Foto: El autor en la última Fiesta de Quince, antes del S.M.O. La Habana, 1966.

París, 26 de mayo de 2020.

Querida Ofelia:

Corría el año 1966, yo estaba en el segundo año de Pre-Universitario y fui llamado al Servicio Militar Obligatorio. Según mi tía Celedonia, me iba a hacer un hombre. ¿Qué sería yo antes?

Me citaron a las nueve de la mañana en la calle 23 del Vedado, a una cuadra de la heladería Coppelia, la de los 250 sabores de helados. Éramos un grupo de unos 150 adolescentes que teníamos entre 16 y 17 años.

Al llegar allí y ver los camiones, me volvió el alma al cuerpo, pues se decía que si había guaguas, era porque nos mandarían lejos y si había camiones, sería cerca.

Los camiones bajaron por La Rampa, tomaron el Malecón, pasaron por el túnel construido por los galos, continuaron por la Vía Monumental, después cogieron a la derecha del Hospital Naval por la carretera de Triscornia. Nos bajaron en lo que había sido un asilo de ancianos y que en ese momento era la Unidad Militar 2868, Instituto Pedagógico Militar «Pepito Tey». Allí estaría un año y medio.

¿Por qué caí allí? Pues porque en el Comité Militar de Centro Habana me habían citado en unión de un amigo que se llamaba José Fernández, al que todos llamaban Pepito el Rubio. Nos habían dado unos formularios con grandes listas de futuras ocupaciones militares: artillería, tropas coheteriles, paracaidismo, guarda fronteras, etc. y al final de lista aparecía… maestro. Como era lo menos heroicamente combativo, fue allí donde pusimos la X.

Pepito y yo íbamos cada mañana de domingo a los ejercicios militares de pre-reclutas, en el Reparto Bahía, su padre nos llevaba en su coche. Pero su padre quiso salvarlo del comunismo y los compañeros los atraparon en la lancha, al tratar de huir del “Primer Territorio Libre de América”, gracias a una denuncia. Ambos terminaron cumpliendo largos años de cárcel. ¡La juventud de Pepito el Rubio se vino abajo!

En la U.M. 2868 recibíamos clases de lunes a viernes. Yo me matriculé en Historia y Geografía. El primer pase lo tuvimos al cabo de 45 días, fueron las seis semanas más largas de mi vida, solo comparadas con las que acabo de pasar confinado en mi hogar parisino a causa de la pandemia de coronavirus. Teníamos que hacer la guardia dos veces por semana, la peor de todas era la de 2 a 4 de la madrugada, pues el de pie era a las 5 a.m. y como el toque de silencio era a las 10 p.m., en teoría, dormíamos siete horas en las noches que no teníamos guardia. Una noche, al regresar de la guardia, al revisar los fusiles, se le escapó un tiro a Jesús, un recluta que estaba a mi lado, la bala arañó mi casco. Ese día mi Ángel de la Guarda estaba muy cerca de mí. Al pobre chico el compañero Valois lo metió preso. Después lo mandó para la tristemente célebre Cuarta División, campo militar de castigo para reclutas.

Valois era un compañero, un sargento mestizo de ojos verdes que presumía de lindo. Se había convertido en el amigo de la hermana de un recluta que venía a las visitas dominicales.  Se decía que gracias a la amistad del sargento con su hermana, obtenía pases especiales varias veces al mes para ir a ver al médico. No sé si sería cierto, pues sus pases provocaban envidia entre los reclutas.

Había un recluta al que llamábamos el Enano, éste tenía un gran sentido del humor y para burlarse de los compañeros Valois, Blanco, García, etc., cabos y sargentos, cuando estábamos en formación bajo el sol caribeño (que tanto aprecian los europeos en Cayo Largo o Varadero), pedía permiso para descansar o salir de la formación. Cuando uno de los compañeros jefes le preguntaba por qué, él solía responder: “Porque tengo un logaritmo en el pie, tengo la raíz cúbica jorobada, me duele la hipotenusa, etc.” Sistemáticamente los compañeros lo autorizaban a descansar.

Un muchacho llamado Arturo servía de enfermero, pero el compañero cabo Blanco se le encarnó, le hacía la vida imposible. Si había que limpiar de noche las letrinas, era él, si había que fregar todas las bandejas de aluminio, era él, y por cualquier motivo le quitaba el pase. El acoso era permanente.

Un día Blanco acusó a Arturo de homosexual y logró que lo enviaran a La Paloma, campo de reeducación para reclutas. Con Arturo fueron otros cinco muchachos, entre ellos Carlito. Para el compañero Blanco, ellos no eran políticamente correctos. En La Paloma, según me contaría después un recluta en Santa Clara, también un cabo se le encarnó a Arturo (no tenía suerte con los cabos), a tal punto que un día Arturo le tiró con su fusil AK y lo mató, acto seguido se apuntó al pecho y una ráfaga lo hizo pedazos. 

Los compañeros le hicieron un juicio al cadáver de Arturo y lo condenaron a muerte, por haber asesinado a un compañero. Era hijo único, recuerdo haber visto a sus viejos padres cuando venían a las visitas dominicales en la U. M. 2868.

Las tres primeras semanas de octubre del 1966 una chica espléndida de la cual yo estaba enamorado, fue a verme acompañada de su madre, la cuarta no, pues se fue para los EE.UU. por el Puente Aéreo. Después me mandaría tantas cartas desde Filadelfia. Cartas que yo leía, releía y escondía.

El día anterior a mi incorporación a las “gloriosas” Fuerzas Armadas Revolucionarias, (17 de octubre de 1966), habíamos  ido a ver un filme francés al Cine Rex: “Los Paraguas de Cherbourg”. Para colmo de males, esa película contaba la historia de un chico que en esa ciudad gala era llamado al S.M.O. en plena guerra de Argelia y era enviado allá. Al regresar años después, la encontraba casada y con hijos. Claro nosotros no sabíamos de qué trataba la película.

¿En dónde estará ahora? Cada vez que escucho el tema de ese célebre filme, del gran Michel Legrand https://www.youtube.com/watch?v=Rq0yhizu0y8 o la canción “Il Mondo” interpretada por Jimmy Fontana que tantas veces bailamos, https://www.youtube.com/watch?v=Eep4sxR5bBk ella me viene a la mente inmediatamente.

En aquel campamento militar nació una amistad entre Reinaldo (un chico que se parecía a Gianni Morandi) y yo. Él estaba en mi mismo caso, su novia se acababa de ir rumbo a Miami. Nosotros en secreto nos mostrábamos las cartas y las fotos que nos llegaban de los EE.UU. Las llevábamos desde nuestras casas y las escondíamos bien para que nos fueran a descubrir que teníamos “contactos con el extranjero”.

Le presenté el grupo de mis amigos a Reinaldo y surgió una bonita Love Story entre él y una amiga a la que llamábamos Luly. Ella vivía en la calle Neptuno, en los altos de la tienda Roseland. ¡Qué romántico! Vivir sobre las tierras de rosas en una calle con nombre de dios mitológico del mar. Eso sólo se da en la Perla de las Antillas. Yo había conocido a Luly cuando bailé en su fiesta de 15 años, allá en el ático del Hotel Sevilla Biltmore, en un salón que se llamaba The Roof Garden.

Su padre tomaba películas silentes en blanco y negro, pero que para aquella época en la Perla de las Antillas eran algo de avanzada tecnología. Este señor, así como su esposa, eran personas muy agradables.

La Nochevieja del 1966 la pasamos en el piso de Luly, en aquel balcón de la hilera del centro con techo de fibrocemento acanalado.

Para poder ir me escapé del cuartel en el portamaletas de un coche de un vecino de mi casa. Le pagué $ 40 pesos a un recluta al que llamábamos el Guajiro, para que hiciera por mí la guardia de las 12 p.m. a las 2 a.m. Pero al regresar a 4 y 30 de la madrugada, para evitar pasar frente a la casa que ocupaba el capitán, tuve que ir por la lancha de Casablanca. Salté las cercas y por poco me pega un tiro el recluta, que no se acordaba que yo iba a entrar por allí. Tuve la suerte de que el cabo Blanco acababa de hacer la ronda. Me quité la ropa a gran velocidad, me metí en la cama y unos minutos después el Blanco dio el de pie.

Aquella fiesta de Fin de Año, sobre las tierras de rosas, fue una de las mejores de mi juventud. ¡Cuántos amigos!

Pero como a casi todas las chicas de aquella época, a Luly le llegó la salida y partió hacia “el norte revuelto y brutal”, dejando a Reinaldo “viudo” por segunda vez en pocos meses. A partir de ese momento él recibía cartas de dos ex amores desde los EE.UU.

¡Cuántas veces pasé por aquella acera de la calle Neptuno mirando hacia el balcón que tan gratos recuerdos me traía!

¿Alguien conocerá la dirección o el teléfono de Luly y Reinaldo? Creo que poder compartir con amigos de infancia, adolescencia y juventud es algo extraordinario. Se recupera un poco del pasado, de lo vivido, se comparte un patrimonio espiritual común. ¿No crees? Luly y Reinaldo se casaron y tuvieron hijos, cada uno de un lado diferente del Estrecho de la Florida. Pasaron los años, Luly enviudó y un día regresó a San Cristóbal de La Habana. Allí encontró a Reinaldo y… como en donde hubo fuego cenizas quedan, el amor renació como Ave Fénix. Hoy viven en Miami.

Yo traté de verlos hace dos años cuando fui a La Florida, pero me fue imposible ¿Lo lograré la próxima vez? A lo mejor.

Ávila era el mejor, el número uno, el más inteligente, estudiaba para ser profesor de Física y Matemáticas, nos hicimos amigos, pero no lo vi más a partir del 1968 cuando nos repartieron por distintos cuarteles del largo lagarto verde.

La U.M. 2868 estaba compuesta por seis inmuebles, tres a cada lado de un parque central que antaño había servido para que los ancianitos pasearan y tomaran fresco. Al centro se alzaba el asta de unos l0 metros, que Ávila había bautizado como el hijueputómetro. Según él, medía la intensidad de las humillaciones y canalladas, que los compañeros cabos y sargentos nos hacían. Frente a este gran instrumento de medidas se situaba el cuerpo de guardia. Una madrugada, ocurrió allí algo que quedó en los anales de anécdotas de la Pepito Tey.

Carlito era el jefe de la guardia y como el Enano estaba enfermo o se estaba haciendo el enfermo, mandó a despertar al negro Jacinto que estaba de retén. Jacinto era un joven de cuerpo atlético de unos 7 pies de altura, con gran sentido del humor, buena gente, que como no tenía dientes, sólo dos enormes colmillos blanquísimos, dignos del transilvánico Drácula, hablaba con eses y zetas involuntariamente. Llegó Jacinto descalzo, sin camisa y dando puñetazos sobre la mesa de un Carlito espantado. Decía frases vulgares con relación a sus órganos genitales, para justificar su negativa a hacer la guardia: “¡ yo no hago la guardia por mis cojones ! ¡A mí ni pin…! ” Y diciendo ésto, se desabotonó la portañuela, extrajo el enorme órgano sexual y golpeó sobre la mesa varias veces con él, como si fuera El Zorro con su látigo negro.

Carlito horrorizado, más que admirado, decidió dejarlo en paz y llamó al Guajiro, el cual aceptó sin chistar.

Carlito se limitó a ponerle un reporte por falta de respeto, al pobre negro Jacinto.

Cada noche de viernes, antes de salir de pase, se solía hacer La Corte, en la cual uno de los compañeros jefes ponía el número de deméritos según el reporte. Para desgracia de Jacinto, ese día fue el capitán Cartaya, jefe de la U.M., quien presidió La Corte. Cuando le tocó a Jacinto, Cartaya leyó que tenía un reporte por falta de respeto.

Jacinto se declaró inmediatamente responsable, para calmar la cosa, aunque sabía que ello le costaría el pase ese fin de semana. Pero no se imaginaba que el capitán, que era la única persona que tenía cierto nivel cultural entre la oficialidad, y que le gustaba interpretar el papel de hombre comprensivo y benevolente, le preguntaría: “¿En qué consistió la falta de respeto?” El negro Jacinto se puso gris y comenzó a gaguear diciendo: -“yo saqué la, la, la, la…”

_“¿Usted sacó la qué?”

-“La, la, la…” y diciendo esto (estaba en posición de atención), se miró a la portañuela y la tocó con la punta de los dedos.

El compañero capitán Cartaya, fuera de sí, se levantó de su trono, le puso un reporte por haberse movido en atención y así, durante largos minutos, continuó interrogándolo hasta que le dijo: -“¡Ah, Vd. sacó el miembro! ¿Y qué hizo con él?”

Seguía sudando el gris Jacinto. Cada vez le caían más reportes por moverse. Ya no sabía ni lo que decía ni lo que hacía, y con la mano derecha hizo el gesto de golpear sobre la mesa.

Al inicio nosotros estábamos aguantando la risa, pues conocíamos bien la historia, pero nos solidarizábamos con Jacinto el Gris (apodo que llevaría a partir de aquel día), al verlo tan injustamente acosado por el compañero Cartaya. Pero… ¿Se puede esperar otra cosa de un compañero? Éste, al final lo condenó a un mes sin pase y a una semana de guardias nocturnas consecutivas.

Según Ávila, aquel día, el hijueputómetro marcó la más grande hijueputada.

Los rumores, que todo agrandan, y el machismo cubano que todo agiganta, fueron poco a poco transformando la anécdota, de la cual yo había sido testigo.

Y para orgullo y felicidad de Jacinto el Gris, se hablaba de que él había dado un toque de santo utilizando su pene, de que tocaba más fuerte que Los Papines en tres tambores simultáneamente, de que Carlito se había desmayado al verlo, etc. Si los editores del Guinness lo hubieran sabido, habrían enviado una comisión a la Perla para investigar el fenómeno, y el feliz Jacinto habría obtenido la fama internacional.

¿Dónde estarán hogaño: Jacinto, Carlito, Ávila, el Enano, el Guajiro y tantos otros?

¿El capitán Cartaya seguirá siendo compañero? Después de todo, creo que se trata de la idiosincrasia del pueblo cubano. En Francia cuando un hombre hace galas de extrema vulgaridad, se baja los pantalones y enseña las nalgas poniéndose en cuatro. Creo que a ningún cubano se le ocurriría eso. Cuando veo esa actitud vulgar en los estadios, para humillar al equipo contrario, me acuerdo de Jacinto y me imagino que él hubiera repetido su célebre gesto.

Una noche nos encaramaron en unos camiones y nos llevaron para la Plaza que fue Cívica, para asistir a la velada solemne por la muerte del mítico  Ernesto Guevara de la Serna. En el silencio de la enorme plaza repleta de compañeros, yo pensaba en dos chicos de Camajuaní que en e1 1963 se habían alzado en la Loma del Chicharrón, cerca de Encrucijada y que el mítico había hecho matar. El primero se llamaba Ramoncito Trejo Rojas, fue asesinado en el Chicharrón a la edad de 22 años por orden del mítico.

El segundo, Carlitos Milián Perdomo, de 19 años apenas, fue fusilado en Santa Clara, después de un juicio sumarísimo, por orden del mítico. Según un testigo, el mítico al pasar al lado de una celda, vio a Ramoncito y preguntó:

-“¿Y quién es éste?”.

-“Comandante, éste estaba alzado”, le dijo un compañero.

-“Me lo fusilan cuanto antes”, ordenó el mítico.

Carlito, chico campesino, sano, de abuelo veterano de la Guerra de Independencia, fue enviado al cielo, por el que hoy no se sabe en cuál de los círculos del Infierno Dantesco estará.

Me mandaron como maestro a la Unidad, Militar 3233, cerca del poblado del Rincón. Había sido la finca de recreo del Señor Quevedo, expoliado director de la revista Bohemia. La entrada era una carretera bordeada de cocoteros que conducía a la mansión y a la piscina en forma de riñón. A ella caía el agua desde tres grandes y cursis sirenas de mármol blanco. En lo que había sido la casa, estaban las oficinas, el cuerpo de guardia y los dormitorios de los ofíciales.

Yo estaba con los demás reclutas, casi todos campesinos iletrados, en las barracas, del otro lado de un mangar. Desde las ventanas se veían las plataformas de lanzamiento de cohetes y del otro lado las cochiqueras, donde los reclutas que eran castigados tenían que dormir con los cerdos, en espera de ser juzgados.

¿Qué delitos habían cometido? Simplemente, se habían escapado, habían llegado tarde del pase, se habían quedado dormidos durante la guardia, etc.

Yo tenía que ser el maestro y el político.  ¡Yo! , es decir, el instructor político de aquellos pobres muchachos.

A menudo había alertas de combate y había que levantarse en plena madrugada para defender a la Patria. Era insoportable. Yo ya me veía en la cochiquera o peor aún, en la Cuarta División o en La Paloma.

En la U.M. 3233 conocí a un muchacho llamado Omar, él había estado en una U.M. de reeducación. Yo le escribía las cartas de amor para su novia Zenaida. Cartas apasionadas. Me inspiraba, escribiendo lo que me hubiera gustado que me escribieran a mí. Después él las pasaba en limpio con su letra. Me contó que en la U.M. de reeducación había una especie de andamio de castigo al que llamaban El Pollero. En él trancaban de pie -era imposible sentarse o acostarse debido a los pocos centímetros de ancho que tenía- a los reclutas. Los dejaban uno o dos días a pan y agua. Como no podían ir ni al servicio sanitario, se hacían sus necesidades en los pantalones y de esa forma, los que estaban abajo recibían todo sobre ellos.

La piscina de mierda era otro de los castigos, era simplemente la fosa al aire libre a donde llegaban por tubos los excrementos de todas las letrinas. Hacían pasar a los reclutas con los brazos en alto y con el fusil, para humillarlos y reeducarlos revolucionariamente.

Tuve la suerte de que la compañera Asela de los Santos (apellido paradójico), en aquel momento esposa de turno del compañero «Gallego» Fernández, visitó la U.M. 3233 y me acerqué a ella. Le pedí que me enviara a una escuela militar como maestro, pues sería más útil a la Revolución. La compañera me lo prometió y fui devuelto a Pepito Tey por dos semanas. De allí me mandaron a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Santa Clara, más conocida como Los Camilitos de Cubanacán. Llegué el 4 de septiembre de 1968, para hacer las prácticas docentes como profesor de Geografía.

Por suerte, tenía familia en esa ciudad y en dos pueblos cercanos. Comenzarían un año y medio de aventuras que contaré algún día.

Que Dios te dé: paz, amor, salud, bienestar y Libertad, en unión de tus seres queridos.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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