Foto: Patricia Matisse. Alberto Giacometti en el parque de Eugène Rudier en Vésinet, posando junto a Les Bourgeois de Calais de Rodin, 1950. © Fondation Giacometti, París

Querida Ofelia:

Auguste Rodin (París, 1840-Meudon, 1917) y Alberto Giacometti (Borgonovo, Suiza, 1901-Coira, Suiza,1966) nunca se conocieron. De hecho, cuando Giacometti llegó a París, en 1922, Rodin ya llevaba cinco años muerto. Sin embargo, a través de sus trayectorias artísticas podemos ser testigos de un interesante diálogo entre ambos con muchos puntos en común y también con algunas diferencias, algo inevitable en dos artistas tan libres a los que separa más de una generación.

A pesar de estar separadas por más de una generación, las trayectorias creativas de Auguste Rodin y Alberto Giacometti ofrecen paralelismos y disparidades que se desvelan por primera vez en esta exposición conjunta que presentamos en nuestra sala Recoletos.

A través de cerca de doscientas obras, Rodin-Giacometti muestra cómo ambos creadores hallaron, en sus respectivas épocas, modos de aproximarse a la figura que reflejaban una visión nueva, personal pero engarzada en su tiempo: en Rodin el del mundo anterior a la Gran Guerra; en Giacometti, el de entreguerras y el inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de algunos aspectos puramente formales que comparten ambos artistas, como pueden ser el uso de la materia y la acentuación del modelado, la preocupación por el pedestal y el gusto por el fragmento o la deformación, el diálogo que se establece entre ellos va mucho más allá. Rodin es uno de los primeros escultores considerado moderno por su capacidad para reflejar -primero a través de la expresividad del rostro y el gesto, con el paso de los años centrándose en lo esencial-, conceptos universales como angustia, dolor, inquietud, miedo o ira; también es este uno de los rasgos fundamentales de la obra de Giacometti: sus obras posteriores a la guerra, esas figuras alargadas y frágiles, inmóviles, a las que Jean Genet denominaba “los guardianes de los muertos” expresan, despojándose de lo accesorio, toda la complejidad de la existencia humana.

Grupos: Auguste Rodin fue uno de los primeros escultores en emprender el camino hacia lo real, pues “la belleza reside únicamente allí donde hay verdad”. En Los Burgueses de Calais, una de sus obras más importantes, Rodin trató de trabajar cada una de las figuras como si fuera independiente, generando una experiencia con el espectador, que podía recorrer la obra y mezclarse con las figuras, tal y como hiciera Giacometti muchos años después. A finales de la década de 1940, también Giacometti se interesa por la cuestión de los grupos escultóricos, debido sin duda a la influencia del Monumento a los Burgueses de Calais. Piezas como La plaza (Composición con tres figuras y una cabeza) o Cuatro mujeres sobre pedestal, nos hablan del interés del artista a lo largo de toda su trayectoria por comprender la paradoja que supone la soledad del individuo, aunque se encuentre entre la multitud.

Accidente y deformación: la búsqueda de la expresividad en las esculturas que emprende Rodin se caracteriza por el énfasis que introduce en sus rostros, que tienden en ocasiones a la caricatura, deformándose en busca del impacto expresivo, como puede verse en Cabeza de la Musa trágica. En el caso de Giacometti, las esculturas son cada vez más alargadas y estilizadas, a veces de muy pequeño tamaño, luego muy altas, pues, tal y como señalaba el propio escultor, ese era el modo en el que las veía en la realidad. Junto a la deformación, ambos artistas utilizaron el fragmento para generar nuevos significados a sus piezas, que seguían siendo bellas a pesar de estar “rotas”. Partes de materia fragmentada, accidentes en el proceso de modelado, se recuperan y se incorporan otorgándole un significado distinto a la escultura, quizá uno más pleno.

Modelado y materia: tras sus experimentaciones cubistas y su paso por el surrealismo, Giacometti, en su búsqueda de “figuras y cabezas vistas en perspectiva”, va destilando cada vez más sus esculturas. Sus características figuras alargadas sustituyen entonces a las piezas anteriores, de gran perfección técnica, y la presencia de la materia y el modelado se convierten en protagonistas de su trabajo. También lo eran para Rodin, que en ocasiones dejaba percibir el barro bajo el bronce, mostrando un modelado enérgico y vital. Así lo muestran esculturas como Eustache de Saint Pierre (entre 1885-1886) o los distintos ropajes que realiza para la figura de Balzac. 

Las series y El hombre que camina: tanto en Rodin como en Giacometti el proceso de estudio y repetición de un mismo motivo es una práctica habitual. Por un lado, es un modo de acercarse de forma más aproximada al modelo representado y a su psicología; por otro, la repetición les permite ir transformando la obra, que parecen no dar casi nunca por finalizada. La obra El hombre que camina de Rodin hace reflexionar a Giacometti para luego plasmar esta idea en su propio trabajo. Comparado con el de Rodin, el Hombre que camina de Giacometti parece desgastado y frágil; si bien el del maestro francés también muestra una gran expresividad y con ello todo el sentimiento de la fragilidad humana.

Rodin-Giacometti. Exposición en Madrid. Sala Fundación MAPFRE Recoletos.

Fecha de inicio: 06/02/2020

Fecha de fin: 10/05/2020

Localización: Paseo de Recoletos 23, 28004 Madrid

 Un gran abrazo desde nuestra querida y culta Madrid,

Félix José Hernández.

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