La España actual está viviendo una profunda crisis de identidad que la desgarra desde el interior y pone en duda su historia y su destino como nación, donde los viejos fantasmas vividos en el período 34/36 se despiertan y nos reenvían a la mal cicatrizada herida de la ruptura del imperio.

Esta herida se abrió por primera vez a principios del S XIX con la atomización de los territorios americanos. Esta disgregación fue, en parte, causada por el agotamiento que supuso para España la lucha por liberarse del yugo de Napoleón y por la trama urdida por Inglaterra, con la inestimable ayuda de la francmasonería y de una porción de los criollos.

La trama tenía como objetivo resarcirse de las innumerables derrotas infringidas a Inglaterra por España en los 3 siglos precedentes y escindir desde el interior los territorios americanos, para crear un nuevo monopolio comercial a beneficio de la industria inglesa que, además, pretendía suplantar la moneda hispana, es decir, el «real de a ocho», como moneda internacional de intercambio y de reserva, por la libra.

Este fue un proceso largo y doloroso que condujo España a vivir varias guerras civiles y concluyó con la pérdida definitiva de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898.

Este conjunto de circunstancias históricas ha hecho dudar a la nación española no solo de su destino sino también de su pasado, olvidando sus gestas gloriosas, sus descubrimientos, el impacto de sus universidades y lo que estas habían aportado al mundo.

Al mismo tiempo, empezaron a extenderse falacias sobre su comportamiento y la criminalidad de sus instituciones, así por ejemplo, la Inquisición española empezó a asociarse al oscurantismo, a la intolerancia y a la represión, frente a hechos como la Revolución Francesa, cuya imagen simbólica asociada es “libertad, igualdad y fraternidad”, revolución que no obstante produjo en tan solo 10 meses casi 40.000 ejecuciones, frente a las 2.500 de la oscurantista Inquisición española en “tan solo 350 años”. Y este ejemplo no es el único, los españoles han ido asumiendo que no solo eran ladrones, violadores, genocidas, difusores de enfermedades y explotadores; hasta han intentado hacerles creer que su expansión industrial en América es la que está causando el cambio climático.

Las dudas sobre si mismos han generado un proceso de introspección social que dejó entrar en su estructura, en su ADN colectivo, en sus universidades, en su clase política y en el pueblo llano, la «leyenda negra», sin preocuparse por poner freno a su expansión en Hispanoamérica. Y así hoy podemos leer :

«si los españoles lo hicieron tan bien y los territorios en América estaban tan desarrollados, ¿por qué ahora las repúblicas hispanoamericanas, ex colonias españolas, tienen tan bajo nivel de desarrollo respecto a las ex colonias británicas o francesas?” y algunos llegan a decir “hubiera sido preferible que nos colonizaran los ingleses, así hoy seriamos ricos”.

Estas preguntas y/o afirmaciones, tienen múltiples respuestas, que casi siempre conducen a las mismas conclusiones y abren espacios de esperanza y de un renovado impulso.

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