Recuerdos de mi pueblo villaclareño de Camajuaní

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Foto: El parque de Camajuaní.

París, 26 de abril de 2020.

Querida Ofelia:

Llevamos ya 41 días de confinamiento en nuestro apartamento parisino. Aunque ha bajado el número de víctimas del coronavirus, siguen siendo centenares cada día.

Me dijo mi prima Aurelita por teléfono, que había muerto Nenita en Camajuaní. Cuando yo era niño, ella vivía en una casa situada en la misma acera de mi casa, estudiaba en la Universidad de Santa Clara, para ser Doctora en Pedagogía. Era la única persona en aquella cuadra que estudiaba a ese nivel, por lo cual yo la admiraba. Su madre, que se llamaba Consuelo, era una buena persona, yo llevaba gelatinas o flanes que mi madre me preparaba y Consuelo los ponía en su refrigerador. En aquella época en el terruño, tener un refrigerador era un lujo.

Al lado de ellos vivía el teniente Santos con su familia. Su esposa Juanita, amiga de mi madre, era una señora muy amable, ella siempre me regalaba durofríos. Tenía una hija llamada Luisa, que estudiaba para ser maestra normalista. Cada noche Luisita se sentaba en un sillón al lado de la ventana con su novio Manolo enfrente, a enamorar, mientras Juanita se quedaba dormida en el gran sillón mirando: «El Casino de la Alegría», «Jueves de Partagás», «Reina por un Día», «Aquí todos hacen de todo», etc.

El teniente Santos fue trasladado para Santa Clara en 1958. En eso llegó el Coma-Andante y «mandó a parar». Santos fue fusilado por la “justicia” revolucionaria barbuda. La casa de Juanita fue intervenida por el Ministerio de Bienes Malversados. Ella, Luisita y Manolo terminaron en el exilio miamense.

Al lado, siguiendo por la misma acera estaba el Juzgado Municipal, era por eso que en las dos esquinas había sacos de arena con soldados «casquitos», para proteger el Juzgado y la Junta Electoral, que se encontraba enfrente. Los «casquitos» eran simpáticos, bromistas, casi todos muchachos campesinos que ganaban solo 33 pesos al mes. Cuando yo venía de la escuela, me iba a la esquina a hablar con ellos y una vez me dejaron tocar la ametralladora, después yo contaba esa historia muy orgulloso de «mi hazaña».

Al lado de la Junta Electoral vivía una familia que yo pensaba que eran ricos pues iban de veraneo a Varadero, símbolo de alto estatuto social en mi terruño. El señor era dueño del Café La Marina, el más grande del pueblo, que estaba ubicado frente a la glorieta del parque. Tenía una hija llamada Pupy, una niña de mi edad que era bellísima. Tenía una gran cola de caballo, ojos pardos brillantes y montaba su bicicleta azul y plateada como una amazona cubana. Yo lógicamente me enamoré de ella. ¡Fue la primera vez en mi vida que me enamoré! ¿Dónde estará ahora? Es posible que sea una gentil abuelita.

En la acera de enfrente vivía una chica con nombre de reina: María Antonieta. Hoy día vive en Canadá. Era linda y simpática y, para su dicha o desgracia, me había enseñado a jugar al Monopolio, por lo que yo iba en las calurosas tardes de las vacaciones de verano a su casa a jugar con ella.

En aquella época yo estaba en cuarto grado, mi maestra era Oneida Oriosa. Los viernes se hacía el Acto Cívico, el mejor alumno de cada clase recibía una medalla, que tenía derecho a lucir sobre el pecho durante una semana.

A pesar de todos mis esfuerzos por ganármela, la Sra. Oriosa no me la daba y así yo decidí dejar de hacer esfuerzos, pues de todas formas no me ganaría nunca la ansiada medalla. Al final del año, el alumno que más veces hubiera ganado la medalla semanal, recibía El Beso de la Patria; lógicamente me quedé sin que la Patria me besara.

En quinto grado tuve a Veneranda Rojas, una buena maestra. Ella tenía un huerto al lado de su casa, al cual nos llevaba a trabajar, fueron mis primeros trabajos obligatoriamente voluntarios. Esta señora poseía un apellido que pronosticaba los cambios históricos y gloriosos que se avecinaban.

Al doblar de la esquina del juzgado estaba la bodega de Calbera, donde nosotros comprábamos los víveres con una libreta de crédito. Al final del mes cuando mi padre cobraba su sueldo, lo primero que hacía era ir a pagar a la bodega, como yo le acompañaba, tenía el derecho a escoger el regalo mensual de Calbera, que consistía en una lata de dulce de frutas en conserva Del Monte. Escogía la de melocotones o a veces la de coctel de frutas, para pescar en la dulcera las cerezas, cuando mi madre la traía a la mesa esa noche del primer día de cada mes. Para mí era una especie de fiesta dulcera, para empezar el mes con buen pie.

Como anécdota te contaré que el señor Calbera nos retiró el crédito el dos de enero de 1959, al quedarse mi padre sin trabajo. Su bodega sería expropiada por la revolución. A Calbera no le interesó si nosotros no teníamos nada para cocer en la caldera.

Cerca de la escuela a la cual asistía, vivían los “primitivos” del pueblo y cuando pasábamos por allí, mi madre me prohibía mirar hacia el interior. Un día me escapé de la escuela a la hora del receso con Julito, otro niño, y nos fuimos a mirar por la ventana de la casa. Era un dormitorio estilo Escuela en el Campo revolucionaria, consistía en una hilera de catres llenos de tierra y de suciedad con rústicos armarios cerrados con cadenas y candados. Por el centro paseaban gallinas y otros animales, al fondo, en un gran fogón de carbón estaba la desaliñada y pobre madre. Ella al vernos, vino tras nosotros con una escoba de palmiche en mano, cubriéndonos de insultos. Creo que jamás corrí tan rápido, saltamos la cerca de la escuela a gran velocidad, en el momento que tocaba el timbre. Al verme empapado de sudor y agitado, Cuquita la empleada de la limpieza, me preguntó qué me pasaba, pero yo ni podía hablar. Por suerte mi madre nunca se enteró.

Se trataba de una familia parecida a la de los Thénardier de Los Miserables. El día en que murió el padre, lo vistieron con la ropa del único hijo que estaba ausente. Este llegó en el momento del entierro, abrió el ataúd y le quitó la ropa al padre muerto. Se fajaron todos y dieron un escándalo memorable, que forma parte de los cuentos del pueblo.

El que había desvestido al padre, regresó corriendo a la casa y a continuación los demás. Se batieron de nuevo por el turrón de maní y la pasta de guayaba, que el viejo había dejado como herencia en su caja de bacalao encadenada.

Este cuento yo lo oí de niño de boca de Cusita. Esta señora venía a casa a poner inyecciones cuando no estaba ebria, era todo un personaje, borracha y parrandera. Vivía en compañía de su madre, tías y abuelas, todas señoras delgadísimas, vestidas siempre de negro y con pocos o ningún diente. A mí me recordaban a la bruja de Blancanieves y por eso les tenía miedo.

En todo caso, su hermano y ella fueron expedidos «manu militari» para los  EE.UU. por el puerto del Mariel en el 1980 y ahora ellos descansan en paz en tierras norteamericanas.

Yo pasaba siempre en bicicleta frente a la casa de Cusita, pues me gustaba bajar la loma del tanque del acueducto hasta su base, en donde se encontraba la gallería, a la cual iba a menudo los domingos por la tarde con mi padre, a ver las peleas de gallos, espectáculo que hoy me parece horrendo y que sin embargo entonces me gustaba. Allí conocí al coronel Rojas.

Unas semanas más tardes fuimos en un jeep hasta la playa de Juan Fanguito, a llevarle un lechón asado de parte del coronel Hernández. Para mí fue una aventura, pues ese día me levanté a las cinco de la mañana.

Recuerdo que el coronel Rojas me ofreció un batido de mamey y me dijo que fuera soldado, para que llegara a ser coronel como él. Pocos meses después vi en la revista Bohemia las fotos de su fusilamiento. En el año 1959 aún los condenados a muerte podían recibir una atención religiosa y hablar. En el momento en que ya estaba frente al paredón, pidió permiso al jefe del pelotón para decir algo. Se le concedió y dijo con una voz muy resuelta:

«¡Viva Cuba, muchachos! Ya tienen la revolución. Ahí se las dejo. ¡No la pierdan!».

 Terminó diciendo: «Estoy a disposición de ustedes».

Las fotos lo mostraban en el césped con los ojos espalancados, en un charco de sangre y con la mitad de la cabeza destruida.

En mi adolescencia oí hablar a menudo de fusilamientos, pues varios personajes de mi niñez murieron en esa forma.

Cuando era niño mis fiestas más bellas fueron en Patio Club y en Piscina Club, dos clubs campestres, en los cuales había unas vitrolas que dejaban escuchar sin cesar «Frenesí» y «Tequila». Los asientos eran taburetes de piel de chivo y las servilletas y manteles de papel. También pude ir varias veces a los bailes de la Colonia Española, en la cual, lujo supremo, se presentaban para los grandes acontecimientos, algunas orquestas que venían desde la capital, como La Aragón o La América.

Me he dado cuenta de que  estoy contando demasiados malos recuerdos,  prometo que la próxima carta será de cosas más agradables.

Pero es que cuando me pongo a escribir, según las cosas me vienen a la mente las escribo y el resultado final no siempre es feliz.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares, tan lejos físicamente de mi añorada Cuba.

Te recuerdo con gran cariño y simpatía y cuídate mucho. ¡Quédate en casa! Salva tu vida como Ulises, no te dejes engañar por los cantos maléficos de las “sirenas”.

Félix José Hernández.

 Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». Les Éditions du Net, 2019.  

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