III. Autonomía y soberanía en el siglo XXI

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Continuamos con el ensayo de Francisco J. González Sosa. Pensamos que los nombres de Puerto Rico y Cuba podrían intercambiarse sin muchas dificultades. Después de todo, como dice la canción “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”. Por su importancia dentro de la campaña de información que estamos llevando a cabo en nuestra asociación a favor de esta idea, vamos a compartirla con nuestros lectores a partir de hoy en seis partes. La tercera: AUTONOMíA Y SOBERANIA EN EL SIGLO XXI

El atributo de la “soberanía” ha sido definido como la autoridad o habilidad de un estado para determinar qué tipo de relaciones tendrá con las potencias extranjeras. Esto es, se define la soberanía en relación con el grado de autonomía que posee un territorio en particular tanto para regir sus asuntos internos como para establecer relaciones con el resto de los países del mundo. Más aún, un estado puede ser soberano aunque no sea plenamente independiente de otro estado. Históricamente, la idea de “soberanía política como la máxima expresión de la identidad nacional de un pueblo” ha sido recogido en la carta orgánica de la Naciones Unidas, siendo adaptado principalmente al proceso de disolución de los imperios coloniales europeos en África, Asia y las Américas a partir de 1945. Sin embargo, la cohesión de muchos de los estados multiétnicos post-coloniales ha resultado ser débil ya que la unidad lograda para reclamar la independencia no pudo satisfacer las necesidades e intereses particulares de los grupos étnicos constituyentes, dando paso a reclamos de autonomía y hasta secesión.


El fin de la Guerra Fría se vio marcado también por la explosión de sentimientos nacionalistas y reclamos de autogobierno en Europa Oriental y Asia Central, que resultaron el la desintegración de la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia. Trágicamente, este nacionalismo de finales del siglo XX ha desembocado en casos de “limpieza étnica” y hasta genocidio contra las etnias que reclamen la autodeterminación, siendo Yugoslavia y Ruanda los casos más extremos pero no los únicos (por ejemplo: Timor Oriental, Tíbet, Sri Lanka y los Territorios Ocupados por Israel en Palestina).


Por otra parte, y aunque parezca ser una contradicción con lo antes expuesto, la disolución de estados multiétnicos ha coincidido con la integración de estados soberanos en bloques políticos y económicos multinacionales, como la Unión Europea, y el Tratado de Libre Comercio (el TLC, o NAFTA, por sus siglas en inglés) entre los EE UU, Canadá y México. En Europa, la necesidad de lograr mayor eficiencia económica (reduciendo barreras arancelarias, viabilizando la cooperación en la investigación técnica y el desarrollo de nuevos productos, etc.) fue en un inicio el motor principal para la integración multinacional. Sin embargo, el impacto de este nuevo ordenamiento económico en el gobierno, cultura y sociedad de los países miembros de la Comunidad Económica Europea hizo obvia la necesidad de integrar también estos aspectos del ámbito interno nacional dentro de un marco político, resultando así en la creación de la Unión Europea en 1992.

De igual manera, los países de Centroamérica y el Caribe actualmente están en el proceso de crear una zona de libre comercio para servir de enlace entre los bloques comerciales como el Tratado de Libre Comercio (TLC) y NAFTA norteamericanos, y el MERCOSUR, integrado por Argentina, Brasil Uruguay y Paraguay. Volviendo a la situación de Puerto Rico, estos cambios en el ordenamiento internacional pueden afectar el debate sobre el estatus en varios niveles: primero, el fenómeno de la disolución de los estados multiétnicos por una parte fortalece los argumentos de los grupos conservadores en el Congreso estadounidense que se oponen a la incorporación de un Puerto Rico con identidad cultural propia, como estado federado; y en segundo lugar, la disminución en importancia del Estado-nación y la creación de bloques económicos multinacionales regionales resaltarán la importancia para Puerto Rico de poder establecer relaciones comerciales de manera propia, al mismo tiempo que se minimiza la relevancia de la independencia política o soberanía plena, como herramienta indispensable para el libre desenvolvimiento de un país en la esfera internacional; es decir, la clave para el futuro desarrollo de Puerto Rico residirá en la autonomía económica (sumado también a la autonomía cultural) aunque no posea soberanía en otras áreas.

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