta? Pensó que la iban a robar. Despertó con un codazo a Rudy, el que sobresaltado agarró el machete que conservaba debajo del colchón, por si acaso. Pero se equivocaron, era nada más y nada menos que: ¡Mimi!

Mimi había dado por concluida la Luna de Hiel y el matrimonio. A Tina le subió la presión: ¡Dios mío, Dios mío, qué vergüenza! ¡Qué va a decir la gente!, exclamaba llevándose ambas manos a la cabeza mientras corría desesperada por todo el apartamento, según nos contaría después Rudy.

Sin embargo, los años pasaron y no les quedó más remedio que aceptar la dura realidad de que nunca tendrían nietos.

Mimi, a manera de indemnización, les regaló un gran portarretrato, de aquellos de marco de espejo trabajado con flores y racimos de uvas, en el cual había una bella ampliación de ella con traje de novia. Estaba de pie en una escalera al lado de una balaustrada de columnas de capiteles dóricos, todo era estilo ruinas griegas, obra del Studio Van Dick, aquél de San Miguel y San Nicolás, de Centro Habana. Durante años el portarretrato tronó en la mesa de centro redonda de la sala. ¿Conoces alguna Luna de Miel que haya durado menos que ésta?

Mimi y Lucía se instalaron en un apartamento en el Vedado, en la calle 19.  La vivienda tenía, como se decía en aquella época, tremenda onda. Ellas llevaban una vida cultural intensa en la capital de la Perla de las Antillas. Cada vez que yo iba al Karl Marx (Blanquita), Mella (Rodi), García Lorca (Nacional), Amadeo Roldán (Auditorium), a ver uno de aquellos espectáculos que la compañera censura revolucionaria estimaba políticamente correctos, me las encontraba. Numerosas veces las encontré en Le Parisien, The Copa Room, El Caribe, El Rojo del Capri, etc. Mimi almorzaba -era prácticamente su comedor laboral- en el que antaño había sido “La Maison Française Le Potin” (se pronuncia Potán), al que todos llamaban El Potín (con sabroso acento cubano en la i).

Allí me la encontraba a menudo, siempre cariñosa y bella, escoltada por Lucía, guarda espaldas y de todo lo demás. Yo iba a menudo a Le Potin, pues en ese restaurante trabajaba Renato mi tío y gracias a él, entraba por la puerta de atrás, no hacía la cola y me comía unos sandwiches de dimensiones colosales.

Mimi llegó de milagro a Key West desde El Mosquito cubano, en una lancha sobrecargada de delincuentes.

Pocos días después llegó Lucía, pero con Teresita. Hoy día ésta última, se encuentra en una prisión del Norte de la Florida, donde está cumpliendo años de cárcel, por estafa al sistema de seguridad social de los ancianos desvalidos. Tenía un “negocio” de búsqueda de clientes para una clínica privada, estafando a las cajas de la seguridad social floridanas. ¡Qué lástima!

Volví a ver a Mimi años después, trabajaba en un bar en Key West. Formaba parte de ese gran % de los ciudadanos estadounidenses sobrepasados en kilogramos. Su belleza de muñeca de porcelana se había marchitado. Me impresionaron las 10 sortijas que lucía (las conté), una gran cantidad de pulsos y cadenas, cubrían cuello, brazos y tobillos. Hileras de argollas de oro descendían como cascadas a todo lo largo de ambas orejas, etc. ¡Parecía un árbol de Navidad ambulante! Pero… simpática, jaranera, cubanísima. Quizá añore su época de oro de los años 60 y 70, de teatros, restaurantes y cabarets de San Cristóbal de La Habana.

¿Dónde estará Lazarito el carpintero de La Lisa? ¿Será compañero o “gusano”?

Antes de despedirnos, Tina nos hizo subir al último piso de su inmueble. Todas las paredes son de puertas de correderas de cristal, que dan a una gran terraza. Disfrutamos de una vista muy hermosa.

Un gran abrazo para toda la familia desde la Vieja Europa, te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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