Decía el filósofo Gustavo Bueno QEPD que desde primera el español fue una lengua filosófica y científica. Se puede apuntar, con el genio de Santo Domingo de la Calzada, a la Escuela de Traductores de Toledo de Alfonso X el Sabio, que lejos de ser un “progre tolerante” al uso (estamos hablando de un rey que llegó repartiendo estopa hasta Rabat), fue un hombre eminentemente práctico, y recogiendo la sabiduría de su tiempo, llenó España de lírica galaicoportuguesa y trovadores provenzales, e hizo del romance que nació (hablando burdamente) cuando a los vascones les dio por hablar latín (y es que la herencia fonética/silábica/abierta/fuerte es innegable), amén de lengua política, también lengua filosófica y científica, incorporando directamente conceptos complejos, abstractos y técnicos del latín, el griego y el árabe. Por eso, otras lenguas europeas no han tenido más remedio, a la hora de elaborar filosofía o ciencia, que acudir al español para obtener vocablos perfectamente asentados en la lengua de Cervantes y Quevedo. Por eso, Unamuno, que era catedrático de griego y algo sabía del tema, insistía en el parentesco del español para con el griego, amén de ser hijo del latín, por supuesto.

El español no es sólo una herramienta comunicativa, que por supuesto. Va más allá de ser una lengua franca para muchos millones de personas. Retomando a Unamuno, el filósofo vascongado decía que la lengua era la sangre del espíritu. El español, nacido desde las orillas del Cantábrico a las montañas de Burgos, con su flexibilidad sintáctica absorcionista de dialectos más o menos minoritarios, se alimentó y se rehízo en América, desde el Caribe a las grandes praderas norteamericanas, para acabar en los confines de los Andes. Llegado al Nuevo Mundo con el filtro andaluz y canario, juntó a españoles de todas las regiones (y otros que con ellos llegaron, como italianos, griegos, o incluso alemanes, franceses e irlandeses), indios y negros. Incluso tras las sangrientas guerras secesionistas, sin embargo, no se perdió el vínculo cultural, y así, vemos cómo muchos literatos hispanoamericanos fueron a España (desde Rubén Darío a García Márquez o Vargas Llosa) y cómo muchos escritores españoles fueron a América (véase Valle-Inclán). ¿Qué decir de la gran labor editorial llevada a cabo en su día por personalidades como el granadino Luis Rosales o el gallego Camilo José Cela, uniendo mundos por encima de ideologías? ¿No decía Federico García Lorca, el gran poeta, paisano y amigo del mentado Rosales, que el español que no ha estado en América, no sabe lo que es España?

Y eso por no hablar de la música, que tanto la ibérica como la criolla se nutren constantemente de filtros cubanos; y ya en el siglo XVII, en las más importantes cortes europeas se están imitando músicas llegadas directamente de la América virreinal.

¿Quién influenció a quién? Creo que es una pérdida de tiempo de óptica difusionista. Prefiero la óptica del modo de interacción compleja. Lo cierto es que hay un sustrato cultural común imparable, que cada “x” tiempo tiene que dar a la fuerza buenos resultados, y que a día de hoy, ante la pobreza retórica y la mediocridad, está amenazado por la anglosajonización, como en el siglo XVIII lo estuvo por el afrancesamiento (aunque el francés no deja de ser una lengua romance. Lo que pasa hoy es todavía peor). Por eso, desde el barroco al realismo mágico, encontramos tantas cosas en común, tanta vitalidad, tantas ganas. Hemos tenido edades de oro y de plata, y aun en nuestras horas más bajas, siempre ha habido próceres de nuestra lengua comprometidos con el papel de esa genial y retumbante koiné.

Nuestro idioma quiere decirnos mucho. Hace falta, sin duda una nueva “generación” que coja el toro por los cuernos y se comprometa en la defensa de una bandera cultural, filosófica y científica con aroma de ecúmene. Otros muchos embellecieron lo nuestro. Recojamos ahora su testigo, sin tapujos, sin complejos. Nuestro idioma es Europa frente a África en comunión con América; el Mediterráneo y el Atlántico hacia el Pacífico; como dijo Juan Vázquez de Mella del Estrecho de Gibraltar (y también supieron verlo otros ilustres intelectuales, como Ángel Ganivet), el punto estratégico más importante del planeta. Nosotros somos la Atlántida. Es cuestión de darle fondo y forma, desde las palabras a la acción. Si el Imperio Bizantino fue el Imperio Romano de Oriente, la Monarquía Hispánica fue el Imperio Romano del Atlántico. Por más que las estructuras políticas se resquebrajen, donde hubo, algo queda. Y no es una cuestión de volver al pasado, sino de aprovechar lo que tenemos para ir hacia nuestro real potencial, hoy vilipendiado y castrado, precisa y especialmente por aquellos que hicieron la Commonwealth, el plan que era para nosotros entre finales del XVIII y principios del XIX, si se hubiera cumplido con orden y concierto aquella carta del conde de Aranda.

Otrosí, recordemos que este idioma lleva siendo atacado en España, especialmente en determinadas regiones, ya demasiado tiempo; gracias a los partidos mayoritarios y sus socios/oligarcas separatistas, sirviéndose de un injusto sistema electoral que beneficia a los hispanófobos. Que eso es surrealismo y lo demás son tonterías.

Como Lázaro, levantémonos y andemos. Así como el venezolano Arturo Uslar Pietri evocaba el rico lenguaje de las Partidas de Alfonso X el Sabio para renovar el español desde América, imitemos los mejores ejemplos de nuestra koiné para seguir sobre el azul del mar el caminar del sol, evocando la poesía de José María Pemán, aquel gran poeta nacido en la ciudad más antigua de Occidente, la cuna del gran botánico Celestino Mutis, antepasado de Álvaro Mutis, el gran escritor colombiano que llevó por bandera nuestro idioma; sabiendo, con el arquitecto Gaudí, que “la originalidad consiste en el retorno al origen; así pues, original es aquello que vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones.”

-Antonio Moreno Ruiz

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