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La camiseta de Maradona

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Por más títulos que haya ganado el Sevilla enhorabuena a partir del Año de Nuestro Señor de 2006, el corazón me late de una manera diferente cuando veo alguna foto del Sevilla de principios de los 90. Que sí, que disfruté muchísimo con aquel Sevilla de Juande Ramos, el mismo que le metía 5 al Madrid en el Bernabéu en una Supercopa de España o que ganaba una Supercopa de Europa 0-3 al Barcelona y corrían como gamos a ver si caían unos cuantos más. ¿Qué decir de aquella final de Eindhoven que nos cambió la vida y la historia con aquel 4-0 al Middlesbrough? Y todo lo que ha venido, que hemos perdido la cuenta… ¿Cómo no recordar a Dani Alves echándose a cuestas el equipo desde la banda? ¿Y la calidad y la velocidad de Puerta QEPD? ¿Y Palop parándolo todo y hasta metiendo goles in extremis si hacía falta? Y tantos otros grandes jugadores y tantas otras cosas que todavía nos recuerda la presencia de nuestro Jesús Navas… Porque con Emery, mal que le pese a algunos, también disfrutamos tela, pero tela. ¡Qué títulos y qué derbis!

Que sí, que yo lo sé, pero oye, que es bichear una foto o un cromo de Martagón, Unzué, Diego (¡probablemente, mi primer gran ídolo!), Rafa Paz, Polster, Jiménez, Suker, el tiburón Prieto… Y encogérseme el corazón y recordar cómo sentía de niño, en un viaje que va de la mente al corazón.

No entiendo mucho de diseño o de moda y esas cosas, pero las camisetas de fútbol cada vez me parecen más feas y más horteras.  Y encima carísimas. Me iba a gastar yo 90 euros en eso enseguida… Y me temo que no soy el único, pues no en vano, las camisetas retro están de moda y cuestan más o menos la mitad. Y con esta moda uno de los modelos que vi fue una réplica de la camiseta del Sevilla de la temporada 92/93, el año que llegó Maradona. No sé cómo explicar aquellas ilusiones infantiles cuando en el Sánchez-Pizjuán vi a Maradona en el palco, esperando para firmar el contrato y jugar. Yo tenía 11 años, eran los tiempos de la Expo y le gritaba que saltara al campo como si me fuera la vida en ello.

Todavía tenía muy presente cómo pocos años antes, con aquellos míticos partidos en los que el Nápoles se proclamó campeón de la UEFA, me llamaba mi abuelo materno como para descifrarme un arcano, pues el fútbol televisado era un acontecimiento. Aquellos partidos de Maradona y Careca de finales de los 80 que cambiaron la historia del Nápoles me maravillaron, porque amén del entusiasmo de mi abuelo materno, también generaba el entusiasmo de mis tíos paternos y, aunque Maradona cuando llegó al Sevilla ya estaba hecho polvo, el que más y el que menos quería verlo jugar porque era un ídolo, un jugador diferente. Y vive Dios que era un espectáculo verlo jugar. Por aquel entonces, Simeone era uno de mis ídolos, y ver el centro del campo de Simeone surcado hacia la delantera de Maradona y Suker me llevaba al borde del colapso. Y encima entrenados por Bilardo, aquel técnico de quien tantas maravillas había escuchado a mis mayores por mor de aquel golazo de Maradona contra Inglaterra en México´86 y todo eso y que tan famoso acabaría haciéndose por aquello de “¡pisalo!”

Ver a Maradona en el Sevilla, con todos los defectos que tuviera (que los tuvo, y muchos) fue cosa de otro planeta. Era cualquier detalle, cualquier parada de pecho, cualquier cabeceo, cualquier falta, cualquier penalti, cualquier regate… Hasta verlo entrenar… O aquellas pataditas que dio con aquella bolita de papel de plata… No eran aquellos partidos del Nápoles que yo veía con mi abuelo como descifrando un jeroglífico, pero merecía la pena verlo, aunque fuera un momento. Algo parecido a la belleza efímera del toreo de arte en aquel estadio donde iba con algunos familiares y paisanos que siempre nos quedábamos boquiabiertos delante del mosaico de nuestro escudo, por más que lo hubiéramos visto tropecientas veces. Y aquellas tardes tenían su tarea, porque muchas veces uno tenía que pegar saltos para medio enterarse de lo que pasaba ante aquella hinchada entusiasta y deseosa de ganar.

Con todo, la temporada 92/93 no acabó como se esperaba. Por aquellos entonces, a lo más que aspirábamos era a clasificarnos para jugar la Copa de la UEFA. Sin embargo, aquella temporada parecía que el Sevilla lo tenía todo para dar el salto de calidad y apuntar más alto, pero no se cumplió la expectativa. A una primera vuelta fulgurante siguió una segunda vuelta decepcionante y al final no logramos ni clasificarnos para la UEFA. Maradona no siguió en el Sevilla y al año siguiente fue otra historia, sí que nos clasificamos para la UEFA, aunque no fue más que un momento dulce para la ruina que vendría después, de la que tardamos un tiempo en salir.

Sea como fuere, para la 93/94 el Sevilla ya tenía otra camiseta. Se empezó con Bukta, se siguió con Front Runner y se llegó a Hot Shot en la mencionada 93/94. Las Bukta me las regalaron para mi primera comunión, la blanca y la roja. Yo querría haberme comprado la del año de Maradona, pero entre una cosa y otra al final no me la compré, pasó el tiempo y ahí quedó la cosa, como un sueño incumplido de una infancia que quería viajar a la adolescencia mientras que las ilusiones futbolísticas iban cayendo, hasta que llegó una juventud gloriosa.

Ahora que hay mal de fondo en el club (espero que no lleguemos a las turbulencias que tan mala sombra traen), más todavía se me viene a la mente la camiseta del año de Maradona. Todo este tiempo, cada vez que la veía por internet, o cada vez que pasaba por la tienda del Sevilla, me quedaba mirando y suspiraba como viajando el tiempo. Y comoquiera que las mujeres tienen la intuición mucho más fina y desarrollada, resulta que el pasado 28 de agosto, para mi 41 cumpleaños, mi señora me sorprendió regalándome la réplica de la camiseta de aquella temporada 92/93, que por más réplica que sea, tiene la misma textura gruesa (como híbrida de polo y camiseta), los mismos escudos de fondo, el mismo bordado y hasta el mismo olor textil que recordaba desde el día de mi comunión. Cuando abrí la caja, extendí la camiseta y me la puse… En fin, esos momentos me hicieron de nuevo viajar en el tiempo, a un tiempo en el que me hacía mucha más ilusión el fútbol que ahora, por más que aquellos tiempos fueran más duros. Será que uno ya va para viejo e idealiza o romantiza épocas pasadas… Pues sí, será…  Pero, ¿qué sería de la vida sin esos pellizcos en el corazón y sin esos nudos en la garganta?

Gracias a mi señora por haber hecho que me sienta niño de nuevo, por haber sido artífice de cumplir un sueño que nunca se durmió a pesar de los años.

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