José Gabriel Barrenechea.

Hace unos meses se exhibió en Cuba un filme cubano sobre el asesinato, en 1871, de ocho estudiantes de medicina a quienes el integrismo habanero los acusaba de profanar la tumba de un tal Gonzalo Castañón. ¿Pero quién fue este señor, y cómo murió, que tanta indignación pudo causar el supuesto irrespeto a su lugar de reposo eterno entre los miembros del cuerpo de voluntarios de la Habana, y los habituales de su Casino Español?

Para contar lo ocurrido he escogido la versión de quien me parece la fuente más imparcial de los sucesos de la Guerra Grande, Antonio Pirala, en su monumental Anales de la Guerra de Cuba. La lectura inteligente de cuyo libro, por cierto, quizás nos desintoxicaría a los cubanos, quienes no hemos leído más que lo escrito por los nuestros, y no por todos, de esa visión patriotera de nuestras guerras de independencia de la que el citado filme rezuma a lo largo de su metraje.

Según cuenta Pirala era Castañón un asturiano que aquí había fundado un periódico, La Voz de Cuba, en el periodo en que los intereses integristas estaban muy interesados en contar con medios desde los cuales enfrentar a la avalancha de publicaciones cubanas que nacieron en los días en que el general Dulce decretó la libertad de imprenta para la Isla. Fueron esos intereses los que respaldaron a La Voz con algún dinero, mediante una sociedad de acciones, suscritas por muchos de esos integristas a los que se había sabido aproximar Castañón.

Mas hacia fines de 1869, tras el golpe de estado de la noche del 1 de junio, mediante el que obligaron al capitán general Dulce a dejar la Isla, y el posterior establecimiento del Casino Español, centro desde el que controlaban Palacio y la política española en Cuba, esos intereses ya habían perdido mucho de su interés inicial en la lucha de ideas, ahora que habían acallado la voz del otro y simplemente podían imponerse a la brava. En consecuencia muchos capitales de aquellos ahorrativos peninsulares comenzaron a retirarse de la sociedad accionaria, por lo que La Voz no tardó en hacer aguas. Preocupado por sus garbanzos, y sobre todo por los de sus hijos, de los que Pirala no especifica su número, Castañón comenzó a buscar un recurso para salvar la situación de su diario.

El remedio lo encontró finalmente en cierto hecho ocurrido por esos días en Nueva York: un medio español de aquella ciudad, en semejante situación al suyo, el Cronista, había disparado sus ventas y apoyos cuando su director José Ferrer de Couto se batió en duelo con un cubano insurrecto; del cual Pirala solo menciona su apellido, Porto. Castañón comprendió que en medio de la muy parcializada situación solo tenía que buscar un separatista con quien batirse, a primera sangre, claro, como en el duelo neoyorkino, y contar con que los apoyos volverían, y las ventas se dispararían entre el amplio elemento integrista.

Mas el asunto no era tan fácil. Los integristas del Casino Español, con sus hordas voluntarias, se habían adelantado un siglo hasta la época de los Castro, y sumido a las ciudades cubanas en una atmósfera de vigilancia y terror tal, que muy difícilmente alguien podría emitir la opinión que pudiera darle motivo a Castañón para su respuesta y posterior solicitud de duelo. Incluso era poco probable que tras emitir la tal opinión el loco emisor durara vivo, o en libertad, lo suficiente para ser desafiado. Por otra parte tampoco parecía muy realizable desafiar a Céspedes o Aguilera, ocultos vaya a saberse en que manigual del Camagüey u Oriente.

La solución le cayó del Norte, o más bien de Cayo Hueso. El periódico insurrecto El Republicano, de aquella ciudad, publicó por esos días un providencial artículo en que, como es habitual entre nosotros los cubanos, más que argumentar contra las posiciones del contrario se lanzaban tremebundas ofensas a los voluntarios habaneros y cienfuegueros. Al ver los cielos abiertos ante él, ni corto ni perezoso Castañón escribió un artículo de réplica en que le pedía satisfacciones al autor del citado artículo, que resultó ser un tal José María Reyes, quien quizás al pensar que el español no iría a meterse en Cayo Hueso aceptó en los mismos términos de la florida guapetonería caballeresca de la época.

Concertado el duelo, Castañón cargó con tres compañeros como padrinos y guardaespaldas, de los cuales Pirala solo menciona por su nombre completo a Felipe Alfonso, y partió a todo correr a embarcarse en el primer vapor para el Cayo. Por lo que pudiera pasar, antes de partir le dejó encargado sus hijos a un amigo, Olavarrieta. Aunque era esto más un gesto en su campaña de promoción de ventas y apoyos a su diario que un encargo real, porque como dijera un contemporáneo era más probable morir en un naufragio que en uno de los muy frecuentes duelos de fines del siglo diecinueve.

Grande debió ser el susto del tal José María Reyes al enterarse del arribo del Castañón en el plan que ya hemos dicho. Así que no hubo grandes inconvenientes en que en el mismo campo de honor, pero antes del duelo, los padrinos de los dos contendientes, ninguno de ellos muy interesado en pasar a la parte interesante, arreglaran mediante la labia las diferencias habidas, y aun que Don José María accediera a firmar un acta en que ponía por las nubes el honor y la valentía de Castañón.

Sin embargo no todo había salido tan bien en realidad. En medio de tal arreglo, allí mismo en el campo de honor, un tal Mateo Orozco, quizás indignado por la actitud cobarde de su compatriota Don José María, pero más que nada por el atrevimiento del español de ir a meterse en una isla que para los cubanos era territorio propio y no de los EE.UU., trató de forzar a Castañón a que se batiera con él, y nada menos que a muerte. Este, a quien debió parecerle excesivo semejante tipo de duelo en un tiempo en que las cosas se arreglaban con una cortadita en un dedo y par de gotas de sangre, se negó a pesar de las ofensas que allí mismo se le enrostraron. También, claro, porque ya había logrado lo que quería, un acta que publicar en su periódico, en que constaba su valentía en la defensa de la honra de los voluntarios habaneros y cienfuegueros; aunque tampoco debe dejarse de lado el que el tal Orozco no tuviera cara de ser un contendiente tan gallina como aquel por el cual había viajado. 

Sin embargo Mateo Orozco, un tipo bastante violento al parecer, no se dio por vencido, y quizás algo intoxicado por la lectura de esas novelitas tan de moda en la época, en que se narraban las hazañas del por entonces todavía para nada Viejo Oeste, se fue con un grupo de amigos y parientes, armados de revólveres, para frente al Hotel Rusell en que se alojaban Castañón y sus acompañantes. Quizás esperaban repetir el famoso duelo de OK Corral, cuando se mandó a un criado de una fonda cercana a que le dijera al director de La Voz que afuera lo esperaban unos caballeros. Sin embargo en ese momento nuestro asturiano se encontraba solo con Felipe Alfonso, ya que sus otros dos acompañantes habían salido, y vaya a saberse por qué Alfonso no lo acompañó a la puerta. Pirala no aclara si fue una coincidencia el que Castañón estuviera casi solo en aquel momento, o si por el contrario formaba parte de los cálculos del grupo de retadores.

Ya afuera Castañón se encontró con que en poses de Wyatt Earp le esperaban en herradura Orozco, su hermano Pedro, Carlos Rodríguez, Joaquín y José Botella, Francisco Aceituno, Valentín Mariera, Alejandro Mendoza, Domingo Rodríguez, N Lozano y Patricio González. Mateo, revólver en mano, intentó obligarle a que también sacara su arma, a lo que Castañón se negó repetidamente. Ante esto Mateo Orozco y Carlos Rodríguez hicieron fuego sobre él, tras lo cual se dieron a la fuga. Castañón, herido por varios disparos, moriría veinte minutos después. Su amigo Felipe Alonso, que solo salió tras escuchar los disparos, quizás por tener el arma descargada solo logró derribar a Joaquín Botella al usarla como un objeto contundente.

El frío asesinato no pudo más que perjudicar a la causa cubana en la prensa americana, hasta entonces casi por completo parcial a su causa. Con ello se le dio la razón a quienes sostenían que los exaltados niveles de barbarismo de la Guerra de Cuba no eran solo responsabilidad de las huestes voluntarias, o en general de las fuerzas españolas. Si un grupo de cubanos en la emigración, donde no tenían motivo para haber sido maleados por la barbarie española en los campos de batalla, era capaz de eliminar a sangre fría a un español que se negaba a defenderse, no resultaban inverosímiles las acusaciones españolas de que las fuerzas cubanas tampoco respetaban a los prisioneros, y para no tener que alimentarlos y custodiarlos les daban par de machetazos y listo.

Por su parte, tras su entierro en La Habana, el difunto Castañón provocó víctimas entre los cubanos mucho antes del consabido asesinato de los ocho estudiantes de medicina. Según ciertos voluntarios algunos cubanos se atrevieron entonces a dar gritos subversivos, y si bien casi todos ellos fueron arrestados y puestos a disposición de los tribunales competentes, al menos uno de ellos resultó ultimado en el sitio… por los milicianos.

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