Hacienda Riquelme Blog

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INTRODUCCIÓN

El Lejano Oeste tiene una historia que no nos cuentan en el cine y que protagonizó España. Mucho antes que otros europeos, los españoles se enfrentaron a apaches, comanches y otras tribus indias. También crearon una red defensiva basada en una línea de fuertes (los presidios) y una caballería singular (los dragones de cuera) que apoyaron la colonización y articularon la defensa de la frontera norte del virreinato de Nueva España.

Un objetivo estratégico justificaba la tenaz defensa de esta frontera: proteger las minas de plata de Nueva España, la más valiosa fuente de recursos del imperio español en América, frente a incursiones de nativos y de otras potencias europeas.

Numerosas ciudades del sudoeste de los Estados Unidos tuvieron su origen en presidios españoles y conservan sus nombres hispanos. Es el caso de San Diego, Monterey, San Francisco, Santa Bárbara, Tucson, Santa Fe, El Paso, San Antonio o Laredo. Pero para reivindicar nuestra historia, antes hay que conocerla….

NOTAS

Una versión extendida de este artículo, titulado Presidios y dragones de cuera, se publicó en mayo de 2020 en el nº949 de la Revista Ejército. El ejemplar completo se puede descargar con este enlace.

En la web de la librería Tercios Viejos está disponible el artículo del mismo autor, relacionado con el tema de esta entrada, El Lejano Oeste del cine y el Lejano Oeste español.

El 8 de mayo de 2020, el think tank The Hispanic Council publicó en su web la entrevista La Historia no es siempre la que te cuentan en el cine ¡No deje de leerla!

Otras entradas de este blog relacionadas: Bernardo de Gálvez. Pensacola 1781 e Índice de entradas sobre Historia

Columna de dragones de cuera (siglo XVIII)

Algunos presidios españoles en el sur de los actuales Estados Unidos y norte de México

La línea de presidios según el reglamento de 1772

(Mapa: M. Alonso Baquer. Ilustración: Juan de Aragón)

Dragón de cuera (por cortesía de Augusto Ferrer-Damau)

El Álamo fue primero una misión y después un cuartel español, antes de alcanzar la fama por la batalla que tuvo lugar allí en 1836.

Equipamiento de un dragón de cuera. El elemento más característico era la cuera, un chaleco largo hecho con varias capas de piel curtida que protegía de las flechas y armas blancas. Además, según el reglamento de 1772, cada dragón debía tener seis caballos, un potro y una mula.

EL NORTE DE NUEVA ESPAÑA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

En 1521, Hernán Cortés conquistó Tenochtitlan, la capital azteca, pero no todo el México actual. La ocupación y colonización del resto del país, y de los otros territorios que constituyeron el virreinato de Nueva España, fue un proceso que se desarrolló de forma muy desigual según las zonas. En el norte duró los tres siglos de la presencia española en aquella parte del mundo.

Uno de los pilares del avance hispano fueron los presidios. Según el diccionario de la RAE, la palabra presidio viene del latín praesidium que significaba ‘guarnición militar’, ‘protección’, ‘ayuda’. De las varias acepciones de presidio, la que aplicó en América no fue la de ‘establecimiento penitenciario’ sino la de ‘ciudad o fortaleza que se podía guarnecer de soldados’.

Los primeros presidios, a cuyas guarniciones se las llamó tropas presidiales, se construyeron en Nueva España durante la llamada Guerra Chichimeca. Esta larga y cruel guerra de guerrillas se originó tras el descubrimiento de las minas de plata en la zona de Zacatecas, al norte de Ciudad de México, y se prolongó durante buena parte de la segunda mitad del siglo XVI. En ella, los españoles se enfrentaron a una serie de tribus a las que llamaban bárbaras por carecer de ciudades y de estructuras sociales y políticas complejas, ser nómadas o seminómadas, practicar el pillaje y rechazar cualquier intento de civilización.

Estos presidios se construyeron a modo de diminutos castillos. Tenían guarniciones muy reducidas, de apenas media docena de soldados de caballería que vivían allí junto con sus familias. También solía haber algunos indios que trabajaban como auxiliares. El elemento más característico de los soldados presidiales fue siempre la cuera, un chaleco largo hecho con varias capas de piel curtida que les protegía de las flechas y armas blancas. Las cueras fueron una evolución de las armaduras de los conquistadores, mal adaptadas al semidesértico norte mexicano.

Los presidios facilitaban escolta a caravanas, reatas de mulas y viajeros. Desde ellos se podía perseguir y combatir a pequeñas partidas de indios hostiles, pero carecían de la capacidad militar necesaria para ganar la guerra.

Cuando por fin concluyó el conflicto chichimeca – más como resultado de la compra de voluntades y del esfuerzo misionero que por una victoria militar – la colonización española continuó avanzando. En 1598, una expedición liderada por Juan de Oñate, llamado el último conquistador, llegó hasta el actual Nuevo México donde, pocos años después, se fundó la ciudad de Santa Fe. Con esta expedición entraron en el sudoeste de lo que hoy son los Estados Unidos los caballos, las vacas mostrencas (antepasadas de los cuernilargos o long-horn), las ovejas, los cerdos…, la agricultura, los sistemas de regadío, la religión y la cultura española.

Durante el siglo XVII fueron frecuentes en Nueva España las insurrecciones de diferentes grupos nativos. El levantamiento más grave de todos fue el de los indios pueblo de 1680, conocido como la Gran Revuelta del Norte. Supuso una crisis sin precedentes para la presencia hispana en el norte del virreinato. Provocó la expulsión de Nuevo México de los españoles y de los indios aliados y se extendió por otras zonas, aunque con resultados mucho menos catastróficos.

Para 1693 ya se había recuperado el territorio perdido. Los españoles redujeron la presión sobre los indios pueblo, la convivencia mejoró y se enfrentaron juntos a un enemigo común que les hostigaba con frecuencia, una serie de grupos indígenas conocidos como los apaches.

Sin embargo, el sistema de presidios adolecía de múltiples problemas, administrativos y militares, en buena parte derivados de la venta de cargos públicos que se había producido a finales del siglo XVII. Algunos gobernadores provinciales compraron su puesto para usarlo en su propio beneficio. Esto afectó a los presidios ya que los capitanes sirvieron a los intereses del gobernador o a los suyos propios, antes que velar por la seguridad de la frontera. El sistema debía mejorarse.

EL NORTE DE NUEVA ESPAÑA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII

En el norte del virreinato se construyeron nuevos presidios, pero ahora con la misión de proteger a las misiones, pueblos, haciendas y reales mineros próximos. Se pasaba de la estrategia lineal de protección de vías de comunicación, seguida durante la guerra Chichimeca, a una estrategia de actuación en zonas de influencia. También aumentaron su tamaño y la guarnición de dragones (soldados equipados para hacer el servicio alternativamente a caballo o a pie) para poder realizar su misión en zonas muy extensas, poco pobladas y casi siempre inseguras, debido sobre todo a incursiones de diferentes tribus bárbaras.

La dureza de su misión hacía necesario que cada dragón dispusiera de varios caballos y una mula. Esto obligaba a los presidios a mantener una numerosa caballada que, casi siempre, tenía que pastar fuera del recinto del presidio, lo que requería un buen número de hombres para su vigilancia. Aun así, eran frecuente objeto de robo por parte de merodeadores indios.

Muchos de los soldados presidiales no eran peninsulares ni criollos. A menudo habían nacido en la propia frontera y pertenecían a las diversas castas en que se estructuraba la sociedad de la época. Los presidios solían ser enclaves multirraciales en los que, entre los soldados y sus familias, había blancos, mestizos, coyotes, indios, mulatos, negros….

La ocupación del sur de Texas se llevó a cabo en la segunda década del siglo XVIII para contrarrestar la llegada de los franceses, que se expandían desde Canadá hacia el sur siguiendo el curso del río Misisipi. En 1720, una pequeña expedición al mando de Pedro de Villasur fue enviada desde Santa Fe hacia el nordeste para investigar y valorar la presencia francesa. Llegó hasta Nebraska, en el centro geográfico de los Estados Unidos, donde fue masacrada por los indios pawnee, equipados con armas de fuego suministradas por comerciantes galos. La necesaria ocupación de Texas amplió los territorios bajo soberanía nominal española y también el tamaño de una frontera ya de por sí enorme y difusa.

Uno de los trabajos llevados a cabo para la mejora del sistema presidial fue el largo viaje de inspección que el brigadier Pedro de Rivera realizó por los presidios del norte de Nueva España. Este viaje dio lugar a la promulgación por el virrey marqués de Casa Fuerte del reglamento de presidios de 1729.

El reglamento, redactado en una época de relativa tranquilidad, intentaba poner orden en muchos aspectos del funcionamiento de los presidios, pero primó la reducción de costes del sistema presidial. La fuerza total de solo 1006 hombres distribuidos en 23 puestos se redujo a 734 hombres y 19 puestos.

A principios del siglo XVIII, una tribu nueva, los comanches, había aparecido en las grandes llanuras. Eran guerreros, cazadores y pastores nómadas y pronto se convirtieron en el grupo dominante en aquellas regiones gracias a su rápida y eficaz adopción del caballo. En campo abierto fueron militarmente superiores a sus competidores en la caza del cíbolo (bisonte), los apaches, a los que empujaron hacia el sur y suroeste.

No habían transcurrido muchos años desde la publicación del reglamento de presidios cuando, hacia mediados del siglo XVIII, los apaches, y también los comanches, intensificaron sus frecuentes y a menudo masivas incursiones de saqueo en los territorios españoles. Amplias zonas del norte de Nueva España padecieron un estado permanente de guerra de guerrillas que asolaría aquellos territorios durante muchos años.

Los apaches, como antaño los chichimecas, carecían del concepto de nación, su comercio y su agricultura eran muy limitados, no criaban caballos, pero aprendieron a usarlos y robarlos muy pronto. Eran guerreros y cazadores y precisaban de sus razias para sobrevivir. Las incursiones en venganza por las pérdidas sufridas también formaban parte de sus costumbres. Eran odiados por las tribus indias con las que tenían contacto y se resistían a la sedentarización, que los españoles promovían para intentar acabar con aquella forma de vida. Además, respetaban solo mientras les convenía los frágiles acuerdos de paz que los capitancillos de cada banda firmaban ocasional e individualmente con las autoridades españolas.

Un intento de aproximación a los españoles por parte de los apaches, motivado solo por la necesidad de estos de ayuda contra sus enemigos los comanches, tuvo lugar en Texas. Se fundó la misión de San Sabá, específicamente para los apaches. A pesar de la protección que debía recibir de un presidio situado a pocos kilómetros, una gran partida de comanches, taowayas y otras tribus arrasó la misión en 1758, pocos meses después de su fundación, dando al traste con el proyecto.

EL GRAN NORTE MEXICANO TRAS LA GUERRA DE LOS SIETE AÑOS

El destino de aquella frontera remota estaba ligado a lo que ocurría en otras partes del mundo. En 1763, se firmó la paz de París que puso final a la Guerra de los Siete Años, una especie de primera guerra mundial, en la que participaron casi todos los países europeos y se combatió por muchas partes del planeta. Las fronteras del virreinato de Nueva España cambiaron. Se perdieron Florida Oriental y Occidental, que quedaron en poder del Reino Unido y, a modo de compensación, Francia cedió la Luisiana.

Ante el mal resultado de la guerra, el monarca español Carlos III decidió que era el momento de poner orden en sus ejércitos y en el imperio, comenzando un periodo de grandes reformas borbónicas. En 1765, envió a Nueva España como visitador, una especie de inspector plenipotenciario, al jurista y político ilustrado José de Gálvez, que permanecerá en el virreinato hasta 1772.

Gálvez promovió numerosas acciones y reformas, que tendrían continuidad tras ser nombrado en 1776 Secretario de Estado del Despacho Universal de Indias (ministro de Indias).

Una de estas acciones fue la ocupación de Alta California, iniciada en 1769 y motivada por la necesidad de adelantarse a la amenaza que empezaban a suponer ingleses y rusos. Ello podía hacer peligrar la importante línea comercial del Galeón de Manila, que cada año venía desde Filipinas y navegaba por aquellas costas con destino a Acapulco.

Otra acción destacada fue un nuevo viaje de inspección por los presidios del norte del virreinato. La realizó el marqués de Rubí entre 1766 y 1768 y dio lugar a un nuevo reglamento de presidios, puesto en vigor por el virrey Bucarelli en 1772. Se abordaban muchos problemas de organización y funcionamiento, algunos de los cuales ya había intentado resolver el reglamento de 1729 con regular éxito. El punto más importante fue definir una línea de 15 presidios, separados entre sí unos 160 km y ubicados más o menos sobre la actual frontera entre Estados Unidos y México. Fuera de esa línea quedaban los presidios de Santa Fe (Nuevo México) y San Antonio (Texas). Otros, como Los Adaes (Texas), se suprimían y también se establecían algunos destacamentos para servir de enlace con los presidios más alejados.

La tarea de gestionar la reubicación de los presidios e implantar el reglamento se encargó a Hugo O’Conor, militar irlandés naturalizado español, antiguo gobernador de la provincia de Texas, que fue nombrado Inspector General de Presidios de las Provincias Internas del Norte de Nueva España. Realizó una ardua labor, mejoró la coordinación entre presidios y consiguió algunos éxitos contra los apaches, pero la violencia continuó.

En 1776, un antiguo capitán del presidio de Tubac que en 1774 había logrado abrir una ruta terrestre entre las provincias de Sonora y Alta California, el teniente coronel Juan Bautista de Anza fundó el presidio y la misión origen de la ciudad de San Francisco. Al mismo tiempo, las 13 colonias de la costa este de los actuales Estados Unidos proclamaron su declaración de independencia, dando comienzo la llamada Revolución Americana.

En 1777, siendo ya ministro de Indias, José de Gálvez promovió la creación de la Comandancia General de las Provincias Internas. Las provincias del norte pasaron a tener un estatus diferenciado del resto del virreinato, de forma que un Comandante General pudiera decidir con rapidez y coordinar todas las acciones militares para la defensa de estas castigadas provincias.

El primer Comandante General de las Provincias Internas fue Teodoro de Croix, aristócrata y militar francés al servicio de España. Completó la línea defensiva de presidios con una segunda línea basada en milicias locales y en las denominadas compañías volantes, que eran como las compañías presidiales, pero acuarteladas en poblaciones generalmente más a retaguardia.

Las tareas encomendadas a todas estas unidades eran muchas: patrullar el terreno adyacente hasta enlazar con las patrullas de los siguientes presidios de la línea, realizar escoltas, perseguir a partidas de merodeadores, participar en campañas junto a otras unidades, cuidar la caballada, proteger el propio presidio, visitar a los indios de paz asentados en las proximidades…. Para poder realizarlas con eficacia fue necesario ir aumentando de forma importante las plantillas previstas por el reglamento.

De Croix consiguió poner en servicio una fuerza de unos 900 hombres de guarnición, 900 en patrulla continua y 900 en campaña. En 1778 creó la denominada tropa ligera, que sustituyó a una parte de los soldados de cuera de los presidios. La tropa ligera no llevaba cuera, adarga, ni lanza, y se suponía era más adecuada para combatir a pie y en zonas de montaña. El estado de guerra en las provincias internas continuó, pero la nueva organización pronto empezaría a dar frutos. Por los servicios prestados, al cesar en 1783 en su cargo en las Provincias Internas, de Croix fue nombrado virrey del Perú.

Mientras tanto, España ayudaba eficazmente a los revolucionarios americanos contribuyendo de forma importante a la derrota británica final en 1783 y recuperando las Floridas. El principal protagonista de esta ayuda económica y militar fue el gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, sobrino del ministro de Indias, José de Gálvez.

Bernardo de Gálvez había luchado en Sonora contra los apaches cuando era capitán. Entre 1770 y 1771 había dirigido 4 campañas y resultado herido en un ataque de estos indios en la ciudad de Chihuahua, salvando la vida gracias al uso de la cuera. En 1785 fue nombrado virrey de Nueva España y, aunque falleció tras estar solo año y medio en el cargo, tuvo tiempo de escribir un documento conocido como Instrucción de 1786. En él, haciendo uso de su amplia experiencia personal en Sonora y Luisiana, establecía la estrategia a seguir en las Provincias Internas, sobre todo contra los apaches, considerados los más peligrosos e irreductibles enemigos.

Los puntos principales de la extensa y ampliamente aceptada instrucción de 1786 se resumían en la frase del propio Gálvez más vale una mala paz que una buena guerra y se concretaban en:

Mantener la presión militar sobre los indios, al grado de exterminar a los apaches si era necesario.

La confianza sostenida en la construcción de alianzas (el vencimiento de los gentiles consiste en empeñarlos a que ellos mismos se destruyan entre sí).

Los indios que quisieran la paz debían hacerse dependientes de los españoles mediante los regalos y el comercio (los regalos eran más baratos que la guerra y más efectivos que inútiles aumentos de tropas).

En 1779, el entonces gobernador de Nuevo México, Juan Bautista de Anza, infringió una severa derrota a los comanches lo que, unido a los efectos de una epidemia de viruela, facilitó la firma de un tratado de paz con estos indios en Nuevo México en 1786. Un año antes, el gobernador de Texas, Domingo Cabello, había firmado un tratado similar con los comanches de esa provincia, que se convirtieron de hecho en aliados de los españoles contra los apaches.

La implantación del reglamento de presidios de 1772 por Hugo O’Conor, la red defensiva puesta a punto por Teodoro de Croix, la aplicación de la instrucción de 1786 de Bernardo de Gálvez, los tratados de paz con los comanches logrados por Anza y Cabello, y los sucesivos nombramientos de competentes Comandantes Generales, dieron un gradual vuelco a la situación de las Provincias Internas.

Para mediados de la década de 1790, y a pesar de algún levantamiento como el los apaches mescalero en 1795, muchas bandas apaches habían sido pacificadas y estaban instaladas en las proximidades de presidios, donde recibían raciones y protección de los españoles (un precursor de las reservas indias implantadas en el siglo XIX por los Estados Unidos). La paz era relativa pero las infracciones, tanto de indios como de españoles, se consideraron acciones individuales, que no justificaban reanudar la guerra.

Los efectivos de las compañías presidiales, más los de las compañías volantes y los de tres compañías de indios amigos (dos de ópatas y una de pimas), se estabilizaron en torno a los 3000 hombres. A esta cifra hay que añadir las milicias, menores en número y de un valor militar muy variable según las unidades. Por tanto, se puede afirmar que 3000 soldados defendieron 3000 km de frontera.

EPÍLOGO

Al comienzo del siglo XIX, esta frontera volvió a cambiar, primero al retroceder España a Francia la Luisiana y después al vendérsela Napoleón a los Estados Unidos. Esto dio origen a nuevos problemas fronterizos, ahora entre España y los jóvenes y expansionistas Estados Unidos.

La paz con los indios se mantuvo en la mayor parte de las Provincias Internas hasta la independencia de México, en 1821. En Texas lo hizo sólo hasta 1810, cuando los movimientos revolucionarios mexicanos y las injerencias norteamericanas asolaron la provincia, dejando vía libre a que apaches y comanches reanudaran sus correrías.

Texto original: F. Moreno del Collado ©

Revisado por: A. Vílchez, J. Serrano, M. Arranz, M. Rispa

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