José Gabriel Barrenechea.

Dos factores subjetivos explican el camino seguido por el proceso cubano de construcción del socialismo en los sesentas: Sin lugar a dudas uno de ellos es la evidente necesidad personal de Fidel Castro de convertirse en el Dios Supremo de un Panteón Revolucionario; pero por sobre todo lo es el universo de ideas, supuestos y creencias: la mentalidad del pueblo cubano de entonces.

Es ineludible resaltar esa verdad ante las visiones que de manera simplista dejan en un muy limitado número de manos la responsabilidad de lo ocurrido en Cuba: Si en la cultura del pueblo cubano, y no solo en su cultura política, no hubiesen existido condiciones propicias para el ascenso de un Fidel Castro, si no hubiesen existido los mecanismos mentales legitimadores, este señor nunca hubiera conseguido realizar lo que evidentemente deseaba y sobre todo necesitaba, por su muy particular psicología, desde sus tiempos de gánster universitario.

En las líneas que siguen mostraremos a esas precondiciones culturales conformar el devenir cubano de los últimos 60 años. Para ello nos concentraremos en una de las vías por la cual la cultura, las ideas y creencias del pueblo cubano contribuyeron al ascenso de Fidel Castro a la condición de Dios Supremo del Panteón Revolucionario Cubano.

Nos ocuparemos de la relaciones de la Revolución Cubana con la burocracia. Esa institución establecida en la Modernidad, aunque con claros antecedentes en el Estado Romano, para administrar de modo impersonal la vida cotidiana de las sociedades modernas.

La actitud cubana revolucionaria en los sesentas ante la burocracia es determinada por dos precondiciones: la experiencia soviética con su excesiva burocratización, fenómeno que se quiere evitar; pero más que nada la tendencia del cubano, cuando vive entre cubanos, a permanecer en un estado mental de pachanga constante. Por sobre todo su sublimación política, el estado mental revolucionario, el cual es el responsable principal a partir de cierto momento (1873) de esa crónica incapacidad de los cubanos, como grupo, para ajustarse a los cánones de una sociedad moderna.

El camino de la trascendencia revolucionaria.

Además de la reticencia ante la burocracia heredada de la crítica comunista a lo ocurrido en la URSS, en el cubano de a pie existe una marcada sospecha ante todo lo impersonal[1], y en el de algunos aires intelectuales una aversión por lo cotidiano algo más marcada de lo habitual para esta capa social. Sospecha y aversión que en los tiempos revolucionarios que corren a partir de 1959 los llevará a unos y otros a desconfiar por partida doble de una institución humana que existe en la Modernidad para administrar lo cotidiano de manera impersonal.

Para el cubano, excepto para ciertas capas urbanas americanizadas que serán en esencia las que pronto se opongan a la Revolución, las auténticas relaciones entre seres humanos siempre tienen que ser personales. No debe de admirarnos por tanto que el cubano promedio no pudiera identificar a cualquier burocracia más que como una de las principales sospechosas de oponerse al proceso populista inaugurado en 1959.

Por su parte, para el cubano con aires intelectuales (basta una leve brisa), para quien lo reglado, lo sometido a programa, lo exhaustivo… era y es aun hoy una completa anormalidad, lo cotidiano contrario a la vida, y la más primitiva y basta espontaneidad la única actitud digna de reconocimiento, los exaltados tiempos revolucionarios lo llevan un paso más allá: hasta adjudicarle a la burocracia el papel de principal enemigo interno, de quintacolumna.

Es al dejarse llevar por semejante idiosincrasia nacional que el proceso revolucionario cubano, en el intento de solucionar el problema de la burocratización, no tarda también en sentir él mismo suspicacia ante lo impersonal y lo cotidiano. Una vez más los cubanos o no llegaremos, o nos pasaremos, en este caso lo último, ya que la solución escogida para resolver el problema será re-personalizar de modo absoluto todas las relaciones humanas[2], y sobre todo crear un nuevo ser humano que viva en una constante y anti-cotidianista epopeya revolucionaria.

Siempre según aquella serie de editoriales que Granma publicara a principios de 1966, recopilados más tarde en la revista Bohemia bajo el título de La Lucha contra el Burocratismo: Tarea Decisiva, la solución a que “…mientras permanezca el Estado como institución y mientras la organización administrativa y política no sea, plenamente, de tipo comunista, existirá el peligro de que se vaya formando una capa especial de ciudadanos en el seno del aparato burocrático, administrativo y de dirección”, solo puede consistir en la promoción, “…el desarrollo de un hombre nuevo, con una conciencia y una actitud nuevas ante la vida…”

En concreto el desarrollo de un individuo constantemente concentrado en la edificación del comunismo, dispuesto a la “entrega total a la causa revolucionaria”, a “actos de valor y sacrificio excepcionales por ella”, y que perpetúe “en la vida cotidiana esa actitud heroica”: Un revolucionario a tiempo completo, un Tábano de la conocida novela romántica. En fin, una mujer o un hombre que no viva en lo rutinario, sino en lo trascendente: un asceta revolucionario.

Este énfasis más que en lo cotidiano en lo trascendente, sin embargo, no provocará el advenimiento de un hombre nuevo socialista, y mucho menos el estado de participación constante, por parte de todos, que esperaban los editorialistas, sino que por el contrario llevará a la sociedad cubana a las antípodas de toda sociedad cotidianista e impersonal: a convertirse en una basada completamente en el carisma, y por tanto unificada alrededor de un imperante carismático.

La realidad es que la autodisciplina, la insomne vigilancia de sí mismo, de sus acciones y hasta de sus pensamientos que todo ascetismo implica, genera un esfuerzo psíquico descomunal, asumible solo por unos pocos individuos. Consecuentemente la diferencia natural de aptitudes humanas para los esfuerzos psíquicos, o para el mantenimiento de la atención, tenderá a polarizar a la sociedad, a reproducir dentro de ella las previas desigualdades en la distribución de poder, desfigurando lo que en sus inicios, y al menos en teoría, era sin dudas un intento igualitarista.

Así, mientras los ascetas verdaderos sienten de manera continuada la exaltada gracia revolucionaria en su interior, alcanzada gracias a haber cumplido, por propia voluntad, con determinadas normas y principios que a su vez han aceptado solo tras someterlos a su particular criterio, las inmensas mayorías o no pueden, o están demasiado apegadas a lo mundano como para alcanzar tal estado. Imbuidas en las agobiantes necesidades cotidianas, no es en sí que carezcan de la cultura o de la inteligencia necesarias para aspirar a tener un criterio propio, sino sobre todo de tiempo liberado de las necesidades cotidianas de subsistencia para buscar en su transcurso las normas y los principios que les permitan disciplinar sus vidas, en el camino de auto perfeccionamiento constante que es todo ascetismo.

Ellos solo podrán abandonar lo cotidiano intermitentemente, sobre todo en La Plaza, en el gran acto mistérico de las concentraciones, so riesgo de morirse de hambre o sufrir un colapso nervioso.

En consecuencia esas normas y principios mencionados los tomaran de fuera, ya hechos, de una entidad en cuyo criterio, voluntad e intenciones creerán por fe.

En esta particular sociedad de revolucionarios, fundada sobre lo heroico y lo trascendental, el elegido será quien tenga el carisma para hacerlos sentirse a ellos también, de cuando en cuando, trascendentes, supra-históricos: Como ya dijimos en La Plaza, en medio de las concentraciones, cuando el calor, el sol tropical a plano, la falta de oxígeno, la imposibilidad incluso de volverse o de amarrarse los cordones de los zapatos en medio de la multitud, y sobre todo sus palabras en torrente que llegan desde todas la direcciones posibles, retransmitidas por mil altavoces… todo ello ayude a establecer esa unión mística entre líder y pueblo de que nos habla más de un observador contemporáneo.

Es evidente que con semejante y mayoritaria relación basada en la fe dentro de la sociedad que se quiso igualitaria, al menos entre los revolucionarios, pronto ocurrirá un desequilibrio de poder entre los mismos ascetas verdaderos en favor del elegido. Más temprano que tarde, independientemente de si es un santo real o solo un charlatán, la fe mayoritaria fija en él lo ensoberbece; si es que él mismo no lo estaba de antes, como es sin lugar a dudas el caso de Fidel Castro desde su más tierna niñez. Si las grandes mayorías lo siguen, si las grandes mayorías se abandonan a su criterio, no pueden caber dudas de su monopolio de la verdad. Solo él sabe lo que debe hacerse; solo él tiene la claridad; solo él conoce el camino correcto. En consecuencia es su deber concentrar en sus manos el poder para evitar el error; incluso en los más nimios detalles. Pronto cualquier norma o principio asumido por otro criterio que no sea el suyo pone en peligro la magna obra que la mayoría de los revolucionarios han echado sobre sus hombros; un desafío malintencionado o en el mejor de los casos miope, que no puede permitirse “ni por un tantico así”. Y en el rechazo de tales “autosuficiencias” de los demás ascetas verdaderos las mayorías no solo apoyan al elegido por su fe en él: Para ellas la independencia de criterio de los demás ascetas es también una humillación, un molesto recordatorio de su falta de él, o de voluntad para obrar a su dictado.

Habrá llegado, por tanto, la hora en que Saturno devora a sus hijos: La Revolución, que pretendía evitar con sus caminos trascendentalistas el caer en los mismos “errores” que la burocratizada URSS, devora a los demás ascetas revolucionarios. En el nuevo escenario para ellos solo quedaran dos opciones: o abandonar el ascetismo y convertirse al revolucionarismo por fe, aunque claro, desde la siempre favorable posición del miembro secundario del Panteón (del santoral revolucionario, en propiedad); o no transigir, lo que significa la excomunión y el martirio, y siempre la rebaja a la categoría de concreción del Mal Contrarrevolucionario en los imaginarios de las grandes mayorías.

De este modo lo que aparentaba ser una solución democrática a la manifiesta falta de libertad del socialismo leninista soviético, una unión de heroicos y extra-cotidianos hombres nuevos iguales entre sí, participativos a tiempo completo mediante relaciones para nada impersonales, se convierte, debido a la naturaleza humana, de la que las grandes mayorías atrapadas en sus urgencias cotidianas no pueden escapar, en el imperio de uno solo: El Imperante Carismático.

En un socialismo en el que las grandes mayorías no ejercen el poder real no porque se los impida la burocracia elevada a la categoría de nueva clase explotadora, sino por algo todavía peor: Porque simplemente ni se creen capaces, ni tampoco lo hayan necesario, al compararse con el Trascendente y Personal objeto de su fe, de su fidelidad.

Un modo más eficiente que el leninista de retrotraer a lo pre-moderno la sociedad en cuestión, y de mantenerla allí, y al cual se ha llegado al cuestionar el papel de la burocracia en el socialismo soviético, aunque al trabajar con una arcilla humana dotada de un determinado bagaje cultural favorable a amoldarse a formas trascendentalistas y personales del trato social.

El renacer pseudo-burocrático.

No obstante, por la misma razón que la élite leninista soviética se viera obligada a poner la administración del estado en manos de la burocracia, más temprano que tarde el Imperante Carismático cubano tendrá también que hacer algo parecido. El deseo de sobrevivir como Imperante, en medio de un mundo al cual se lo moderniza desde centros de poder situados más allá de las costas de la Isla, obligará a este a echar mano de algunas de las novedades de la Modernidad para conseguir cierta eficiencia de su estado; las cuales novedades le permitan enfrentar esos intentos externos por arrastrar a la sociedad cubana en una dirección que no es precisamente la que conviene a sus ansias de poder. Fidel Castro necesitará enfrentar a unos americanos no muy conformes con sus sueños megalomaníacos, y para ello tendrá que adoptar las novedosas estructuras burocráticas que en los Tiempos Modernos imperan dentro del ejército y de los servicios de seguridad; pero también necesitará una economía moderna, ya que dada su situación geográfica no puede simplemente llevarse a toda la sociedad cubana a los campos, a imitación de los Khmer Rojos, y esa economía moderna, al administrarse de modo socialista lo obligará ya no solo a crear una burocracia, sino a hacerla cada vez mayor[3].

Pero lo real es que no hay tal regreso de la burocracia. Y es que si se observa, la burocracia revolucionaria cubana no cumple con ninguno de los caracteres típicos que según Weber debe poseer una que merezca el nombre de tal, y sí con los del cuadro administrativo de un régimen patrimonial pre-moderno.

Lo que al presente llamamos burocracia en Cuba, o sea, el cuadro administrativo castrista, es en primerísimo lugar cualquier cosa menos impersonal. De hecho en la Cuba de Fidel, de Raúl, y quizás ahora con mayor razón bajo el Canelato, tenemos un sobrenombre muy particular para el tipo de sociedad que definen las relaciones personales preferidas por su cuadro administrativo: Sociolismo, el socialismo de los compadres, en que los cargos no son asignados por las competencias individuales, sino por la incondicionalidad hacia el Panteón Revolucionario, y por las relaciones personales de los pretendientes.

Unos cargos que por demás no tienen una remuneración efectiva estable, sino que dependen por sobre todo de lo que se pueda “resolver” por quien los ocupa. Ya que aunque absolutamente todos los burócratas cubanos cobran un sueldo mensual, la realidad es que con el mismo no pueden atender a las necesidades básicas de sus familias incluso ni durante una semana del mes. Lo que los obliga a echar mano del robo y de la sisa para conseguirlo. Y aclaramos que al hablar de lo que se pueda “resolver” no nos referimos solo a lo que se obtenga a resultas del cargo que se ocupa en cuestión, sino y sobre todo del complejo entramado de relaciones de compadreo que en definitiva conforman la verdadera estructura de la “burocracia cubana”, y que la definen como “cuadro administrativo sociolista”.

O sea, que a la manera de cualquier cuadro administrativo patrimonial o feudal, la “burocracia” cubana vive de explotar sus cargos. Y esto es válido tanto para el Ministro o el jefe de departamento en una institución nacional, como para la funcionaria que se ocupa de organizar la actividad de los médicos y sus interacciones con el público en cualquier policlínico de barrio.

En cuanto a su conocimiento de la actividad que se ocupa de controlar, debe admitirse que a diferencia del alemán de los tiempos de Weber, el burócrata cubano quizás sea el individuo con relaciones directas con la dicha actividad que más a oscuras anda respecto a ella. Esto, más que un tópico humorístico, fue una amarga realidad en la Cuba de Fidel, y lo es también ahora en la que se declara su Continuidad.

Pero además, y esto es sumamente importante, en el socialismo cubano la función primordial de la burocracia no consiste en administrar la actividad cotidiana del país. En el Socialismo de pleno empleo cubano, sostenido por una economía históricamente débil en lo estructural, en que la capacidad de empleo real ha estado siempre muy limitada, la burocracia es por sobre todo un recurso para conseguirle acomodo laboral a un enorme por ciento de la población del país.

Este uso de la burocracia no solo como medio controlador, sino como destino en que controlar, provoca su hipertrofia, lo que a su vez coopera en la catastrófica caída de su eficiencia en el cumplimiento de sus funciones, a resultas de la conocida Ley de los rendimientos decrecientes.

Finalmente tampoco puede decirse que haya mucho de racionalidad en los principios por los que se rige la  administración de la burocracia cubana, o de carácter rutinario en el tratamiento de sus asuntos. En Cuba la administración se rige no por planes y estudios cuidadosos de la realidad, sino por metas y consignas, por voliciones y evoluciones estomacales de cualquiera situado en una posición de poder, sin más conocimiento de la actividad en cuestión que el de lo imperioso de “triunfar y vencer”.

Y es que en Cuba, al menos para los que mandan y para las hipertrofiadas intelectualidades que se ocupan de legitimar ese mandato, la actividad económica nunca es tomada como lo que es, una actividad cotidiana y rutinaria, sino como una heroica, homérica. De aquí el carácter a-económico del sistema cubano, reñido necesariamente con el funcionamiento de cualquier verdadera burocracia.

La imprescindible cabeza de turco.

Pero la pseudo-burocracia no solo servirá en Cuba para permitir cierto grado, minúsculo no obstante, de racionalidad en la administración del estado, la sociedad y la economía, o para buscarle acomodo a la mayoría de la población laboral del país. Además será útil como chivo expiatorio. Ya establecido el endiosamiento, la lucha contra el burocratismo también servirá para mantener impoluto al Panteón Revolucionario ad aeternas, al pasar sus muchas culpas, errores, disparates, e injusticias y violencias sobre los hombros de los malvados burócratas (Si Fidel supiera…). Por lo que pronto se convierte en un imperativo para la sobrevivencia del régimen el apoyar sino el resurgimiento de la burocracia, al menos del remedo patrimonial-feudal suyo, sociolista, que ha administrado la vida cubana durante los últimos 50 años de castrismo, y al presente de post-castrismo.

La clave del asunto estará en que en la Cuba posterior a 1970 será siempre la burocracia la que cargue con la responsabilidad por los platos rotos. En realidad es ella no tanto el chivo expiatorio de que se valen el Dios supremo del Panteón Revolucionario y sus Santos Subsidiarios para desviar la atención de sus errores abundantes y sobre todo de la particular estructura del socialismo cubano, piramidal, autocrático (incluso cabe decir hasta teocrático), sino que es por sobre todo el recurso del que se valen tanto los ciudadanos comunes como la intelectualidad para eludir el bulto de criticar lo que en realidad deberían. Para autocensurarse sin necesidad de avergonzarse por ello.

Jugar con la cadena, pero no con el mono, decimos en Cuba, para denominar a esa actitud de dudosa ética adoptada por todos, pero sobre todo en el caso de los intelectuales orgánicos, dizque contestatarios. Actitud que le permite a Caínes… y Abeles, disfrutar de una vida pasable allí donde no existe verdadera libertad de pensamiento, mientras a un tiempo se simula no tener pelos en la lengua.

Mas aclaramos que en justicia no hay solo temor y oportunismo detrás de esa actitud. Como ya hemos visto, en buena medida, y no solo para los formadores de opinión, en Cuba la píldora del autocratismo es tragable porque entre los cubanos aún se ve a lo impersonal y rutinario como lo repulsivo, y a lo heroico, extra-cotidiano, lo personal, al carisma sin contrapesos racionales, como lo más aconsejable para una buena y valedera convivencia social.

Algo que aunque en niveles menos tóxicos ocurre en cualquier otra sociedad. Ya que muy raramente se encuentra a un pensador, un artista o un académico que alguna vez haya tenido que ver con una empresa económica real, o que haya puesto sus pies en una administración, para algo más que mirar a su alrededor por encima del hombro.

En definitiva la burocracia, o su remedo sociolista, pronto renacida tras el final de los años heroicos, exaltados e irracionales de las postrimerías de los sesentas, e indudablemente por necesidades de sobrevivencia de quien manda, cargará una y otra vez con las culpas en la Cuba de Fidel. Hasta el punto de que algunos grupos de pensamiento no tardarán en desempolvar, sobre todo desde mediados de los ochentas, la añeja idea de muchos leninistas apartados del poder por Stalin y que en sí había estado en la base de la vía cubana al socialismo: Aquella de que el socialismo no requiere de una burocracia, que esta es en sí un fenómeno privativo del Capitalismo y una de las malas herencias suyas con que puede llegar a cargar. Una institución burguesa, a la cual solo pueden tener por imprescindible intelectuales burgueses como Max Weber.


[1] Sobre la distinción entre lo personal y lo impersonal ver nota al pie 33, del ensayo anterior.

[2] El Sociolismo Cubano, o el sistema socio-económico-político que resulta de esa re-personalización espontánea, lo hemos tratado en el ensayo anterior.

[3] Ya unos cuantos años antes de octubre de 1917 y el triunfo bolchevique, Max Weber había predicho que en caso de triunfar, el socialismo no podría más que multiplicar la burocracia.

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