José Gabriel Barrenechea.

Este pasado sábado 25 de julio la TV cubana exhibió el último filme de Roman Polanski, “El oficial y el espía”, estrenada en Europa a fines del 2019.

He leído varias críticas en medios como La Vanguardia o El Confidencial, y todas se centran en que la película es para ellas: “un discurso más general y ejemplificador en torno a ideas de posverdad y a cómo las cloacas del Estado pueden generar falsos relatos acusatorios que condenan a rivales políticos y hombres de paja por intereses corruptos» (Eulalia Iglesias, El Confidencial). Lo cual sin duda es una correcta interpretación del filme, y nos da un claro Norte de cuál es la posición de Polanski ante ciertos fenómenos políticos contemporáneos.

Además, como era lógico esperar en un creador con un pasado no muy presentable para los estándares éticos de la época, buena parte de esas críticas se dedican a indagar en las interconexiones entre el creador acusado en EEUU de tener relaciones sexuales con una menor de edad, y su obra de arte, que se basa en lo vivido por un personaje histórico acusado de espionaje para una potencia extranjera, y que a consecuencia de esas acusaciones debió sufrir todo el desprecio de su sociedad.

No obstante, las críticas que he leído insisten en analizar esas interconexiones con un positivo fin para la recepción de la película. El de anticiparse a cualquier posible intento de que An Officer and a Spy pueda ser descalificada cual un burdo y evidente intento de Polanski de reivindicar su pasado, al identificarse con el destino de Dreyfus (no dedicaré espacio a contar aquí el Affaire Dreyfus: recomiendo para un conocimiento de lo esencial el artículo en Wikipedia, que sin duda es en este caso muy serio).

La Vanguardia, por ejemplo, celebra lo acertado de no enfocar la historia en el acusado, sino en su reivindicador. Así, mediante el recurso de convertirla en el relato de un hombre comprometido con la verdad, y no en las penas de un acusado injustamente -que todos de inmediato interpretarían como un intento manipulador del director para ser identificado con Dreyfus, lo cual sin duda los espectadores rechazarían indignados- Polanski ha logrado pasarnos una aguda crítica a la política  de los neoconservadores del momento.

Hasta aquí llegan las críticas leídas por mí, y sin embargo el filme no se queda solo a ese nivel. La película no es una toma de posición desde la izquierda, como en sí sugieren los críticos a que he tenido acceso, o como de seguro postulará explícitamente Rolando Pérez Betancourt, si le dedica unos párrafos en Granma. Por el contrario, es también, y sobre todo, una crítica sutil a la izquierda que pretende hacernos pasar por ángeles, mediante la imposición de un mojigato y estrecho compendio de las actitudes política y socialmente correctas.

Esto es evidente en el héroe escogido. Un hombre de derecha, un antisemita, pero un hombre con el que cualquiera persona honesta no podrá más que sentirse identificado. En este sentido el clímax de la película nos da también una pista. Ocurre cuando ese héroe se encuentra frente a frente con el capitán judío, Dreyfus, entonces el coronel Picquart, interpretado por un convincente Jean Dujardin, le dice: “Los judíos siguen sin gustarme, pero usted es inocente”.

A no dudar aquí hay un claro contraste con las políticas de la posverdad, que hoy forman casi la única arma en el arsenal propagandístico en manos de los neoconservadores, pero hay algo más. Dado que nunca se muestre la evolución de Picquart hacia otras posiciones menos prejuiciosas hacia el Otro, Diferente, simplemente porque en el personaje histórico real no hubo tal evolución; dado que él mismo ha dejado clara la persistencia en su desagrado por los judíos, incluso cuando arriesga su carrera y su vida para demostrar la inocencia de uno de ellos; y dado que a pesar de todo se lo haya escogido como el héroe, y de hecho sea un héroe válido con quien todos pronto nos identificamos, la película no puede ser interpretada más que en contraste también, y sobre todo, con la izquierda. En específico con esa izquierda para la cual nada en el pensamiento conservador es válido, o digno de ser conservado, y que ahora consecuentemente propone eliminar a Mark Twain, y su Huckleberry Finn de la literatura infanto-juvenil recomendada por las escuelas americanas (hay Estados en que ya se ha hecho disposición estadual), o que derriba estatuas no sabemos muy bien base a qué criterio.

A un nivel más profundo el mensaje de la película sería: Los humanos siempre tendrán sus prejuicios de todo tipo hacia otros humanos, y tenderán a sacar generalizaciones de ellos. Es algo inevitable la heterofobia, dado que es un comportamiento incrustado en el subconsciente colectivo. Pero lo importante es que esas afecciones personales, negativas y positivas, sean siempre subordinadas en el trato y la comunicación humana a un conjunto de principios racionales de convivencia civilizada. Sobre todo a aquel que nos indica que la verdad está por encima de partidismos, hermandades religiosas, patriotismos, simpatías raciales, de género, actitud sexual o simplemente personales.

Esa subordinación a la verdad como criterio supremo no solo incluye el caso extremo tratado en An Officer and a Spy, sino incluso el aceptar que en nuestra valoración del desempeño de un individuo cualquiera en una actividad, o en el ejercicio de una virtud determinada, aun de un individuo perteneciente a una de esas generalizaciones que no nos gustan, y a las cuales evidentemente no creemos pertenecer, los únicos criterios válidos son los de cuán eficiente es, o cuán sincero, o cuán justo…

Esta idea es también, por supuesto, un recurso que le permite al autor defender su obra de los prejuicios del público contra su persona, e incluso un intento de obtener para sí mismo una más condescendiente valoración. La película debe ser comprendida a la manera de un testamento, por lo que pudiera sucederle a un hombre que es ya un octogenario largo. Polanski nos dice mediante esta lograda película: Ok, yo puedo ser un pederasta, pero no soy solo eso, como el coronel Picquart no me reduzco únicamente al antisemitismo o la pederastia, hay infinitas facetas más en mí, y por tanto en mi obra, que las refleja. Pero si es así mi obra toda debe de ser recepcionada según ella misma, y no en base a actitudes que respecto a ella, no al autor, con respecto a quien quizás se justifican, solo caben ser calificadas de prejuicios.

Una declaración muy necesaria de Roman Polanski, en estos tiempos en que más que los argumentos en sí, lo que parece importar son las intenciones de quienes los emiten.

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