En Segres, en su Escuela de Matemáticos, en su punta geográfica portuguesa impresionante, los lusos, gente que normalmente los demás ibéricos, de siempre, quieren como empujarlos y echarlos al mar, o que se diluyan entre ellos, a pesar, nos enseñaron a navegar en altura marina con precisión científica a todos los demás reinos, porque de siempre han tenido y tienen su mirada puesta en la Mar Oceana Atlántica, que llega a sus costas con una majestuosidad y una grandeza única.

Desde los tiempos del príncipe don Enrique el Navegante en adelante; desde que el navegante lusitano Gil Eanes, en 1.434, dobla, sondando con mucho temor y cuidado la sorprendente poca profundidad del africano Cabo Bojeador o Bojador por efecto de los vientos alisios que empujan las arenas del desierto a la mar, los lusitanos, sus naves; las popas de sus naves y sus estelas de conocimiento marinero, sirvieron de ruteiro para las naves de los demás reinos, entre los que destacaron las gentes y armadores andaluces españoles.

El mar o la mar libre, siempre estuvo en el ánimo del marinero pueblo luso, y no fueron ellos, precisamente, los que intentaron ponerle fronteras a las aguas de la mar; porque su marca, su anuncio de haber estado en tierras lejanas e ignotas para el corto saber Mediterráneo, fueron unos simples montones de piedra que, generalmente, con rabia y desprecio desmoronaban después las naves que ondeando otros pabellones, arribaban siguiendo las velas de las naves portuguesas.

Ese incipiente desprecio, rabia y falta de respeto hacia todo lo portugués, de inmediato tomó cuerpo y base en el papado de Roma, que encontró, o a la inversa, en el reino de Castilla, un aliado perfecto supuesto que Portugal, sus monarcas, su nobleza, primero miraban por sus súbditos, y si sobraba algo de sus inquietudes atendían los asuntos religiosos.

Todo lo contrario al proceder de Castilla y otros reinos europeos, que lo primero del todo era atender la religión, y, si sobraba algo, lo empleaban en sus súbditos. De ahí que no falten en Castillas los reyes Santos, o Sabios, o Buenos, a criterio siempre del papado y en función de lo aportado a una secta religiosa que no produce otra cosa que no sean ceremonias escandalosas en boatos y riquezas.

Ir de la mano del papado para Castilla, un reino de gente de la tierra adentro temerosos incluso con la sola visión del mar, y sin interés alguno por cualquier ciencia que no fuera la teología, que incluso se llegó a decir que era la que mejor, el rezo, fijaba una nao en la mar, el parasitar el trabajo marinero de los portugueses en comandita con el clero vaticano, le venía muy bien a la economía de los estados; pero muy mal para el rigor histórico de la narración y conservación de los hechos acaecidos en su momento que caían del lado y hechura portuguesa.

El Oceano Indico y la Mar Oceana Atlántica, en referencia a las primeras quillas de arqueo considerable que agitaron sus aguas, fueron naves portuguesas, y el hecho de que el papado se viera, con la presencia portuguesa en el Indico, apartado de un negocio tan rentable como era el de la especiería por la vía oriental marítimo-terrestre, le hizo intervenir con rabia junto a Castilla, para tratar de apretar todo lo que pudo, y pudo mucho, en perjudicar los intereses comerciales de los portugueses.

Y el hecho de ponerle fronteras a la mar con tratados como el de Tordesillas y otros que se dieron, tuvieron como objeto principal limitar el navegar de las naves portuguesas, exploradoras primeras de las islas oceanas atlánticas y de los ricos mercados índicos de las tierras orientales a Europa.

Pronto, muy pronto, desde la sumisa y corrupta Europa, volveremos a presenciar “otro tratado de Tordesillas”, porque Portugal, Lisboa, sin comunidades, y castigando al político delincuente con una justicias que está cumpliendo mucho más que el resto de la europea, y qué decir de la española, nos está enseñando como se navega y se vive apartando y castigando sinvergüenzas de la vida pública.

PortugalSalud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

2 COMENTARIOS

  1. HOMBRES DE MAÑANA

    El humano,
    que tiene que venir
    si lo dejamos,
    por un alba futura
    a sentar su trono
    de hombre rey,
    tendrá que traer,
    si tiene,
    cántaros llenos de nada,
    canciones
    sin son, letra, ni tono.

    Y será así,
    porque cuantos vagamos ahora
    rodeados de palabras bonitas,
    de gestos rimbombantes,
    de tanto amor filial,
    por entretenernos,
    nos matamos,
    y en los versos
    decimos,
    que poco más,
    somos gigantes.

    Para burlar a la muerte,
    el humano que viene,
    que no traiga dios alguno
    ni campana,
    que se dedique a limpiar
    tanta mentira que reina,
    porque la vida,
    si merece la pena
    y vale,
    es porque se puede acabar
    simplemente
    al doblar una esquina.

  2. Escriba algo del Conde de Bobadilla, artículo de este mismo diario, donde se encumbran los nobles que aun exhiben estos títulos como muestra de poder e importancia. Hablar o escribir con admiración en pleno siglo XXI sobre estos dispensados personajes resulta por lo menos inoportuno.

Deja un comentario