Por Antonio Moreno Ruiz

EL HIJO PRÓDIGO DEL CANTÁBRICO

Dejó su chaqueta clara,
en la mesa envejecida,
cuyas piezas de madera,
se mostraban del tiempo heridas.

Sintió el poder del campanario,
marcando horas y misas;
en un momento volvió a ser niño,
el niño que fue antes de las Indias.

Y buscó pan y untó chorizo,
y echó mano de una jarrita
de vino, y escanció como pudo,
en un vaso de luz mortecina.

Aspiró el aire húmedo,
anuncio de lluvia arrecida.
Todo el Cantábrico le saludó,
bramando con voz decidida.

Cerró los ojos, y salió,
alguna lágrima furtiva.
Entre recuerdos y realidades…
¡Qué tristeza y qué alegría!

Volvió el hijo pródigo,
tras años de indiana vida.
Cansando, pero contento,
y con ilusiones decisivas.

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