Por: José Manuel Presol

Recibí el pasado sábado, día 9, un aviso, después confirmado por la prensa, ninguna oficial, de la muerte de una persona que es desconocida para el 99% de los cubanos.

Era “Jimenito”, el comandante Guillermo Jiménez Soler, del Directorio Revolucionario. El nombre me trae recuerdos borrosos de 1959, cuando era un fiñe, y de visitas de “nombres gloriosos”, otros no tanto, a mi casa.

Antes de continuar, debo decir que tengo la duda de si fue un traidor al Directorio y a Cuba, o si, simplemente. no le quedó más remedio que “resolver” para poder sobrevivir. Prefiero pensar lo segundo. Sí puedo afirmar que, hasta donde conozco, fue uno de los pocos que se ha atrevido a desobedecer una orden directa de Fidel Castro y sobrevivir.

“Jimenito” fue fundador del Directorio Revolucionario; inmediatamente, por su gran formación, era abogado e historiador y tenía a medio hacer la carrera de periodismo, pasó a integrarse en la Secretaría de Propaganda y en el Ejecutivo Nacional, hasta su disolución.

No tomó parte en el Asalto a Palacio, el 13 de marzo de 1957, por estar recuperándose de una operación para sacarle los balazos que recibió en una manifestación; pero, a los pocos días, y aún con vendajes y dolores, cumpliendo órdenes de Fructuoso Rodríguez, estaba en Ciego de Avila, en la antigua provincia de Camagüey, reorganizando el Directorio para recuperarse de lo sucedido; su zona de actuación era, nada menos, que media Cuba, el territorio de las provincias de Las Villas, Camagüey y Oriente, o sea “todo”, si miramos un mapa, de Matanzas a la derecha.

Poco después parte, siguiendo instrucciones, al exilio; su misión: ayudar a organizar las expediciones que tenían que apoyar al Frente del Escambray, fundado por Eloy Gutiérrez Menoyo el 10 de noviembre de 1957.

Formó parte de la expedición del Scapade, que salió de Florida el 31 de enero de 1958, y que, a pesar de varios contratiempos, y tras dos trasbordos, llegó a su destino en Nuevitas, concretamente al embarcadero de la Playa de Santa Rita, a unos dos kilómetros de la localidad. No le ocurrió como al Granma que, más que desembarcar, casi naufragó.

Desembarcaron hombres y material, que se dividieron en dos grupos, uno que se movió hacia Camagüey y luego al Escambray y el otro a La Habana, a reforzar la organización clandestina. Se incorporó a la guerrilla, estando entre los primeros en entrar en La Habana.

Le fue reconocido el grado de comandante, aunque si consultamos cualquier registro castrista, este reconocimiento ha desaparecido totalmente, y no figura ningún grado militar. Tampoco figura en ningún sitio, o en pocos, que, por sus cargos en el Directorio, se le consideró, durante un tiempo, entre los fundadores del actual PCC.

Se integra en las FAR y en el MININT, estando, oficialmente, a cargo de labores de inteligencia en Latinoamérica y Argelia, pero, realmente, estaba a las órdenes directas de Fidel Castro, que, como ya sabemos, no se fiaba de nadie, tratando de descubrir las redes del KGB en Cuba, antes del 59, y los posibles agentes soviéticos dentro de la Seguridad del Estado.

Llega un momento crucial para el castrismo: el juicio contra Marcos Rodríguez Alonso “Marquitos”; que empieza el 26 de marzo de 1964. Se le juzgaba, nada menos, por ser el delator, unos años antes, que permitió a Esteban Ventura asesinar a los Mártires de Humboldt, 7; los últimos supervivientes de la cúpula del Directorio Revolucionario después del Asalto a Palacio.

Marquitos asistió a su juicio con claros síntomas de estar drogado, con lo que sus declaraciones eran incongruentes, no obstante, y pese a lo que Ventura había dicho, en Miami, que el auténtico delator era Faure Chomón, fue condenado a muerte y fusilado de forma inmediata.

Durante ese juicio, Jimenito se portó como un hombre y, a pesar de haber recibido órdenes directas de Fidel de declarar en un sentido, lo hizo en otro, esfuerzo inútil.

A continuación, él fue el juzgado, en un juicio interno del MININT, despojado de todos sus cargos y expulsado, tuvo la suerte, inexplicable, de no ser enviado a prisión, ni ser fusilado, se le envió, a dirigir una fábrica de betún, finalmente pudo empezar trabajar en el Banco Nacional de Cuba y a escribir y a colaborar en Granma Internacional y otros medios.

Como ha dicho Fructuoso Rodríguez (hijo): “fue la personalidad histórica más perseguida, más ninguneada y más injustamente relegada de todo el Directorio Revolucionario”.

Pudo dedicarse a su gran pasión: la Historia; y, personalmente, creo que en ella encontró su venganza. Aparte de otros trabajos, hay dos de sus obras que destacan sobre todas: la inmensa Las empresas de Cuba – 1958, que incluyen 1.384 compañías y todos sus propietarios, relaciones, marcas, patentes, etc., y Los Propietarios de Cuba – 1958.

En esas dos obras hace un gran “descubrimiento”: que, si analizamos los datos, cosa que normalmente no son capaces de hacer los censores, resulta que, de los 551 propietarios que menciona, aunque tenía fichas de hasta 1.000, solo aparecen 65 españoles, 24 americanos, 1 o 2 italianos, franceses, canadienses, británicos y mexicanos, el resto eran cubanos; o sea que Cuba no era propiedad de los Estados Unidos, ni de los extranjeros en general.

Esos dos libros, son la prueba, al no poder hacer consultas en los Registros cubanos, ni tener, muchas veces, documentación, que se presenta en casi todas las reclamaciones judiciales al actual gobierno de Cuba por expropiaciones cometidas.

Lo dicho, como se dice en la novela “Las amistades peligrosas” (Les Liasons Dangereuses), del francés Pierre Chonderlos de Laclos: “La venganza es un plato que se sirve frío”.

Estaba ingresado en cuidados intensivos en el Carlos J. Finlay, de La Habana, pero lo enviaron, a pesar de su estado, para su casa, donde falleció, según la particular forma de hacer las estadísticas por la medicina cubana, a causa de complicaciones cardio respiratorias, vamos una forma de contar una víctima menos del COVID-19.

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