José Gabriel Barrenechea.

Partamos de admitir que a nadie en este planeta pueden dejar indiferentes las elecciones presidenciales en los EEUU. Por la influencia que sin duda el resultado de las mismas tendrá en la vida de cada terrícola, en muchos países más importante que el de las elecciones propias.

Pero por sobre todo no pueden ser indiferentes para aquellos que no tenemos derecho a elegir a nadie con verdadero poder en el gobierno de nuestro país, como en Cuba -aquí se nos plebiscita una lista de candidatos a diputados que nosotros no propusimos, y por un matrero mecanismo que hace imposible que alguno de los integrantes de la lista no sea electo. A los cubanos, privados de derechos políticos básicos, solo nos queda el consuelo de seguir una elección presidencial en el país vecino, y quizás por ello la TV cubana dedica 17 veces más tiempo a ese evento, que a cualquier “elección” nacional.

Dicho esto, que funciona a manera de excusa por mi “intromisión” en los asuntos internos de otro país, sin tener que echar mano a lo del “Destino Manifiesto”… paso a la pregunta que me propongo responder en este artículo: ¿Por qué apoyo la candidatura de Bernie Sanders?

En primer lugar porque tengo entendido que Elon Musk no puede nominarse.

Los desafíos de nuestro tiempo requieren respuestas nuevas, y de entre todos los que compiten por la presidencia del más importante Estado, y que marca la pauta mundial, no encuentro a otro candidato que sea tan consciente de ese carácter particular de nuestro tiempo, y de la necesidad consecuente de dejar atrás lo acostumbrado.

Quizás sí, la Warren también, pero en su caso se da la circunstancia de que es mujer, y es un axioma político el que cuando se proponen novedades, hay que concentrarse a lo mas urgente, y no pretender tener todo a un tiempo. Ya será tiempo de que una mujer presida los EEUU, pero por ahora basta con intentar llevar un socialdemócrata ambientalista a la Casa Blanca.

No comparto cien por cien las propuestas de Sanders, ni mucho menos creo que sea un político muy especial. Pero creo que de entre quienes hoy compiten, es la única opción válida para aquellos que nos damos cuenta de que estamos ante un momento de cambio radical. Frente al desafío ambiental por un lado, y el de una particular multipolaridad que amenaza lo avanzado por el hombre desde el Renacimiento, y nos promete el regreso a las formas de interacción humana premodernas.

Los EEUU ya no son hace mucho ese amplio espacio material por conquistar que permitía el crecimiento de la economía mediante la desregulación capitalista y el laissez faire. Ya no hay allí una última frontera, que se cerró hace más de un siglo, poco antes del inicio de la I Guerra Mundial en Europa. Los EEUU, como parte de la economía mundial actual, crece no por la conquista de nuevos espacios, sino en base a la desregulación al avance de las megacorporaciones, y también en base a la explotación del trabajo en las últimas zonas paupérrimas que van quedando en el Planeta.

En realidad al presente la economía global no crece más que de manera artificial, mediante recursos como el de la obsolescencia planificada, que las megacorporaciones pactan entre sí, o la estimulación de una demanda artificiosa cada vez más sofisticada. Mientras la Revolución Científico-Técnica, iniciada a fines del siglo XVII, y en general los niveles de creatividad humana concreta, se desaceleran desde la década de los sesenta del siglo pasado.

La verdad, más allá de los sueños ilusos de algunos liberales demasiado obsesionados con hacer crecer la economía a cualquier costo, es que la desregulación solo ha servido para acelerar el empoderamiento de las megacorporaciones, y para que paradójicamente nuestra economía global se vuelva cada vez más y más planificada, pactada por esos gigantes corporativos, y por lo mismo cada vez menos y menos de libre mercado.

En esa circunstancia, a la cual le da un color aún más tétrico la crisis medioambiental, los EEUU, y Occidente tras de ellos, no pueden más que perder la pelea si se aferran a un modelo liberal que solo funciona a plena capacidad, y de manera justa, cuando ante la economía hay un amplio espacio accesible, por conquistar. Y lo peor para las grandes mayorías planetarias y sus esperanzas de un futuro mejor es que de perder esa pelea lo harían ante el bloque centralista, autoritario y jerarquizado de Pekín y Moscú, ciertamente más capaz de administrar recursos escasos en un escenario en que la Humanidad ha alcanzado los límites planetarios, y ha optado por conformarse con vivir dentro de ellos.

Esa es la verdad, y no se revertirá porque el señor Trump, mediante su cacareada guerrita de aranceles, haya dado el primer paso para convertir a los EEUU en un área agrícola, que exporta en lo fundamental productos del campo a la industrial china. Porque espero que en algún momentos los ofuscados con tanto naranja logren ver que lo que su idolatrado payaso-presidente dejará tras de sí es el haber dado un primer peligroso paso hacia la reprimarización de la economía americana, hacia la tercemundización de América.

Se requiere hoy llevar a los EEUU a un modelo socio-económico que impida que la actual fractura al interior de la sociedad americana se profundice más, y de hecho revertirla, lo cual solo puede conseguirse mediante políticas redistribucionistas.

Pensar que los EEUU pueden enfrentarse a la economía china al aplicar sus mismos métodos,  mediante la desregulación salvaje del empleo, o fiscal, es un sin sentido.

En China se puede hacer trabajar doce horas por un salario miserable, o se le puede permitir a las megacorporaciones hacer su Santa Voluntad, porque hay un control férreo de un Estado supercentralizado que se ocupa de manera eficiente de reprimir a los obreros, o que ha fagocitado dentro de sí a esas megacorporaciones, algunas todavía a nivel de sus filiales en China, otras ya incluso a nivel global. Aplicar el mismo método en los EEUU, como proponen muchos liberales, incapaces de ver que el liberalismo económico solo funciona bien en determinadas condiciones de amplitud de espacio a la explotación económica, solo podrá conllevar aparejado el retroceso de las libertades americanas.

Precisamente lo que el demagogo -y muy probablemente agente de MGB- de Trump ha venido logrando durante los pasados tres años, y continuará impulsando en la práctica durante los próximos… ¿cinco años?, si es que se lo deja.

Debemos entender que la ecuación que implica desregular la explotación sobre el trabajo, y a la vez permitir el aumento constante de la desigualdad gracias a la estrategia de desregular lo fiscal, y darle consecuentemente más privilegios a los más ricos (no a los más creativos), necesita de otro término algebraico, imprescindible para obtener la ansiada eficiencia económica. Un sistema socio-político capaz de limitar al mínimo las molestas libertades americanas. En retroceso gradual ya desde la administración de Nixon. Porque limitarlas hasta hacerlas desaparecer es sin duda el único recurso para lidiar con los niveles de desigualdad creciente que inevitablemente causa la referida ecuación.

No hay pues, en la circunstancia global presente, más que una forma de mantener a los EEUU como una avanzada de las libertades humanas: convertirlos en una Gran Sociedad, en algo más próximo a ese ideal nórdico que sin duda nunca ha existido ni en Escandinavia, pero que todos entendemos en que consiste en esencia. En una economía con regulaciones, pero en que la regulación no venga de los acuerdos secretos o tácitos entre las juntas directivas de las megacorporaciones, y entre ellas y los políticos incluidos en sus nóminas, sino a resultas de los consensos de una Sociedad en que la soberanía pueda decirse de modo práctico que está en manos de la ciudadanía.

Y es vital para todos en el Planeta que los EEUU sigan como una avanzada en la eterna búsqueda de la Libertad, porque los modelos alternativos que nos proponen desde los centros de poder que batallan por desplazar a Washington al frente del Sistema Mundo, Pekín y Moscú, implican un retroceso de lo avanzado durante la Modernidad, un regreso a las formas premodernas.

En ese sentido al único candidato americano válido -ya expliqué porque prefiero descartar a la Warren como tal, el único candidato que veo entender con claridad que, para competir con China, los EEUU no pueden convertirse como China en un paraíso del Capitalismo desregulado, ya que ello a su vez implicaría necesariamente deshacerse de las libertades americanas, es a Sanders.

Es él, por otra parte, él único candidato en posición de contrapesar el creciente poder de las corporaciones, y evitar su tendencia a imponer desde el Estado una desregulación económico-financiera que solo sirve para facilitarles su hasta ahora exitoso intento de planificar no sólo la economía global, sino incluso nuestras vidas. Bernie es además el único candidato capaz de hacer algo concreto para enfrentar el Cambio Climático, sin llegar claro a las propuestas irrealizables del Green New Deal, al menos para el 2030.

Sanders, por otra parte, ya demostró en 2016 que es alguien lo suficientemente atinado para no incendiar al país, a instancias de sus seguidores más radicales, si es que perdiera la elección. Sanders no es un revolucionario, tampoco un chusma chancletero como la versión Ota Ola, pero en rosado, que hoy desacredita al cargo que con su actitud personal ayudará a conformar, más allá de la letra de la Constitución, el general Washington.

Ante los agoreros de la venezuelización de América, debo aclarar que a pesar del empoderamiento gradual de la institución presidencial a lo largo del siglo XX, y de los malos precedentes traídos por el Agente Naranja, el presidente de los EEUU todavía no hace lo que le da la gana; o en este caso lo que promete en su programa de campaña. Para convertir en realidad todo lo que propone, el hipotético presidente Sanders deberá contar con el Congreso, la sociedad civil americana, la opinión pública (estas dos cosas no son exactamente lo mismo)…

Mas bien un presidente como Sanders no podrá más que promover de manera necesaria la participación ciudadana, no ya como en el caso de presidente actual, para movilizar el apoyo incondicional a un Demagogo,  o la oposición del mismo tipo contra él. Sanders, si en sus cuatro años no consigue llevar adelante su agenda, al menos conducirá el debate sobre la necesidad del Cambio a un nivel más racional, más allá de las banderías.

Porque esa politización beneficiosa de la sociedad americana será la única manera válida de promover la agenda de un presidente que sabe no estará más que cuatro años en la Casa Blanca, y que de seguro intuye que su legado más que en la realización de su programa estará en dejar encarrilada sobre bases racionales la amplia discusión política del futuro de los EEUU.

Hay todavía un factor más importante para mí apoyo a Sanders: De entre los candidatos actuales solo él es capaz de derrotar a Donald Trump. Y hay que estar claros: ese tipejo no puede permanecer otros cuatro años en la Casa Blanca, porque se corre el riesgo de que el ideal democrático americano sufra irreparables daños, y que, por ejemplo, ya para el 2024 los escritos de Madison, Haig, Hamilton, sean reciclados como papel higiénico por un ukase presidencial, mientras la Biblia se convierte en la principal autoridad del conocimiento científico.

Ya he expresado mis cuestionamientos a las posibilidades de una posible candidatura de la Warren. Agrego aquí que dudo que ella sea capaz de lidiar con un tipo tan bajo como el actual presidente. Para enfrentarse a semejante perla deben poseerse un estómago a prueba de todo, y una capacidad de para no dejarse sacar de paso que pocas mujeres poseen.

Biden, por su parte, es un hombre demasiado del establishment, en un tiempo en que los votantes ensayan buscar alternativas al “más de lo mismo”. Recordemos que si inicialmente se lo escogió como vicepresidente de Obama fue precisamente para darle un carácter más conservador a la administración del primer presidente no blanco de los EEUU. Biden, un hombre demasiado salpicado de escándalos de corrupción, que muy bien sabrá remover un chancletero como Trump; un señor que ha cambiado sus posiciones políticas, y sin reconocerlo, como en el caso de su entusiasta apoyo a la guerra de Iraq, será siempre un muy útil candidato a la vicepresidencia, pero nunca para el puesto de presidente, al menos en estos tiempos, en que desde todos lados se ataca la “corrección política”.

Por su parte Sanders está blindado para Trump. Porque contra un candidato con un discurso infinitamente más rupturista que el suyo, y con un programa muchísimo más claro, solo se puede emplear el recurso de una histeria anti-socialista que por exceso de elevación sólo podrá tener efecto sobre esos zombies ideológicos que, me niego a creer, constituyan un sector suficientemente significativo para imponer la candidatura del Agente Naranja -muchos de los que en 2016 votaron a Trump lo hicieron porque era él el candidato rupturista frente a una señora demasiado ligada al establishment; muchos votaron contra ella no exactamente por misoginia, sino porque percibieron en su candidatura la presencia de una mano oculta, una clase política, que manipulaba su voluntad, y así planificaba desde detrás de bambalinas cuando le tocaba a un negro ocupar la presidencia, o cuando a una mujer.

Me atrevo a hacer una sugerencia final para hacer más potable la candidatura de Sanders: Acompáñesela con un Biden joven como candidato a vicepresidente.

Semejante acompañamiento, en el caso de la presidencia de un hombre bastante mayor, que nunca podrá permanecer más que cuatro años en el cargo, será una manera de transar con los sectores de centro de ambos partidos. Estos sectores le estarán dando a la izquierda la posibilidad de cuatro años, para poner en obra sus soluciones, y está les dará a cambio el resguardo de preparar su regreso, al admitir situar a alguno de los suyos en una posición que es vista como antesala y campo de entrenamiento para desempeñar la presidencia.

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