Foto: Key West, Florida, con nuestro hijo y su esposa.

París, 12 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Merita, que es encantadora, nos hizo una fiesta en su residencia de Miami. Allí estaba un buen grupo de amigos de adolescencia, que forman hoy parte de mi patrimonio de nostalgia. El que no ha cumplido aún el medio siglo de existencia, quizás no se percate de lo emocionante que es el reencontrarse con amigos de la infancia, adolescencia o juventud.

Merita nos mostró su agradable oficina en un horrible inmueble de prefabricados estilo Escuela al Campo cubana, pero rodeado por una vegetación subtropical espléndida, lo que provoca un contraste globalmente agradable. Ella fue tan amable que ya no sabía qué regalarnos, a tal punto que el esposo de una amiga, bromeando le dijo, que si se estaba deshaciendo de todos los regalos que le habían hecho por Navidades.

Nos llevó a visitar el Lowe Art Museum que está a apenas unos pasos de su oficina, en pleno Campus Universitario. Este museo con arquitectura de estación de servicios ESSO, fue fundado en el 1956 y consta de unas 8 000 obras que van desde las antigüedades greco-romanas y precolombinas, hasta obras del Renacimiento y el barroco europeo (Tintoretto, Della Robbia y Guardi), también obras de arte europeas y americanas de los siglos XIX y XX, tejidos y joyas amerindias y algunas obras de arte oriental y africano. Aunque lo más interesante es la Barton Gallery, con su bella colección de arte amerindio.

Me llamó la atención que un Picasso estuviera colocado en un estrecho pasillo entre la puerta del w.c. y el bebedero. Además la pintura cubana está representada por unos diez cuadros colocados a lo largo de un patético pasillo gris: Hernández, Peláez, Lam y Portocarrero, todos juntitos y apretaditos.

La entrada del museo está dominada por un árbol en forma de abanico y una avenida de espléndidas palmeras.

De allí nos fuimos a la Cafetería Versailles, a almorzar junto a Ileana y su esposo. Al salir entramos en una tienda que hace esquina y tuve la agradable sorpresa de ver los pomos de Lotion Pompeia de L.T. Pive.

 Me acordé tanto de mi madre, la cual en nuestro modesto hogar de Camajuaní,  echaba un chorro de Pompeya cada día en el cubo de agua para trapear la casa, siguiendo los consejos de la santera Otilia, para ahuyentar a los malos espíritus. Me compré un pomo, pues aunque dice “Made in France”, yo aquí nunca la había visto. Cuando estoy un poco nostálgico, lo abro, lo huelo, cierro los ojos y “veo” a mi madre trapeando allá en el terruño camajuanense y yo con los pies encaramados en el sofá hasta que el piso se seque.

Estuvimos todo un día paseando por Coral Gables con Enriquito el primo de mi esposa y Mili, su esposa, nuestra familia de madrileños, con los cuales tantos buenos momentos pasamos en la capital de la Madre Patria. Recorrimos ese hotel fantástico de arquitectura neomediterránea que es el Biltmore, con su torre de 91 metros de altura inspirada en la Giralda sevillana y su aire de Waldorf-Astoria tropical. El vestíbulo es suntuoso así como el club-house inspirado en los palacios florentinos del renacimiento toscano. Todo rodeado por los campos de tenis, dos terrenos de golf de 18 agujeros y una inmensa piscina de agua dulce.

A veces me parecía que estaba el Hotel Nacional de La Habana, otras veces en la habanera casa de Ferrara (actual Museo Napoleónico) y por momentos tenía la impresión de que podía encontrarme con Bing Crosby, Judy Garland o Ginger Rogers en el mejor de los casos o con Al Capone y Lucky Luciano en el peor.

Visitar ese hotel es entrar en un filme de los años cuarenta.

Frente a él fuimos a la Congregational Church, construida en 1924, con loggias en forma de arcos, entrada y campanario decorados en estilo neobarroco y pintada de amarillo y blanco, rodeada de palmeras. Te da la impresión de que es una joya arquitectónica colonial de Trinidad. En mi opinión, es la iglesia más bella de Miami.

Continuamos a la Venetian Pool, una Piscina (con mayúscula) de verdad, construida por Denman Fink en 1922, decorada con faroles y fachadas como los del Canale Grande di Venezia. Una cascada que sale de una gruta cae estrepitosamente en un ángulo de ella.

Cada noche es vaciada y llenada de nuevo gracias a los pozos artesanos que la rodean, en lo que fuera a inicios de siglo, las canteras de rocas calcáreas de donde salían las piedras, para construir las bellas mansiones del barrio.

Nos fuimos a almorzar al Restaurante La Habana Vieja. Es un lugar donde el escándalo es tan grande que nadie habla, pues tienes que gritar para que la persona que está frente a ti en la mesa te pueda escuchar. En Tailandia, cuando fui a ver el encuentro de box-tai, me parecía estar en ese restaurante. No obstante se puede almorzar una buena comida criolla, aunque los tostones estaban socatos.

Continuamos a casa de Conchi y Paco, los queridos tíos de mi esposa. Conchi como siempre, muy acogedora, muy cariñosa. Paco nos mostró el regalo que alguien le hizo, consistía en una lata decorada, de un metro de alto por cincuenta centímetros de radio, llena de rositas de maíz, a él, que no le gustan las rositas.

Para mí hacer un regalo es muy difícil, pues hay que conocer los gustos de la persona para que lo aprecie. Además creo que nunca se debe regalar algo que uno no quisiera que le regalaran. El pobre Paco, no sabía qué hacer con el tonel de rositas, si hubiera sido aquí en París, se iba a un parque y se alimentaba las palomas.

Muy cerca de allí vive Mercy. Mi querida prima Mercy, la que estudiaba esperanto en la “Abraham Lincoln”, la que en su portal del habanero barrio de Los Pinos, leía a: Proust, Hugo, Zola, Tolstoi, Miller, Transfer, etc. Una de las pocas personas de aquel barrio de zapateros de chancletas, salseros y guapos, de pequeñas casas inundadas por el verdor tropical, con las cuales se podía tener una conversación sobre temas culturales.

Mercy es un personaje, alguien muy singular, fuera de todas las normas. Ahora tiene una cama gigantesca, algo increíble. La cama tiene movimientos ascendentes y descendentes, laterales, centrales, periféricos, te da masajes, vibra, etc. Es impresionante, a mí me daría miedo dormir en una cama así, tendría una pesadilla en la que la cama de Mercy podría digerirme como monstruo de ciencia ficción. Además, una gran sobrecama negra con flores rojas y fresas cubría la hipercama, montada sobre una estructura de bronce estilo Belle Époque.

Me imagino a Mercy descansando en su lecho faraónico, como Cleopatra en su barca del Nilo esperando a Marco Antonio, o Penélope en el palacio de Ítaca en su lecho repleto de cojines a la espera de Ulises, o quizás Josefina en el palacio de La Malmaison añorando a su Napoleón, o incluso Marie-Antoinette en Versailles soñando no con Louis XVI sino con su amante sueco. Mercy es todas ellas y ella misma a la vez, ¿A quién espera? ¡Sólo ella lo sabe!

Mercy me mostró un álbum de fotos con los antepasados, tíos, abuelos, etc. Allí vi fotos de las inolvidables Biba, Luga, Tana, Eufemia, Aurelia, Claudio, etc., mis tías y abuelos. Mercy me prometió reproducirme las fotos, “antes que de los sauces cayeran las hojas”. Han pasado dos otoños y sigo esperando las fotos. Por suerte que las filmé una a una con la cámara de vídeo que me prestó Leyda.

Al día siguiente nos fuimos con Sergio y Emilia al profundo sur, a Key West. Cada vez que voy al cayo, miro el horizonte y recuerdo la infinidad de veces que dese el Malecón, Santa María, Bacuranao, Boca Ciega, Guanabo o Varadero, miraba el horizonte y me preguntaba cómo sería del otro lado.

Pasamos por islas cuyos nombres hacen soñar: Isla Morada, Key Largo, Maratón, el puente llamado Seven Mile Bridge, etc.

Estuvimos en Duval St. ¡Qué lugar tan agradable! Entramos al Teatro San Carlos, construido en 1871, lleno de recuerdos de Martí y Varela. Paseamos por la entrada del Cine Strand, que tanto me recordó al homónimo del Parque de Trillo del habanero Cayo Hueso. Subimos al ático, del 1926, del Hotel La Concha, al Top of La Concha, para presenciar “el crepúsculo más bello del mundo”, según los folletos turísticos. Allí, mientras el sol como gran disco rojizo desaparecía en el horizonte, viejitas estadounidenses vestidas de colores pasteles, lanzaban suspiros de asombros. A decir verdad, los crepúsculos de Varadero me parecen más espectaculares.

Pero tuvimos una sorpresa desagradable, cuando a pesar de todos nuestro esfuerzos no logramos conseguir una habitación en ningún hotel, ni una mínima habitación donde pudiéramos descansar. Así que no quedó más remedio que regresar a Miami.

Nos detuvimos en un «restaurante» en la carretera en Cayo Marathon. Aquello tenía pinta de filme de tercer orden, una camarera pintorreteada, con sonrisa cosmética de rigor nos recomendaba los platos. Pero como vi lo que comían en la mesa de al lado, expresé que no tenía hambre, que me bastaba una Coca-Cola.

A Emilia le trajeron unos spaghetti socatos en forma de pirámide, a Sergio una pizza dura de dimensiones cósmicas y a mi esposa una lechuga entera mal lavada “adornada” con pedazos de tocino. Todo era incomible, sin embargo mi Coca-Cola estaba deliciosamente fría y como yo le tenía asco a aquel antro del cuarto mundo, me limité a tomármela directamente de la botella, sin pasar por uno de los vasos de improbable lavado. Así terminó en menos de 24 horas nuestro viaje a los Keys.

Dos días después regresaríamos a la Vieja Europa, haciendo una escala de tres horas en el aeropuerto de Washington. Fuimos hasta una de las entradas y el termómetro marcaba -5°c. Todo estaba blanquísimo por la nieve.

Al llegar a París, con el frío, la nieve y el cielo de color gris plomo, se nos encogió el corazón al pensar en las palmeras de Ocean Drive y en las sonrisas y amabilidades de tantos seres queridos que están al otro lado del mundo, en ese gran país que son los EE.UU. País que si no existiera habría que inventar.

Escuché en la radio un programa en homenaje a la escritora Françoise Sagan, la que me hizo soñar con sus bellísimos libros como “Buenos días tristeza” o “Una cierta sonrisa”. La destruyeron poco a poco el alcohol y la droga.

Desde el punto de vista práctico, es indudable que el escribir en una computadora y enviar correos electrónicos es rapidísimo y tiene sus grandes ventajas económicas. Pero debe ser que ya soy viejo o chapado a la antigua, en todo caso estimo que se pierde el placer de escribir. Es decir, se pierde el olor del papel, del sello, de la cola, de la tinta. Además, el tacto, el acariciar la pluma, la hoja y el sobre de papel. Con la computadora todo es inmensamente frío. Me pasa lo mismo con los discos, los CD son pequeños, luminosos, con una gran calidad de sonido, pero se pierde aquel placer que consistía en abrir el sobre de cartón, desde el cual el artista te sonreía, tocar el cálido disco negro de 33 r.p.m., con cuidado, poniendo los dedos en el borde y el sello central, coger el pañito y quitarle el polvo, soplar la aguja del tocadiscos, agacharte para coger la puntería de la canción que querías escuchar, etc. ¡Era todo un arte!

Busqué un viejo disco de Johnny Mathis, de la colección “The Music of your Life” y en homenaje a Françoise Sagan estoy escuchando “A Certain Smile”. Alguien dijo que recordar es vivir y creo que tiene razón.

Un gran abrazo desde el Viejo Mundo de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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