por Andrés Alburquerque

Los cubanoamericanos, como gran parte de la opinión pública, nos dividimos en dos bandos cuando se habla del embargo; los que apoyan la política de Obama de distensión hacia la Junta y la casi claudicación total ante la misma y los que apoyan el recrudecimiento de algunos aspectos del embargo implementados por Donald Trump. Ambos argumentos son en el papel válidos; por un lado se recurre al argumento de siempre: el embargo al final daña solo al pueblo mientras la nomenclatura continúa disfrutando de las prerrogativas del poder absoluto; abrir nuestro comercio y darle crédito a la Junta arrebataría el argumento de que el embargo es el culpable de todo y la misma quedaría desenmascarada y por último que inversiones extranjeras acelerarían el paso a la economía de mercado; lo que no necesariamente significaría democracia como justamente apuntaba hoy mi amigo Mario Adolfo Martí.

La otra parte sostiene que apretar la tuerca daría al traste con el régimen en especial en este momento en que con el cierre de nuestra embajada en La Habana el pierde esa válvula de escape que le proporcionaba la salida de 20,000 descontentos al año; que dar crédito a los sicarios que gobiernan la isla sería ponernos a nosotros, cubanos que tuvimos que marcharnos por un motivo o el otro. A financiar al mismo verdugo que nos privó de una patria. En fin el debate se prolonga y no termina.

Yo les daré mi humilde opinión: olvidando todas las consideración morales y de principios de un lado y el otro lo cierto es que hay una variable que casi nadie menciona cuando se habla del drama cubano: el visceral odio de Fidel Castro hacia la ciudad de La Habana, que se empeñó en destruir y hacia el pueblo de Cuba en general; este acomplejado misántropo que nunca nos perdonó las diminutas dimensiones de la isla y la falta de relevancia real en los asuntos del planeta prefería mezclarse y hasta adular a los mismos capitalistas que tanto criticaba a dar oportunidades a sus compatriotas a algo que no fuese extender la mano en gesto de mendicidad; cuáles chimpancés en sus jaulas pidiendo maní.

En Cuba siempre pudo invertir cualquiera menos los cubanos, incluso los que vivimos fuera; ni invertir ni trabajar para compañías extranjeras dentro de la isla y créanme que hablo por experiencia propia y con conocimiento de causa. Mientras los sátrapas que gobiernan el país tengan un extranjero para desarrollar un sector continuarán arrinconando y desdeñando a sus torturados compatriotas y cada vez que alguna que otra medida cosmética cree la mínima posibilidad de progreso para uno del patio la pupila vigilante del sistema se encargará de detectarlo y cambiar precipitadamente las reglas del juego.

Deseo que el lector no piense ni por asomo que mis próximas palabras tratan de atribuir al actual presidente una clarividencia que evidentemente no posee o un profundo conocimiento del tema cubano que a mi juicio no le acompaña ni le interesa y para ser honestos, no necesita. Trump ha apretado la tuerca por puro reflejo ideológico, por odio a las dictaduras de izquierda, a menos que estas posean misiles, por motivos electorales, o por otras razones que desconozco, pero más allá de cuáles sean sus motivos lo cierto es que sin percatarse de ello pone a Albertico y Esperanza ante la única remota posibilidad de cómo decimos en cubano “escapar”. La gran paradoja y la burlesca ironía de todo esto es que sin quererlo Trump puede llevar al régimen a un punto en el cual no le quede más remedio que liberar al menos tímidamente las fuerzas productivas domésticas y operar algún que otro tibio cambio aquí y allá permitiendo al menos el arrendamiento de tal o más cuál medio de producción de cierta magnitud. El temor a una explosión social en tiempos de Facebook y wifi puede revelarse más fuerte que el desprecio que la dictadura siente por su propio pueblo.

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