La Muerte, complemento de la Vida

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José Gabriel Barrenechea.

Nunca la vida tiene más sentido que en la presencia de la muerte. Solo valoramos con justicia nuestra vida cuando estamos a un paso de abandonarla. Solo entonces deja de convertirse en una abstracta definición de la ciencia, o en una estadística, para convertirse en lo que somos.

En consecuencia, lo más deseable para sacarle hasta el último jugo a la vida fuese que nos mantuviéramos conscientes de la presencia de esa Muerte que sigue nuestros pasos, que sin excusa posible en algún instante futuro nos sonreirá.

No es, sin embargo, lo que hacemos hoy, en estas sociedades en que el gradual abandono de las directrices de la Ilustración, y el regreso del Irracionalismo rampante, justifica el llamarlas posmodernas. La civilización contemporánea pareciera no tener otro fin que hacernos olvidar la presencia de la muerte. Hemos ideado todo un vasto tinglado de recursos para mantenernos atolondrados y así evitar los súbitos ataques de angustia, los cuales van siempre antecedidos por la repentina conciencia de la Muerte. No en minúsculas, no en abstracto, sino la muy nuestra, la propia e inexorable.

Vivimos hoy supuestamente colgados del presente. Mas no es así. Vivimos en la intemporalidad, o lo que es lo mismo decir que en ninguna parte.

Se vive en el presente solo cuando la conciencia de que ese puede ser nuestro último presente nos lleva a intentar sacarle a ese fugaz instante el máximo de jugo vital. Ese es el sentido de la frase de Horacio, carpe diem quam minimun credula  postero, vive cada momento de tu vida como si fuese a ser el último.

El hombre contemporáneo, sin embargo, intenta hacer de otra manera. No vive realmente al máximo, se dice más bien a sí mismo: noquea tu conciencia de ti mismo, de este momento, atolóndrate en una actividad repetitiva, alienada, para que la angustia de percibir tu naturaleza mortal no te alcance.

Pero si algo nos eleva sobre el animal es precisamente la conciencia de nuestra Muerte inevitable, que el animal nunca tendrá, a menos que se pase a nuestro lado humano. Nuestra Muerte es lo que nos descubre la naturaleza irrepetible de nuestra existencia humana; la nuestra individual, no alguna abstracción social. La conciencia de mi mismo es indistinguible de la conciencia de mi Muerte.

Al imponerse el olvidar a su Muerte el hombre genera una espiral en retroalimentación que lo sume más y más en el atolondramiento, camino de la total alienación de sí mismo, y de su abandono al imperio de los instintos. De la animalidad, que en el caso del demasiado gregario humano sólo puede ser la animalidad carneril, rebañezca.

Al no vivir el momento como si fuese el último, sino como uno más en una infinita cadena de momentos por la que se tiene que pasar, se impone entretenerlo. Con lo que aumenta la necesidad de más y más atolondramiento, al tiempo que este momento de ahora se nos hace más y más indistinguible con respecto a los que vinieron antes, y sobre todo con respecto a los que vendrán después.

Porque en el proceso de autoengaño hemos llegado al punto intermedio en el cual sufrimos del gran problema que siempre deberá enfrentar el inmortal: el aburrimiento. El hombre contemporáneo, que no ha dejado de ser tan mortal como siempre será, se aburre como un inmortal. Se aburre como seguramente le sucede a las almas medievales que tuvieron el privilegio de alcanzar el Cielo con su eterno momento presente: la Eternidad.

Más, ¿está vivo el inmortal? Es una pregunta de difícil respuesta para alguien, ¿condenado?, a tener una naturaleza mortal. En todo caso parece ser él quien está condenado a sufrir algo que sin la presencia salvadora de la Muerte se convierte en el más cruel de los castigos. Borges nos lo enrostra en uno de sus relatos, El Inmortal, en que los inmortales buscan un río fabuloso que los libere de la carga de la sucesión infinita de días y noches. En Troya, Brad Pitt-Aquiles le susurra una gran verdad a Rose Byrne-Briseida: Los Dioses nos envidian, porque saben que cada instante que vivimos puede ser el último, y por eso le damos su justo valor…

Cabría afirmar que los hombres que vivían en épocas en que se estaba uno consciente de que la Muerte nos seguía, cual nuestra sombra, estaban mucho más vivos de lo que lo estamos nosotros hoy. Que entre carencias materiales las cuales no podemos ni imaginar, esos hombres absorbían cada segundo con una avidez que el contemporáneo nuestro, ahíto de falsa eternidad, nunca experimentará.

Mas no era totalmente así. No hay Arcadias en el pasado. Esos hombres que nos antecedieron tampoco vivieron su vida real. No vivieron en este sucedáneo de silicona que hoy se nos impone en la forma del bovino sentido común, pero sin duda tenían la idea de vivir en un simulacro de vida, y de que, en dependencia de cómo lo hicieran en la prueba a que se los sometía en este Valle de Lágrimas, lograrían libre acceso o no a la verdadera vida.

Pero esa vida, en la Eternidad del Paraíso, como hemos visto tiene mucho de parecido con esta descrita y aburrida vida del presente, que se desgrana como inmortal. Al punto de que podemos afirmar que el vivir actual no es más que la realización, en este mismo Valle de Lágrimas, de las aspiraciones que incontables generaciones de ancestros postergaban al más allá, y de que por tanto hemos dado un enorme paso de avance con respecto a quienes nos antecedieron en la realización de sus utopías.

Pero no ha sido un paso de avance correcto si el asunto era vivir en la realidad, esa que si no nos es abiertamente hostil, es al menos indiferente a que existamos o no. Porque la verdad es que al mundo le importa un comino nuestra vida, o lo que queramos hacer con ella. Él siempre estará allí, independientemente de estemos nosotros o no.

Si de algo estimable en la vida de nuestros ancestros nos hemos deshecho es de la imperiosa necesidad de elegir. El hombre anterior tenía que elegir entre una serie de actitudes que la sociedad de su tiempo clasificaba en buenas y malas, ya que en dependencia de esa elección tendría acceso o no a la verdadera y aburrida vida eterna. El vecino nuestro, nosotros mismos, que ya vivimos como en un inacabable aburrimiento, ya no elegimos nada, y por demás hemos llegado a dar en la peregrina idea de que es nuestro derecho no elegir, sólo atolondrarnos, aburrirnos, para evitar algo que nos parece mil veces peor, la angustia de la conciencia de la Muerte.

Pero el asunto no es, claro, simplemente recuperar la falsa dicotomía electiva de nuestros ancestros. Es volver a traer la necesidad de elegir a la realidad, al mundo indiferente en que vivimos. Sacarla por tanto de aquel mundo de fantasías en que el Todo estaba en función última de nosotros.

Para ello hay que partir de que la vida no es una cosa, un bien, sino una posibilidad de elegir que se mata a sí misma, se hace cosa cuando optamos por anteponer a todo lo demás la obsesión por mantener viva esa posibilidad para el futuro, sin arriesgarla precisamente aquí, ahora. Vivir es poner a la vida en riesgo de perderla, por lo que nos importa en este instante, pero sobre todo por darle sentido a una posibilidad de elegir que deja de ser algo real cuando se la aparta de su inseparable compañera, la Muerte.

El abúlico hombre posmoderno, que quiere y vive como si fuese un inmortal, no es capaz de arriesgar esa cosa plástica, su aburrimiento esencial. De ahí la parálisis de nuestra civilización.

La exploración espacial, el más preocupante ejemplo, ha sufrido retraso tras retraso en no poca medida por ese espanto que crea en el contemporáneo ya no arriesgar su vida, sino ver como otros la arriesgan. La explosión del Transbordador Espacial Challenger, a poco de despegar en enero de 1985, dejó al programa espacial de la NASA con un considerable retraso en cuanto a los medios para propulsar cargas y personas más allá de la atracción gravitatoria terrícola. Debido a la reacción de un público que no parece dispuesto no ya a tomar ningún riesgo, sino incluso a no permitirlo.

En esencia la muerte de unos pocos exploradores ha provocado que la opinión pública obligará a sus parlamentos a retirarle fondos a importantes programas de exploración. Imaginemos que hubiera sucedido si al final del Renacimiento se le hubieran puesto objeciones semejantes a los viajes de descubrimiento de Colón o Magallanes… Sin duda no solo no habría una América como la de ahora, sino que la Libertad no habría podido convertirse en el valor central, ideal, de nuestra civilización.

Nos aterra tanto la muerte que incluso hemos ingeniado unos cuantos relatos para justificar nuestra Abulia. Relatos basados en un pretendido humanismo o preocupación por el otro que no son más que egoístas racionalizaciones, con las cuales justificar ese terror pánico que el hombre de hoy le tiene a que le meneen las cosas. Sobre todo a que le meneen esa cosa que hoy entendemos por vida, y que a resultas de ello la Muerte reaparezca en el reguero. A que la generalización de los malos ejemplos de quienes viven su vida real, y no la de silicona, lo obliguen a abandonar su autoengaño.

Según esos relatos la vida plástica e inmortal es sagrada, nadie puede ponerla en riesgo, ya que es un bien, y de los bienes se puede disponer, pero no a libre voluntad del propietario hacerlos desaparecer. Usted puede regalar sus billetes, pero no quemarlos.

No, no hay que dar malos ejemplos que puedan desbaratar esa burbuja de autoengaño en que nos hemos encerrado.

Así hemos antepuesto el derecho a la vida a la libertad de elección, como si en el caso del humano pudiera hacerse semejante distinción entre una y otra. Porque el derecho a la vida como posibilidad de elegir ya incluye el derecho a aquella otra, más elemental, forma de vida.

Con semejante mala jerarquización no hemos hecho más que rebajar la vida a la categoría de imposición del rebaño, y por tanto hemos rebajado la verdadera vida humana, que es constante elección, a vida animal, rebañezca. Con nuestro intento por olvidar a la muerte, y por apartar de nosotros a la angustia, nos hemos encerrado más y más en este sucedáneo rebañezco de vida en que hoy nos morimos de aburrimiento.

Una pobre elección que nos hemos impuesto los unos a los otros, la cual conduce de manera ineluctable a nuestra desaparición como especie. Ya que la vida real es enfrentar a un medio si no hostil, por lo menos indiferente, para volverlo a hacer en el próximo instante, y en el próximo, así hasta que nos llegue el momento de marcharnos mientras le devolvemos una sonrisa tranquila a la Muerte.

No, la Vida no es este atolondrado sucedáneo suyo que nos impone el rebaño. La Vida es este absurdo, al decir de Albert Camus, al que sólo nosotros en nuestra soledad podemos darle un sentido, al elegir entre las posibilidades que la indiferente realidad nos pone ante nosotros.

Y la primera elección puesta ante nosotros es precisamente entre aceptar esta vida que de manera absurda nos ha tocado, entre esta vida sin otros significados que los que sepamos darle, la que deberemos vivir constantemente asfixiados por la angustia que crea en nosotros el saber que la Muerte se toma un descanso en aquel rincón, mientras con ojos risueños sigue nuestros movimientos, y el suicidio.

Pero una vez elegido el vivir la dura vida del humano, ya no cabe más que hacerlo con la dignidad suficiente. Ya no cabe por tanto engañarnos con falsas promesas de cuidados ajenos, o mundos construidos a nuestro alrededor cual vastos mecanismos para premiar al bueno, y castigar al malo, y mucho menos para refugiarnos en esa alienación ovina de los rebaños posmodernos, la falsa creencia en un Universo Benigno, en que nada nos amenaza, más que nuestros propios errores.

La Vida, una vez que hemos optado por ella y no por el suicidio, es tomar riesgos. Porque sin arriesgarnos, sin elegir, no podemos adaptarnos a la heraclitea realidad, a un mundo en constante Cambio.

Pero precisamente ahí está la importancia de tener siempre presentes que elegimos vivir. Porque si ahora escojo es precisamente porque estoy absolutamente consciente de que mi Vida solo se completa con la presencia de mi Muerte… quizás en el instante a continuación de este.

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