Necesidad de asumir un enfoque científico ante la Epidemia

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José Gabriel Barrenechea.

Hasta ahora en Cuba se ha dado por sentado, más allá de toda duda, que la Covid es una enfermedad de una letalidad muy superior al catarro estacional, y en consecuencia no se ha hecho nada por demostrar la adecuación de esa hipótesis a la realidad. Lo cual viola el espíritu de la Ciencia, porque la misma implica una constante puesta en duda y consiguiente comprobación, con observaciones y experimentos, incluso de nuestros conocimientos en apariencias más incuestionables.

La causa original de esta violación es comprensible: Estaban en juego las vidas de seres humanos, por lo que el asumir el peor escenario probable resultaba la mejor opción. Ya que de ser ese el caso con esta enfermedad, pero en cambio haberse decantado por una visión de su letalidad que requiriera de una respuesta menos urgente, podrían haberse perdido innumerables vidas antes de corregir el rumbo.

Mas lo que resultaba explicable en un principio: el concentrarse por completo y sin distracción en el peor escenario posible, no lo es ya al cabo de los meses. Sobre todo cuando mucho lleva a hacernos sospechar que no estamos ante la reedición de la Peste Negra, y ni tan siquiera de la Gripe Española de 1918, en que muchos creen vivir.

Dar por sentada una hipótesis o teoría, no mantener de manera constante una actitud de moderado escepticismo hacia ella, no es Ciencia, sino Dogma. Explicable en determinadas situaciones de urgencia, cuando la vida humana está implicada en el asunto, pero nunca sostenible a largo plazo.

Admitido lo anterior, debemos pasar a entender también que los experimentos y observaciones que sirvan para comprobar la adecuación a la realidad de una teoría o hipótesis, no pueden ser ideados desde dentro de ellas mismas. Porque muy difícilmente desde el interior de una hipótesis o teoría seríamos capaces de ver algo más que lo que reafirma su veracidad, mientras se nos escapa lo que no. Lo experimentos y observaciones que sirvan para comprobar tal veracidad solo se los puede idear desde afuera, desde otras teorías e hipótesis que entren en contraste con la sometida a comprobación. Y es que en esencia no contrastamos nuestras ideas con la realidad, algo en extremo complejo, sino que contratamos la adecuación a la realidad de nuestras diferentes ideas sobre un mismo problema.

La Ciencia por tanto se basa en la incansable contrastación de una teoría o hipótesis principal con un conjunto de otras que surgen a su alrededor, y cuyo surgimiento debe de ser promovido, o de lo contrario recaemos de manera inevitable en el Dogmatismo.

Cuando esto no ocurre así, y se impone cual incontrastable una única teoría desde el argumento de autoridad, lo que se hace en realidad es promover en el público la sospecha, acertada siempre, en que la tal imposición responde no a otra cosa que a los intereses extra científicos de los dogmáticos.

Hecha esta introducción, nos es evidente que en el caso de la Covid en Cuba, tras haber desaparecido la urgencia inicial, lo que cabe es volver al enfoque científico del problema. Lo cual implica proponernos hipótesis que contraten con la asunción inicial, y que al mismo tiempo no entren en contradicción con los datos de la enfermedad que poseemos al presente.

Partamos de que nada de lo poco que conocemos sobre la epidemia en Cuba, y en el Mundo, descarta la hipótesis de que es esta una enfermedad que, por alguna causa que desconocemos, tiene un grado de mortalidad muy diferente en dependencia de lo socioeconómico.

Nada descarta la idea, la cual asumimos y presentamos cual contraste de la asunción inicial, de que por causas desconocidas es esta una enfermedad que tiene un grado de mortalidad muy superior al catarro común en áreas desarrolladas (aunque, aun sin atención médica, mucho menor que la de la mayoría de las epidemias humanas anteriores); mientras que en el otro extremo, en las áreas de desarrollo muy bajo, en cambio evoluciona de manera bastante menos mortal.

Cabe observar que en las áreas desarrolladas los individuos disfrutan, entre otras ventajas, de condiciones de asepsia muy superiores a las de la media global. Por lo que cuentan con sistemas inmunológicos menos inteligentes, con menor capacidad de adaptación a la hora de enfrentar a los nuevos agentes patógenos que consigan transmitirse incluso en medios tan poco apropiados para ello como los del Desarrollo (otra probable explicación sería la menor abundancia de Vitamina D en las regiones desarrolladas, mas ambas no pasan de elucubraciones).

De hecho, los datos escasos y poco fiables que se han hecho públicos hasta ahora, sugieren, como ligeramente más probable que la hipótesis de una letalidad global uniforme, la de que es esta una enfermedad con cierto grado de letalidad, por encima de lo tolerable, en Europa y Estados Unidos, mientras que en África subsahariana y la India en cambio se comporta casi dentro de los parámetros de cualquier brote de gripe.

En primer lugar, es evidente que dadas las mayores posibilidades tecnológicas en esas zonas desarrolladas, se realiza allí un mayor número de pruebas, y con una fiabilidad también mayor. En consecuencia se identifica en las mismas un mayor porciento de infectados que en las zonas menos desarrolladas. Las cuales en realidad en muchos casos carecen de las tecnologías, o del personal formado para su uso adecuado, o incluso de los sistemas de estadísticas creíbles para reunir y elaborar todos los datos obtenidos.

Lo casi incuestionable es que el número de no detectados, por cada detectado, es muy superior en África Subsahariana e India, que en Europa y los Estados Unidos. Así que si tenemos en cuenta que la mortalidad por la enfermedad en África Subsahariana e India, en base al número oficial de detectados, es ya menor a la de Europa y Estados Unidos, al incluir ahora los muchos más no detectados allá que aquí, solo nos queda por admitir que la enfermedad en sí presenta niveles de mortalidad todavía mucho menores en los primeros que en los segundos.

Por supuesto, la única manera de descartarnos de manera definitiva por una hipótesis u la otra: la de la mortalidad relativa muy elevada y uniforme para todo el planeta, o la de que solo lo es para sus zonas desarrolladas, sería encontrar un modo creíble de determinar qué porciento de la población global ha sido infectado hasta ahora, y tener voluntad política de hacer lo necesario para aplicar las pruebas correspondientes. La cual voluntad, sin duda falta.

No obstante, de nuestra misma hipótesis alternativa se desprende que hay lugares en los cuales hacer tales estudios no es tan urgente. Porque casi es evidente que la letalidad de la enfermedad allí es muy superior a la del catarro común: Estados Unidos, Gran Bretaña, España… sin embargo, en los países en desarrollo si lo es, porque quizás sus problemas de retraso económico estén empeorando innecesariamente, con las medidas drásticas de cierre de sus economías, que han importado de manera acrítica del mundo desarrollado. Ejemplo: Cuba.

Partamos de que en Cuba no resulta evidente que la enfermedad tenga de por sí, incluso sin atención médica, un elevado porciento de letalidad. Con los datos publicados puede lo mismo afirmarse que en Cuba la letalidad es baja por la superior asistencia médica, que, supongamos, por la mayor inteligencia del sistema inmunológico del cubano.

Un sistema inmunológico adaptado a vivir en un medio no tan aséptico como el del europeo o el americano, o incluso del miembro de las clases medias latinoamericanas o del Lejano Oriente. Un medio que obliga a ejercitarse constantemente a la inteligencia inmunológico cubana. Por ejemplo, el acceso al agua potable del cubano, incluso donde no lo hace de pozos abiertos a pocos metros de fosas sépticas u otras fuentes de contaminación, sino de acueductos, es más teórico que real, ya que el tratamiento de las aguas en Cuba es muy limitado, y luego debe viajar por unas redes envejecidas hasta la decrepitud, que no aseguran el aislamiento del agua que corre por ellas del exterior.

Nada nos asegura que la razón por la cual tan pocos cubanos llegan al estado crítico sea el protocolo de tratamiento cubano. Hablamos de un protocolo no muy diferente de otros, los cuales, sin embargo, no consiguen resultados tan espectaculares.

Nada nos asegura tampoco que la baja tendencia a la complicación de la enfermedad en Cuba se deba al sistema cubano de hospitalizar a todos los contagiados detectados, tengan síntomas o no. Ello solo sería cierto si ese procedimiento se aplicara en un lugar en el cual estuviéramos seguros de que el porcentaje de efectividad en la detección de la enfermedad fuera muy cercano al cien por ciento. Y muy por el contrario, algunos hechos nos llevan a sostener que lo resultados de las pruebas en Cuba no están dando más que la punta del iceberg de las infecciones.

La reciente caída en picado del porciento de asintomáticos entre los pacientes detectados, en una enfermedad en que constatablemente el porcentaje de asintomáticos es alto, algo por demás comprobado anterioridad también en Cuba, hace sospechar que la capacidad de detectar lo que flota bajo el agua ha disminuido de manera drástica.

Por otra parte, esa capacidad de detección parece no haber estado nunca ni remotamente cerca del cien por cien señalado en ningún momento. Así lo indican los resultados del único intento reconocido de conocer la real dispersión de la enfermedad, en mayo de 2020. Entonces se abandonó por unos días la práctica de destinar todas las pruebas disponibles a los sospechosos de la enfermedad, y se le aplicaron pruebas aleatorias a la masa de no sospechosos del país. Gracias a lo cual se detectó un significativo por ciento de contagiados, incluso en regiones donde no se había descubierto la enfermedad hasta ese momento.

Recordemos que por ese tiempo el número de contagiados que se detectaban cada día no pasaba de los ochenta, a consecuencia en gran parte de unas medidas de confinamiento y cuarentena mucho más estrictas que las de ahora (y quizás también al mucho menor número de pruebas diarias que se hacían en ese tiempo).

Según nuestro análisis de los escasos datos de aquellas pruebas hechos públicos, cuyas conclusiones aclaro no se han revelado todavía al momento en que se escriben estas líneas (finales de febrero de 2021), era de esperar que hubiese en Cuba, en dependencia del error en la selección de la muestra escogida para estudio, entre 3 000 y 20 000 contagiados. No obstante, en ese mismo instante solo había unos pocos cientos de enfermos conocidos.

Este rango de entre 3 000 y 20 000 contagiados es, repito, el resultado de cálculos propios. Hechos en base al único par de días en que en el informe diario del Ministerio de Salud Pública cubano se incluyeron los datos del número de muestreados, del número de infectados detectados entre ellos, además del lugar en que se detectaron (municipios de Pinar del Río y Las Tunas, donde no se había encontrado antes la enfermedad). Porque repetimos, los resultados oficiales de tal estudio nunca se han hecho públicos más de ocho meses después, como tampoco los del de prevalencia de anticuerpos contra la enfermedad entre la población, llevado a cabo también por esos ya bastante remotos días.

Es inevitable que este ocultar información esencial a la ciudadanía, junto a las incongruencias entre los datos presentados hasta ahora por las autoridades, y las conclusiones extraídas de esos datos por ellas (de tratarse supuestamente de una enfermedad de una letalidad intolerable), lleve a toda persona racional y de una inteligencia no anquilosada a formarse teorías conspirativas en la cabeza.

No le faltan a nadie razones “extra científicas”, creíbles de sobra, para dar en la idea de un muy probable falseamiento de lo que ocurre por parte de las autoridades. Por ejemplo, es evidente que si fuera cierta nuestra hipótesis de que la letalidad del virus está en dependencia del nivel de vida socioeconómico de la población (acceso a agua potable, asepsia del medio en que se vive, mayor o menor aglomeración en la vivienda, transporte… todo lo cual influye en la mayor o menor inteligencia del sistema inmunológico promedio), el que Cuba quede del lado de África Subsahariana y la India, y no de Europa y los Estados Unidos, no sería una buena noticia para las autoridades. Dejaría muy mal parados sus esfuerzos por hacer ver el nivel de vida en Cuba más cercano al del Mundo Desarrollado, que al del Cuarto Mundo.

Pero las razones para ese falseamiento también podrían estar en que, tras detener la economía, y sin otras vías para recuperarse a mediano plazo, las autoridades han preferido interpretar los datos como una demostración de la superioridad del sistema de salud cubano. Porque en un final, sin muchos logros que exhibir, en medio de una situación de crisis económica profunda, hacerlo contribuiría a justificar su elección de un determinado sistema político-económico-social que permite priorizar, o al menos lo pretende, la atención de salud sobre cualquier otra consideración.

Incluso también podría estar el interés por no perder el filón propagandístico, e incluso monetario, de conseguir una, o varias vacunas nacionales, para una enfermedad con una letalidad no tolerable.

En definitiva creer en teorías conspirativas sobre la manipulación intencionada de la información, de parte de las autoridades cubanas, se justifica plenamente en un Estado como el cubano, cuyas estructuras no es que se presten para el secretismo, sino que viven en él, y de él toman su fuerza. Aunque claro, en este artículo lo que debe importarnos en un final es esa no concordancia exacta entre los datos hechos públicos, y la hipótesis oficial para explicarlos, o el hecho de la posibilidad de interpretar esos datos según hipótesis alternativas.

Para despejar tales suspicacias, en el caso cubano particular recomendamos que las autoridades partan de revelar los datos de los estudios sobre prevalencia de la enfermedad, o de inmunidad desarrollada ante ella, ya realizados. A continuación que se impongan el tomar un porcentaje de las pruebas que se hacen a diario para aplicarlas a una muestra aleatoria nacional, y en base a sus resultados calcular la verdadera letalidad en un instante determinado. Habría, por supuesto, que decidir como hacerlo, ya que quienes mueren no lo hacen por lo general en el mismo día de su detección, ni los detectados con la enfermedad lo son en un mismo estadío de desarrollo de la misma, lo cual implica determinar en base a los datos de qué día anterior de detección referir las muertes de hoy; por ejemplo: cinco días, una semana… Finalmente podrían repetirse los estudios de prevalencia de anticuerpos, y cruzar sus resultados con la prueba anterior.

Descubrir la Verdad no solo es necesario porque el hacerlo sea una necesidad humana en sí misma. También porque en base a esa Verdad es que escogemos una de las posibles respuestas a cada uno de los problemas a que nos enfrentamos, y así definimos nuestro futuro.

Al decidir que la enfermedad tiene una letalidad a la que no se puede más que responder con un elevado nivel de restricciones a la movilidad y la proximidad humanas, de paso hacemos retroceder nuestra ya muy retrasada economía cubana. Esto causa que contemos con menos recursos de todo tipo, peor alimentación, recortes en medicamentos para otras enfermedades… En un final las restricciones provocan un retroceso de nuestro nivel de vida hacia estadios de desarrollo anteriores, en los cuales un determinado nivel de recursos solo podía garantizar una esperanza y una calidad de vida inferiores a los vividos hasta poco antes. O sea, que tenemos que tener en cuenta que si bien en el corto plazo las restricciones ayudan a salvar un determinado número de años vida por individuo en la sociedad en cuestión, el retroceso económico a consecuencia de ellas causará a su vez, en el mediano y largo plazo, una pérdida de esa misma magnitud sociológica (ya existen estudios para demostrar las ventajas de la Modernidad, en los cuales se usa la variación del número de años vida por individuo promedio).

Conocer el verdadero valor de la mortalidad de la enfermedad es por tanto vital para hacer nuestros cálculos entre las ganancias del corto plazo, y las pérdidas en el mediano y largo. Porque es claramente posible que el número de años vida por individuo que se preservan al dictar medidas de reclusión, se pierda a la larga, al disminuir la calidad de vida de los reclusos.

Una de las enseñanzas globales que esperamos nos deje está epidemia es precisamente esa, la de la necesidad de un cálculo racional, pasada la urgencia inicial. Un cálculo en nuestra respuesta ante las epidemias, que sea capaz de tener en cuenta el número de años vida por individuo que se perderían en una población en caso de no tomarse ciertas medidas, y los años que a su vez se perderán en ella de implementarse esas mismas medidas.

Descartar estos cálculos, “por inhumanos”, puede hacerse únicamente si en el fondo se es uno de esos creyentes fanáticos en que los “triunfos de la voluntad” subsanan las carencias que provoca una economía en retroceso. Todo lo cual puede ser muy reconfortante, pero nada práctico.

No obstante, hay efectos que no solo tienen que ver con el retroceso económico, y que resultan comprensibles hasta para quienes no están a bien con admitir el determinismo de lo económico en la calidad y duración de nuestras vidas. Por ejemplo también está el cambio de hábitos y costumbres que traen las medidas de confinamiento. Sobre todo las consecuencias de esos cambios en la generación ahora en la niñez.

La imposibilidad de hacer ejercicio al aire libre está por convertir a los niños contemporáneos en una generación de sedentarios, con las naturales consecuencias del sedentarismo para su salud y su esperanza de vida. En cuanto a sociabilidad, lo menos que puede decirse es que a los miembros de la última generación en llegar, el aislamiento les creará serios problemas para adaptarse a vivir en sociedades como las que hasta ahora hemos tenido. Sin duda, por ejemplo, en par de décadas variarán hacia el “aislamiento y la distancia” los patrones de una sociedad tan “próxima” como la cubana, lo cual debería preocupar más a unas autoridades tan interesadas en la conservación del ser nacional. Y sin duda debería preocuparnos a todos la interrupción por tan largos períodos de la actividad escolar. Ya que las sociedades modernas, basadas en la razón y la Ciencia, se han edificado en esencia sobre la escolarización universal.

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