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El "último de Cuba" vivía en Asturias

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Aurelio Díaz Campillo, vivía al pie de los Picos de Europa, en la pequeña localidad Asturiana de Tielve. Conoce su historia y sus recuerdos sobre la Guerra de Cuba.

Hace solamente unos meses leí en un periódico de gran tirada la noticia de que había muerto el único superviviente de la guerra de Cuba, cerrándose así una etapa de nuestra Historia. Puse en duda la noticia, pues en mis andanzas por los picos de Europa el verano de 1976 conocí a un vigoroso paisano con muchos años y cuantiosa descendencia que nos contaba escenas vividas por él en su lucha contra los insurrectos y no tenía aspecto de morir a causa de los años. Hice propósito de averiguarlo en las vacaciones del presente año.

Llegará e centenario en octubre de 1978

Aprovechando uno de los pocos días gloriosos (como denominan gráficamente los ingleses a los días formidables), cogí mi jeep, el legítimo, el que no conoce obstáculos, y me fui en busca de mi amigo. Lo encontré con su familia recolectando hierbas medicinales para el invierno y madera y raíces de nogal para sus rústicas tallas, que después vende a buen precio. Bajamos a su casa y allí estaba su hermano, su hijo, varios nietos y biznietos. Una tataranieta se hallaba ausente. Su mujer murió hace años.

Efectivamente, Aurelio Díaz Campillo cumplirá cien años el 16 de octubre de 1978. Es hijo de Bernabé Díaz y María Campillo; nació en Tielve, uno de los pueblos impresionantes por su belleza, al borde del rio Duje, que descansa en un increíble valle muy estrecho, de un verde que sólo existe en estos parajes; en pendientes rocosas, que se aproximan a la vertical, la vista alcanza muy pronto afiadas crestas. El conjunto es tan bello, que más bien parece una decoración salida de un sueño. Aurelio nos dice: “Cuando era pequen lo pasé bastante amargo”, pues mis padres, pastores, no tenían para más. Mi niñez fue cavar el huerto y cuidar ganado; unas veces, cabras, otras vacas. De mojaduras, frío. agua, nieve “a montones”. En cuanto oscurecía a dormir en las cuevas; unas veces con candil, otras, sin él. Mi comida eran castañas, nueces y leche, que nunca me faltó, como el queso de Cabrales, que ahora les da por decir que tiene la «penicilina”.

A los dieciocho años, destino: Cuba

Así creció Aurelio, robusto, endurecido como una roca por el frío, el sol, el agua, la nieve y todas las inclemencias y penalidades del hombre primitivo, en contacto siempre con la naturaleza despiadada y bravía.

A los dieciocho, en 1887, entró en suertes, lo tallaron y fue destinado a Cuba al campamento provincial de La Habana San Antonio de las Vegas, a las órdenes del general don Arsenio Blanco. “Gran hombre —nos dice Aurelio—, pues nunca mandaba hacer cosas que no pudiera hacer él mismo. Todos le querían. Entró en acción el cuarto año de los cinco que duró la guerra contra los emboscados, contra los insurrectos. Nos cuenta multitud de aventuras de pequeña envergadura y ante nuestra insistencia, nos dice:

—Callaos, que os voy a contar una que merece la pena.

Nos sentamos en corrillo sobre la hierba y él tomando conciencia da su importancia, nos cuenta llanamente:

—Estaba de centinela en una descubierta, de las muchas que se hacían al enemigo oculto en los grandes bosques, salieron del campamento base de San Antonio cuatro hombres a caballo. Las tuerzas estacan de limpieza a pocos kilómetros de la base y en ella quedamos 80 hombres rebajados de todo servicio por las tercianas… ¡Las palúdicas eran peores que los emboscados! A la media hora aproximadamente, veo desde el puesto de centinela a los cuatro jinetes, que corrían más que el viento, y detrás de ellos muchos insurrectos a caballo. El último de los cuatro caballos disminuyó el galope y el jinete fue alcanzado, derribado y degollado allí mismo. Los otros tres entraron en nuestras líneas gritando:

“iA las armas! ¡Son más de cuatrocientos!”

Inmediatamente los 80 hombres con sus fusiles saltaron a las trincheras…

Se le anima la cara a Aurelio y pregunta:

—¿Sabéis cómo les hicimos poner los pies en polvorosa? iA fogonazos! Pronto quedaron tendidos más de lo mitad y el resto desapareció en el bosque próximo. Los muy… se enteraron de que en la base solo había 80 españoles amarillos y enfermos, y ya ven. con “tiritona” y todo les dimos su merecido.

¿Y de los americanos qué?

—Estaba en La Habana cuando empezaron a aproximarse a la bahía varios barcos americanos. Se corrió la voz y tomamos posiciones en una colima que dominaba la bahía. Empezó al bombardeo de los barcos, pero al segundo cañonazo que disparó la batería del “Morro”, un barco enemigo se inclinó de lado, por el trastazo que la dieron. A este no le vimos hundirse, pues se lo llevaron remolcado a alta mar. Los otros barcos desaparecieron. Nos quedamos roncos de gritar ¡Viva España! ¡Vivan los artilleros!

Poco nos duró la alegría, pues aquellos barcos se concentraron en Santiago de Cuba y consiguieron desembarcar. En septiembre del 99 ocuparon los americanos la isla. Recibimos le orden de rendición, pues no quedaba un solo cartucho. Fuimos bloqueados totalmente por mar. Nuestros barcos de guerra eran unos “cacharros” y no podían enfrentarse con los poderosos americanos. En honor a la verdad, hicieron más de lo que humanamente podía hacerse y sucumbieron con honor.

Fue una pena, pues la guerra estaba ganada; si no hubiera sido porque nos quedamos sin qué comer y sin municiones, les hubiéramos dado muchos disgustos. iY su trabajo les costó! Por ejemplo, en la playa de San Juan cayeron miles de americanos, y los que defendían la playa eran sólo 500 hombres. al mando del general Vara del Rey. Por dos veces tuvieron que reembarcar y sólo nos invadieron cuanto nuestros fusiles no podían disparar por falta de municiones.
Recuerdo como curiosidad que muy a menudo desembarcaban negros con una anilla en la nariz. ¡De ésos no quedó ni uno!

No me remuerde la conciencia de no haber hecho todo lo que pude, lo mismo que mis compañeros, jefes y oficiales.

Los “politicones” tuvieron la culpa

“Me preguntaréis: ¿Pues entonces, quién tuvo la culpa del desastre? Está mal echar la culpa a nadie. Para mí, como para mis compañeros, la culpa fue, como siempre, de los “politicones” que mientras nosotros nos jugábamos con gusto la vida por España, ellos mandaban sobre lo que no sabían. No me explico todavía como nuestros generales, que sabían lo que hacían, tenían que obedecer a los “politicones”.

Aurelio Díaz fue embarcado en La Habana rumbo a España en el Villaverde. En diciembre de 1899 se hizo lo entrega oficial de la isla a los americanos. No quiso hacerla el general Blanco, comandante en jefe de las fuerzas españolas, y la tuvo que hacer el general Castellanos.

—Celebramos la Nochebuena en alta mar—recuerda Aurelio—. Triste Nochebuena fue aquélla, pues la alegría de pensar que faltaba poco para llegar a casa nos la fastidiaba la tristeza de la derrota.
Yo tomaba notas, apuntando literalmente lo que decía Aurelio. Al final, me cogió el bolígrafo y con los ojos humedecidos me dijo: “Para que sea creído por todos lo que digo, voy a firmar”. Y firmó. El superviviente Aurelio Díaz garabateó su firma.

Hemos quedado en que el 16 de octubre del año que viene, un día después de la fiesta de Santa Teresa, cumplirá cien años, y eso hay que mojarlo, y Aurelio nos invitó a todos los presentes.

Al preguntarlo como era posible que se acordara tan bien de los nombres y fechas, lugares y apellidos, me contestó:

“Los de antes no me falta uno; no puedo decir lo mismo de los recuerdos de los últimos años. A los de esta tierra – y señaló los picos de Europa- (algunos de los cuales hacen gala de nieve eterna; en la parte norte de los mismos no da el sol, y la nieve permanece hasta la próxima nevada), si uno se logra de pequeño, después no lo parte un rayo y menos si come todos los días queso de Cabrales, como lo hago yo”.

Aurelio Díaz, el último superviviente de la guerra da Cuba, se encuentra física y mentalmente muy bien. Mi opinión particular es que, salvo accidente y muy pronto, por abandono de los oponentes, se convertirá en el nombre más longevo de España.

Dr. M. Ruiz Rivas, para ABC, 1978.

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