Por Antonio Moreno Ruiz

Alexander Solzhenitsyn, el matemático, físico e historiador ruso que sobrecogió al mundo contando los horrores de los campos de concentración comunistas a través de su monumental obra “Archipiélago Gulag”, fue muy celebrado desde la segunda mitad del siglo XX por aquellos que lo veían como un ejemplo de resistencia anticomunista. Empero, lo cierto es que la hondura de su pensamiento no fue comprendida en su justa y gran dimensión en un Occidente que, ensimismado en la prosperidad económica, creía encaminarse hacia el fin de la historia (válganos el título de Francis Fukuyama).

Entre el exilio y la vuelta a su patria luego de la caída del telón de acero, Solzhenitsyn  nos avisó acerca del peligro al que seguíamos expuestos por culpa del comunismo y, por desgracia, en ese cometido no tuvo demasiado éxito. Desde su célebre discurso en la universidad de Harvard (1978), intentó advertir que el comunismo no había que enfrentarlo sólo con poderío militar, puesto que la principal arma de los adeptos de la hoz y el martillo no radicaba en los tanques, sino en el aire de superioridad moral que habían logrado en un occidente que, al alimón del sistema capitalista, sin embargo, se entregaba a la cultura en nombre del comunismo, desde los medios de comunicación al sistema educativo.

Como nos recuerdan los ensayistas argentinos Nicolás Márquez y Agustín Laje en su clarividente “El libro negro de la nueva izquierda”, Fidel Castro advirtió que había preparado a Cuba ante un colapso eventual de la Unión Soviética. Aquel dictador criminal que sumió a la perla del Caribe en la miseria lo tenía todo atado y bien atado: Sus años de colaboración con el imperio soviético, a través de la KGB, le dieron para formar un espionaje formidable; el mismo que hoy controla los recursos naturales de Venezuela y ha forjado con el narcotráfico una estrategia globalista. Y Cuba no es conocida por la profusión de sus tanques. Sin embargo, sigue dirigiendo el proyecto político del Foro de Sao Paulo que ha dado el salto de América a Europa y se perfila como una suerte de Unión Soviética del siglo XXI.

Contra los tanques soviéticos se rebelaron checos, polacos y húngaros, entre otros. Muchos dieron sus vidas por la libertad. Pero el marxismo siguió dominando a placer las universidades, los medios de comunicación y todo lo referente al “mundo de la cultura”, especialmente el cine y la música. Y hasta hoy, si bien ya no tenemos al comunismo de brutal disciplina militar (exceptuando Corea del Norte), tenemos la mutación que nos detallan Laje y Márquez a base de feminismo, ecologismo, indigenismo y otros “ismos” que van y vienen según los antojos y conveniencias ideológicas del momento postmoderno de turno.

En los años 80 del siglo XX, a través de su libro “El error de Occidente”, Solzhenitsyn anunció problemas que nos han sorprendido en el siglo XXI, subrayando que los mayores errores contemporáneos fueron la precipitación y la superficialidad. Y así, muchos le dieron exclusiva importancia a la economía como si fuera un ente divino y aislado del resto, sin entender que el ser humano, aparte de números, tiene alma, pasiones y sentimientos. Y no se dan cuenta aquellos adeptos a la mentalidad del exclusivismo economicista que su materialismo encaja perfectamente en el molde del marxismo que dicen criticar cuando sucumben a su estructura “lógica”.

Más nos vale repasar “El error de Occidente” y más nos vale ser conscientes de los problemas que nos acucian, porque el haber trasladado la lucha de clases a la lucha de los mil géneros es el resultado de una indigesta mezcla ideológica que sólo puede imponer su dictadura debido a la holganza, la irresponsabilidad y la negligencia intelectual de quienes permitieron que esto se haya impuesto como una dictadura de facto, tal y como padecemos hoy especialmente en España.

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