Foto: Tienda de souvenirs cubanos en la Calle 8.

París, 14 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Como hoy tengo tiempo, me he sentado a escribir estos recuerdos sobre las Navidades pasadas en el Nuevo Mundo.

Pedro, el esposo de Julia, mi amiga más dinámica, nos llevó al Mall Las Américas. Ese centro comercial, como todos los de su tipo, está repleto de tiendas que compiten en banalidad, como en Francia. Cerca de mi hogar se encuentra Créteil Soleil, con sus 340 tiendas, 24 cines, 32 restaurantes, tres hoteles y aparcamiento para 5,000 coches, pero allí se hace difícil encontrar un sólo objeto que se pueda calificar como bello o de buen gusto.

Los padres de Pedro regresaron a Cuba en el 1960 como repatriados, él tenía cinco años. ¡Qué embarcada le dieron! Desembarcaron del ferry en San Cristóbal de La Habana con banderas del 26 de Julio, entonando cantos de victorias revolucionarias, en unión de otros familiares.

La más «compañera» era la tía Teresa, sería presidenta de uno de los heroicos C.D.R. y terror de su cuadra en el habanero barrio de Lawton. Las paredes de su sala estaban decoradas con los diplomas de combatientes internacionalistas de sus vástagos y con las fotos de  Fidel, Camilo y el Che. Pero cuando llegaron los años ochenta, de pronto desaparecieron de las paredes los diplomas y las fotos de los héroes y mártires. Una imagen de San Lázaro, que después supe que había estado escondida por más de 20 años en un armario, apareció sobre el refrigerador, al lado de dos botellas de licores en formas de torero y maja, reliquias del antaño odiado capitalismo.

Tíos, primos y padres de Pedro, reclamaron la residencia a los ex odiados EE.UU., que habían tenido en los años cincuenta. Así después de haber vivido casi tres décadas de socialismo real, regresaban sin nada, para residir de nuevo en las entrañas del ex despreciado «monstruo imperialista». No fue culpa de Pedro, sino de la poca visión del futuro de sus padres.

Manolo pasó de nuevo por la casa, esta vez, como pelirrojo, pues resulta que su esposa se hizo un tinte caoba y con lo que le sobró, tiñó a su esposo. La leyenda cuenta que la reina austriaca de Francia Marie-Antoinette, en una noche encaneció y a Manolo le pasó lo contrario. El me enseñó la billetera, recuerdo de nuestro amigo común Carlito, el cual falleció de cáncer hace un par de años. Como era piloto de Cubana de Aviación, volaba a París y bastantes favores que me hizo, llevándome correspondencia, fotos y regalos para Cuba, para mis amigos y familiares.

Cuando subes al auto de Manolo, al arrancar, lo primero que te ocurre es que te lanzan un chorro de aire frío al pecho, capaz de partir al mejor pulmón y otro a las rodillas que te congela. Yo no comprendo esa obcecación por el frío. En la casa de Luisita hay unas persianitas en el techo de la habitación en la cual dormíamos, de donde salía un chorro helado que caía exactamente en el borde derecho de la cama en donde yo debía dormir, por lo cual tenía que dormir pegado a mi esposa, en el otro extremo del colchón, huyéndole al chorro. En el cuarto de baño pasa lo mismo, el chorro cae frente al lavabo, por lo cual uno está obligado a secarse y vestirse dentro de la bañadera y después, dar un salto hasta la puerta o pasar pegadísimo a la pared, para evitar coger una pulmonía después de haberse duchado con agua caliente.

Fuimos con Eva y su esposo al restaurante Las Culebrinas y allí soporté estoicamente un chorro de viento, más que aire, congelado, que me golpeaba la frente, mientras me comía un copioso y delicioso enchilado de camarones. Cuando Eva se lo dijo al camarero, éste me respondió: “tranquilo, tranquilo, lo resuelvo enseguida”. Aún estoy esperando a que lo resuelva.

¿Por qué a menudo me decían: tranquilo, tranquilo? ¿Seré yo un intranquilo?

Eva es encantadora, es parte de mis recuerdos más bellos de infancia. Ella me llevaba a pasear y para su casa, que estaba al doblar de la mía. Era una casa de madera con techo cubierto por tejas acanaladas, tenía un gran patio con arecas. Allí me permitían bañarme bajo el aguacero o con manguera. Su madre Fermina, siempre me defendía cuando la mía me castigaba. Allí vivían Doris y Ada, la primera tenía unos ojos grises espléndidos, hoy vive en West Palm Beach, la segunda vive en New Jersey y aún hoy día no he podido volver a verlas.

Una vecina de Eva que se llamaba Inmaculada, era pequeña, canosa, con bozo, pero… al fin se casó con su primer y único novio. Cuentan en el pueblo que recién casada, Inmaculada se puso los bigudís, se cubrió el rostro con cold cream y se fue a la cama. Cuando el recién estrenado cónyuge, alzó el mosquitero, al verla le dijo: “espérame un momento, voy a la bodega del negrito Estrada a comprar una cajetilla de Partagás, vuelvo enseguida”. Pero Inmaculada, desconsoladamente, como una Penélope camajuanense, lo esperó hasta el último día de su vida, tejiendo sueños en su mente. ¿Se habrán visto en el más allá? Sólo Dios lo sabe.

De niño, para mí la belleza femenina estaba representada por Eva. Cuando nos mudamos en febrero del 1959 para San Cristóbal de La Habana, busqué su dirección, allá en la calle Consulado, casi llegando al mar. Aquella calle, por la cual yo bajaba desde San Rafael, cargada de anuncios lumínicos, lo cual le daba un aire de árbol de Navidad gigante. Estuve yendo a su casa a lo largo de los años sesenta, vi partir para los EE.UU. a Eva y a todos sus hermanos, hasta que Fermina y Antonio se fueron por último. Allí iba los domingos a comer los deliciosos platos que me preparaba Fermina, como su arroz con pollo legendario. Después me sentaba en un sillón, demasiado grande para mí, a oír música por un radio enorme que tenía teclas color crema.

Fui a la boda de Eva, en la notaria del edificio Giralda en Galiano y Concordia, también a la boda en la iglesia presbiteriana en 25 y K en el Vedado. Recuerdo que Doris y Ada estaban espléndidas, con sus trajes malvas de damas de honor.

Durante años pasé por aquella hoy oscurísima calle Consulado y miraba para el balcón del tercer piso, teniendo ganas de gritar: “Fermina, tírame la llave”. La buena Fermina falleció en Miami antes de que yo pudiera verla de nuevo. Por ello es que la recuerdo joven, llena de vitalidad y cariñosísima.

Del restaurante, seguimos para el Teatro Las Máscaras y vimos una comedia: ¡Se murió el viejo Abadía en un Motel de Hialeah! Nos reímos muchísimo, pues la obra trata de la historia de una pareja que tiene que irse para un motel, pues le llegaron 12 balseros, familiares del marido, al mismo tiempo y todos han cambiado mucho moralmente. Pero en el motel la vida no es nada fácil, pues una jinetera trabaja allí y un viejito quiere romper récords gracias al viagra. Todo y todos se enredan en un cubaneo intensísimo.

Al terminar la función nos fuimos al restaurante Versailles a souper a la cubana, con chocolate espeso y pastelitos de guayaba.

Eva nos contó sus aventuras con los alumnos balseritos acabados de llegar y de nombres impronunciables, así como con otros alumnos americanitos de pura cepa y que a todo responden: Oh yea! Pero la forma de contarlo de ella merecía ser filmado.

Allí una señora saludó muy afectuosamente a Eva y se puso a conversar con nosotros, me dijo que en París la habían escupido por ser americana. Me pareció un poco paranoica. En un momento en que la señora escupida se levantó para saludar a otros señores que llegaban, Eva me confesó que no sabía quién era. Al final se despidieron muy amistosamente, sin embargo aún mi amiga no había dado pie con bola sobre quién podría ser la señora escupida.

Al llegar al elegante coche, el esposo sacó una gran bolsa del portamaletas y nos cubrió de magníficos regalos. Estoy seguro de que ambos tuvieron mucha suerte en la vida, lograron escapársele al líder máximo en el 1960 y fundaron una bella familia.  Ellos viven en un magnífico inmueble muy cerca del Hotel Fontainebleau Hilton, en un bello apartamento con vista al océano, separado de éste sólo por la piscina y el jardín.

Recuerdo que volví a ver a Eva hace unos años. Nos habíamos dado cita en el vestíbulo del París International Hilton. Yo iba con mi esposa e hijo y un bello bouquet de flores que había despertado la curiosidad de mis colegas, a los cuales había dicho que era para regalar a una mujer sublime. Al llegar al hotel, Eva me reconoció y me abrazó al mismo tiempo que decía: ¡Mi bebé! Mi hijo adolescente empezó a reírse y aún hoy cuando quiere burlarse de mí y de mis canas me lo recuerda. Eva y su esposo forman la única pareja de cubanos que conozco, que ha recorrido prácticamente toda Europa.

Ahora te enumeraré algunas “perlas” que pude escuchar en Miami:

-Ese país es un desastre (España), los gallegos son unos puercos, no se bañan, allí se pasa hambre y además todos son comunistas.

-No quiero ni acordarme de ese país (Venezuela), allí viví unos días terribles, vivía aterrorizada.

-Yo estoy seguro que tú te dejarías cortar una mano, por tal de quedarte a vivir aquí en Miami.

-Creo que a mí me gustará más España que Francia, pues España es menos vieja.

-¿En Francia hay carros?

-Los dólares son más bonitos que los euros.

-El Papa es el representante del Diablo en persona.

-Todos los franceses están locos por venir a vivir a Miami.

-El día de Nochebuena «reinó» muchísimo.

-Llámame pa’trá.

-En París escupen por la calle a los americanos.

-Los franceses no se bañan y quieren más a los perros que a los niños.

-¡Perrrrrmiso para pasarrrrrr! (en un supermercado)

– Pero niña: ¡Enjóyate la vida!

Una de las mejores “perlas” fue cuando le pregunté en broma a un niño de ocho años: ¿Cuántas novias tienes? Me respondió dándome un puñetazo y el abuelo me dijo: – Félix José no te pongas bravo, pero… éso no se le pregunta a un niño, pues después sólo piensa en el sexo y no estudia.

Curiosidades: ¿Por qué en algunas casas te reciben en la cocina? En otras, los juegos de comedores, con mesas de cristal, están de decoración, así como también los juegos de sala. Muchas casas deberían de tener cocinas gigantescas, pues salas y comedores son espacios inútiles.

Fui con Carlito a Boca Ratón. ¿Por qué un lugar tan bonito tiene un nombre tan feo? Visité el International Museum of Carton Art. Allí encontré prácticamente a todos los personajes de mi infancia: Tarzán, Batman, Superman, El Reyecito, Lulú, etc. Me compré un bello Félix the Cat en peluche. El museo está en un hermoso inmueble de arquitectura neocolonial, que se alza en una magnífica avenida, con cuatro filas de majestuosas palmeras reales.

De allí fuimos a buscar un yate a unos depósitos enormes, donde había decenas de ellos.  El propietario parecía salido de un filme de los años cuarenta: delgado, piel curtida por el sol floridano, gorrita de los Marlins azul cielo con pez espada, camisa a cuadros de leñador canadiense, jeans azules y zapatillas deportivas. Tomaba notas en un cuadernillo con un lápiz amarillo, que descansaba entre oreja y gorra.

Salimos en desfile imponente después de saludar al personaje, tirando del yate por toda la carretera, para llegar a las puertas de Miami, a una dársena, que es un club del cual Carlito es socio, para aparcarlo. Al entrar en el club, de nuevo haces un viaje al pasado. El ambiente era años cincuenta. Una fila de fotos de antiguos presidentes del club, adornaba las paredes, todos hombres bien parecidos, con elegancia, con distinción.

  En la sala de billar dos jóvenes se divertían jugando con él. La cafetería estaba algo oscura, había una camarera de la tercera edad, muy eficiente pero que parece que le habían prohibido sonreír. Varios señores, entre ellos una pareja, todos de edad madura, almorzaban alrededor de la barra en forma de herradura. Se conversaba del mar, de la pesca, de temas marinos. Carlito me invitó a almorzar, a mí se me ocurrió pedir un bistec de palomilla. Me trajeron una verdadera “sábana” deliciosamente cocida, con maduros (así se llaman ahora los plátanos maduros fritos). Si no hubiera sido por la caja contadora, hubiera podido ser una escena de hace medio siglo.

Carlito es el anfitrión ideal, siempre listo para complacerte, para llevarte adonde quieras, pendiente de cualquiera de tus deseos o caprichos. Especie en vías de extinción. ¡Habría que catalogarlo en la lista de Greenpeace!

Pasamos toda una tarde y noche con Ruth, Albertico y todo el familión por mi línea materna miamense, en la casa de ellos. Albertico había asado un lechón en el patio, y Ruth había cocido platos típicamente caribeños, cuál más delicioso. La fiesta se desarrolló con música cubana, alrededor de la piscina. Desde allí llamamos a mi hermano a Italia, idea y cortesía de Albertico. Ese día cumplía ochenta años Marina y creo que fue una de las que más se divirtió. El ambiente era familiar.

Los patriarcas eran Delsa mi prima y Fifo su esposo, estoy seguro de que ellos deben de sentirse orgullosos de la familia que fundaron, todos hijos con nobles sentimientos, serios, trabajadores. Todo es el resultado del ejemplo y la educación que ellos han sabido dar durante toda la vida. Han sabido cultivar los buenos sentimientos y el sentido de los valores familiares.

En enero del 1959, en el lejano pueblo villaclareño de Camajuaní, los «compañeros» hicieron una tribuna en la calle y mostraron al populacho a todos los que habían sido empleados públicos, desde los oficinistas del Juzgado y del Ayuntamiento, hasta los policías. La plebe se dio gusto vociferando contra los que eran exhibidos, entre ellos mi padre. Era el Día de Reyes.

Al enterarse Delsa y Fifo, le escribieron a mis padres ofreciéndoles la casa de ellos en La Lisa, para que fuéramos hacia la capital a buscar trabajo, ya que ellos irían para el pueblecito de Perico, al central azucarero, como cada año, para la zafra. Fue así como nos fuimos a vivir a la capital, gracias a la generosidad de estos inolvidables primos.

Yo estaba en quinto grado y me matricularon en una escuela en Marianao, pero tenía que tomar un autobús y no teníamos ni un centavo, así es que cuando podía «jugar cabeza» al conductor, el medio del transporte me lo gastaba en comprarme africanas. Fue allí donde celebré mi décimo cumpleaños. Ese día me comí un masarreal y me tomé una Materva con la peseta que me regalaron, me quedaron un real y un níquel de reserva.

Me estoy disgregando, así es que vuelvo a la fiesta: estaban los dos hijos de mi difunto primo Luis, la chica que se llama Alina es de una belleza muy sensual, tropical, vestía de rojo y negro como la Carmen de Merimé. Su hermano, al que yo no había visto desde hacía 20 años, se interesó mucho por las anécdotas que yo le contaba con respecto a su padre, al que me parezco mucho según él.

También se encontraba mi tía política Etelvina, viuda de mi tío Marcelo, fue una agradable sorpresa. Ella estaba en Miami, invitada por su nieta Marietta.

Etel sigue delgadísima, talla 36 francesa, parece como si los años no pasaran por ella, sigue siendo cariñosa y amable, algo clásico para su generación. Yo le dije a mi esposa: “Mira, creo que serás así como Etel, dentro de 30 años”. Lo que provocó un ataque de risa a Tony, el hijo de mi primo Onelio.

Tony tiene un repertorio de chistes increíble, puedes pasar horas con él y llega el momento que ríes tanto que no puedes más. Desde niño fue especial, recuerdo cuando le operaron un testículo y le pusieron un hilo con un plomo para que lo mantuviera bajo, pues tenía tendencia a subir. Aquel fiñe jugaba a la pelota, saltaba y corría con el hilo y el plomo que se le salían por las patas de los pantalones cortos. Mi madre se preocupaba pensando en la posibilidad de que se le enganchara el hilo con algo y sufriera un desgarramiento, pero Nancy, la madre, respondía: “no te preocupes, él está acostumbrado”.

Un gran abrazo desde el otro lado del mundo, te recuerdo siempre con gran cariño y simpatía,

Félix José Hernández

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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