Foto: Con la placa que me ofrecieron ese día.

París, 16 de junio de 2020.

En el Parque Rubén Darío de Miami, el 31 de julio se reunieron algunos miembros de mi familia residentes en esa ciudad y numerosos amigos de infancia, adolescencia y juventud para el homenaje que me ofreció mi pueblo de Camajuaní, organizado por el Camajuaní Social Club y la Revista Camajuaní. También asistieron el poeta Ángel Cuadra, presidente del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, el poeta Yndamiro Restano, el director de Cuba en el Mundo (Miami) Roberto Solera y el director de Cuba Nuestra (Estocolmo) Carlos Manuel Estefanía. Algunos importantes exguerrilleros que lucharon contra la dictadura de Fulgencio Batista en el Escambray en los años cincuenta, me hicieron el honor de su presencia, entre ellos: el comandante Dr. Armando Fleites, el capitán Roger Redondo González, el teniente Miguel García Delgado y Víctor Vázquez López.

El maestro de ceremonia fue don Isaac Rotella, el cual supo animar la ceremonia con talento y humor. La placa de Honor al Mérito me fue entregada por la distinguida señora Gladys Rojas.

A continuación mis palabras de agradecimiento por el homenaje:

 “Queridos compatriotas:

 Les ruego me disculpen la inevitable emoción de encontrarme reunido con tantas personas, todas con un común denominador: Camajuaní. Treinta años de exilio y diáspora no bastarán nunca para borrar en mí los sentimientos que me unen a la tierra que nos vio nacer, sino por el contrario, han ido regando de nostalgias inevitables en un recuerdo imborrable, embellecido por la distancia del tiempo y las tristezas que se han ido perdiendo entre las brumas del horizonte de la vida.

Las tristes circunstancias que sacudieron nuestra tierra con lo peor que podía ocurrirnos con la instauración de la dictadura más larga que conozca el planeta, me alejaron de nuestro pueblo, siguiendo junto a mi hermano Juan Alberto, los pasos de nuestros padres hacia La Habana. Veintiún años de servicio honesto en la policía bastaron para que el engendro que se escondía en el alma del nuevo régimen se desencadenara en toda su dimensión, haciendo a nuestro padre, Amado Hernández Padrón, objeto de una de las más tristes páginas en la historia de nuestro pueblo: la tribuna con el repugnante acto de repudio orquestado contra los policías honestos que prestaban servicio en Camajuaní antes de la llegada de la dictadura castrista. Dios no pone ante el ser humano pruebas que no sea capaz de soportar y vencer. La sociedad civil honesta y decente así como los jóvenes revolucionarios camajuanenses del Escambray frenaron aquel amargo espectáculo orquestado frente a la Estación de Policía inspirado por la ya pujante prepotencia del Movimiento 26 de Julio desde Santa Clara, donde los policías salían directamente de las tribunas hacia el paredón de fusilamiento. En Camajuaní fue evitado ese baño de sangre. Nuestro pueblo, queridos compatriotas, salió ileso de esa terrible prueba de nuestra historia del siglo XX. Los ciudadanos decentes que allí vivían, la vida misma de nuestro pueblo, junto a los jóvenes rebeldes camajuanenses alzados en el Escambray que soñaban con un futuro democrático para nuestra Nación, evitaron que tanto mi hermano como yo quedáramos huérfanos de la mano de nuestra querida madre Ofelia Valdés Ríos.  

 Hace poco más de medio siglo, me vi partir con mi madre en un tren de dos coches, color naranja, que nos llevaría hasta La Habana, dando inicio a un desgarro inevitable en nosotros. En el portal de Leoncio Vidal 98 quedaron de pie mi adorada prima-hermana Aurelita Valdés y nuestra querida abuela Aurelia Ríos, bastión de nuestra familia, que supo soportar nuestra lejanía lágrima tras lágrima, cuando partir hacia La Habana en aquellos tiempos turbulentos, significaba algo más que un terrible signo de interrogación. Atrás quedó lo más hermoso de mi infancia: mis amigos, mis primos y mis primas, mi carriola, mi bicicleta, los olores del tabaco del despalillo y las escogidas mezclado al de la carne de puerco ahumada por mis tíos Claudito, Zoilo y Faustino, mi escuelita de la Ceiba, las tardes en familia, los paseos de tarde por el parque y los pasos perdidos dentro de la glorieta, la Iglesia, los dulces del Cosmopolita, los helados de frutas del Super Bar, los refrescos de La Marina; los chiclets, salvavidas y africanas del Gato Negro, los silbatos del Central Fe, el tren de las diez de la noche, la vieja estación del ferrocarril, la Playa Militar de Caibarién, las noches de las muchachitas de La Loma reunidas en la casa de mi abuela, la familiaridad infinita y la sencillez de un mundo que poco a poco se iba cerrando tras nosotros como el mar cortado por el paso de una barca que nos conducía hacia otro mundo.

La Habana fue para mis padres el exilio forzado en la “otra Cuba” que comenzaba a radicalizarse día a día en intolerancias y desmanes. Aquel exilio que debió por la lógica de los motivos que lo provocaron, prolongarse hacia las tierras generosas de la América donde hoy por gracia de Dios nos encontramos reunidos, se vio interrumpido por los acontecimientos históricos que se sucedieron uno tras otro en los años sesenta, hasta que con la llegada de la llamada “edad militar”, el salto hacia la Libertad se vio frustrado temporalmente. Mi querida madre esperaba día a día la llegada de una carta de su madre, se encontró sin sus vecinas de Camajuaní, que más que todo fueron verdaderas hermanas. Queridos compatriotas, estoy hablando de nuestras inolvidables Digna González y Elena Linares, mujeres que más que todo merecen un monumento a su dulce memoria, por todo lo que ellas significaron para nosotros en la vida. Cierro los ojos y las veo, y sé que aquí están con nosotros. 

Creo que pocas veces una mujer llevó tan bien su nombre como Digna. Ella fue una especie de Penélope caribeña, que sentada en su sillón, junto al postigo de la puerta de su hogar, pasó nueve años tejiendo sueños de Libertad para su hijo Joseíto.

Digna y Nena fueron las dos almas adorables que se encargaron de cerrar nuestra humilde casa de Fomento 8 cuando salimos para siempre de nuestro pueblo pues mi madre no tuvo valor de hacerlo al partir. Como por arte de magia mi madre se vio despojada su patio de tierra, sus gladiolos, sus rosas, mi padre tuvo que olvidar su gallo y el corral donde crecía año tras año el puerco de la Nochebuena. Se cerró aquel libro y nos vimos encerrados en un pequeño apartamento en La Habana, donde por la ventana, una nueva hermana a la imagen de nuestras queridas Digna y Nena, se extendía día a día para regalarnos el pan cotidiano, fue nuestra nueva vecina Selvia, quien ya también descansa en la Casa del Señor. Se cerraba una puerta y se abría otra… Mi madre enjugó sus lágrimas de nostalgia en las flores de papel que hacía día a día dentro de aquel minúsculo apartamento habanero. Por largo tiempo apenas salió a la calle, y aquella mujer joven, de cabellera negra y piel trigueña, fue cediendo el paso a otra Ofelia, alejada del sol y del mundo, que soñaba algún día con un regreso a nuestra tierra natal. El regreso fue, cinco años después, para volver a ver por algunos días a nuestra abuela Aurelia, y la casa se llenó de tantas personas queridas que vinieron a testimoniarle su amor entrañable.

Como un vaticinio marcado, casi veinte años después, Ofelia y Amado me vieron partir junto a mi esposa y mi hijo hacia la Libertad que encontramos en la República Francesa. El destino de mis padres se repitió también trece años más tarde en mi hermano, su esposa y sus hijos, cuando partieron hacia la República Italiana. Es algo que ha ido marcando nuestras vidas pero que a pesar de haber visto y recorrido medio mundo, no ha borrado ni por un instante mi amor por el pueblo donde nacimos: Camajuaní.

Las “Cartas a Ofelia” * resumen la esencia inicial de contar a mis padres todo lo que el mundo presentaba ante mis ojos y que ellos nunca habían podido ver. Cuando mis padres se marcharon por siempre a la Casa del Señor, las cartas continuaron volando hacia el mundo gracias a la magia de Internet y en ediciones impresas, como justo homenaje póstumo a quienes guiaron nuestros primeros pasos por el mundo.

 Permítaseme expresar mi más sincera gratitud a todos los camajuanenses aquí presentes, a quienes residen en otros estados y se han visto impedidos de asistir, a toda la diáspora y a todos los amigos que han querido honrarnos con su presencia, por la gran amabilidad de habernos recibido con este hermoso homenaje. En especial deseo dar las gracias al Directivo del Club Camajuaní, que no escatima esfuerzos por mantener los lazos entre los camajuanenses de Cuba y los hermanos de la diáspora.

Hoy Dios ha querido regalarme una familia que adoro, mi hijo ha fundado la suya propia en Francia con una esposa que es un amor, dándome dos nietos que son la luz en el otoño de mi vida. Sólo le pido a Dios que me permita, de la mano de mis nietos, poder pasear un día por las calles de nuestro pueblo Libre y Soberano y allí evocar nuestra feliz infancia robada en el recuerdo.

 ¡Mil gracias! ¡Qué Dios los bendiga a todos!”

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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