Como ahora han surgido algunos «teóricos» de la cubanidad con el tema del origen izquierdista del exilio cubano, dejó acá este fragmento del Cap. 3 de mi libro Mitos del antiexilio (publicado en español en 2007, en inglés en ese mismo año y en italiano en 2008) donde detallo acerca del origen y la particularidad de las ideas izquierdistas en el exilio cubano como desove, eso sí, de una sociedad en la isla que, al menos desde los años 30, fue manipulada por una prensa, una farándula y una intelectualidad de izquierda. Misma situación, por cierto que vive hoy EEUU y que, ay, los «teóricos» de marras apoyan sin empacho como mismo hicieron sus iguales de la isla en el pasado.

Por Armando de Armas

         Esta es una de las definiciones más socorridas para estigmatizar al exilio cubano. Es una definición hija de la supuesta superioridad moral de la izquierda, esa que justifica cualquier dictadura; siempre que sea de la mano zurda. Esa que hace declarar al socialista José Rodríguez Zapatero, el flamante Jefe de Gobierno Español, ¡tan campante en su talante!, que luego de 8 años de derechas (en referencia al mandato de José María Aznar), España había entrado en los derechos. La  misma que hace que la mayoría de los intelectuales del mundo sienta una suerte de patológica aversión por George W. Bush, presidente de la primera democracia del planeta, y cierta condescendencia, en algunos casos, y devoción perruna, en otros, por Fidel Castro; no obstante ser, o tal vez por ello, el Máximo Líder (como le gusta que le llamen) del régimen más despótico y longevo (¡va para medio siglo ya!), parido en el Hemisferio Occidental. Claro, si nos acordamos de los más de 100 millones de muertos dejados por el comunismo en el pasado siglo, y a los que habría que añadir los muertos que en el presente siglo siguen sumando los sobrinos del Tío Marx, quizás entonces podamos tener una idea de cual es el tipo de superioridad que se adjudica la izquierda. Se suele pasar por alto que hoy en día hay más de 1 500 millones de seres humanos, por poner una cifra conservadora, bajo la égida del comunismo, más o menos matizado según la conveniencia de la táctica leninista de un paso adelante y dos hacia atrás, en países como Cuba, Vietnam, China y Corea del Norte; de este último paraíso de justicia social la televisión japonesa ha mostrado imágenes de ejecuciones públicas en masa efectuadas en marzo del 2005, mientras que el desertor norcoreano Park Kwang II ha dado testimonio reciente ante la Asamblea Nacional de Corea del Sur acerca de que logró escapar de su país luego de ser condenado a muerte por cometer el nefando crimen de mirar una telenovela surcoreana en su aldea natal de Hamhung; Park ha dicho también (ver El Nuevo Herald del 26 de marzo del 2005) que a los reos se les ejecuta frente a todos los pobladores de sus aldeas, y por el procedimiento frecuente de llenarle la boca de piedras, atarlo a un poste y darle tres tiros: uno en el cuello, el otro en la cintura y el tercero en el tobillo.

            Intelectuales, algunos de los cuales amenazaron con irse de Estados Unidos si Bush ganaba las elecciones, ¡cosa que por demás no han cumplido!, y que bajo Bush, o cualquier otro mandatario norteamericano, no sufrirían la más mínima represión por sus supuestas rebeldías, excepto el castigo intolerable, supongo, para quienes proclaman el odio al capitalismo, de ver engordar sus cuentas bancarias desde sus bien situados puestos en el cine o la academia. Habría que ver, por otra parte, qué pasaría con estos mismos intelectuales si, consecuentes con sus creencias, se mudaran bajo Castro e intentasen allí ser rebeldes y terribles, mínimamente nada más, ¡no tendrían que esforzarse mucho!; se los digo, en el supuesto de que no lo supieran, irían a parar a Villa Maristas[1] o a uno de tantos centros de tortura diseminados por la finca caribeña; donde el único rebelde y terrible, ¡sobre todo terrible!, es el Compañero Comandante en Jefe.

          Intelectuales, artistas  y escritores como Alice Walker y Harry Belafonte, o como José Saramago, Darío Fo (¡por lo más sagrado que ese apellido no me lo  he  inventado yo!), Eduardo Galeano, Joaquín Sabina  y Almudena  Grandes, ¡uy que tremendos y contestatarios y originales son todos estos chicos repitiendo las mismas bobadas de siempre!, que al momento de escribir esto acaban de firmar una carta donde piden no se condene a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. Condena que ni siquiera es una condena, sino una simple resolución que entre otras injerencias imperialistas, pide al régimen de La Habana que permita la entrada a la isla de un Relator Especial para los Derechos Humanos.

            Hay que decir, todo hay que decirlo, que tanto Saramago como Galeano     han rectificado, ¡aleluya!, en palabras del compañero intelectual isleño Lisandro Otero, después de osar criticar el fusilamiento, dos años antes, de tres jóvenes negros que intentaron llevarse un bote de La Habana a Miami; jóvenes y negros, y además locos, dirán ahora San Saramago y San Galeano vueltos al redil, pues cómo si no habrían de huir estos incómodos negros, ¡a costa de sus vidas nada menos!, de esa jauja de igualdad entre las razas que es La Habana a ese reducto racista que es Miami. Claro, cuando en agosto de 2004 se pudo ver en los noticiarios del mundo a una joven negra cubana, muy bella por cierto, que llegaba a Miami procedente de la isla empacada inexplicablemente en una caja de la compañía DHL y en el compartimento de equipajes de un avión, a nuestros azorados santos literarios no les cabría la más mínima duda acerca de que la población negra de la isla, sobre todo la joven, estaba aquejada del síndrome de la locura colectiva; consecuencia probable de un virus propagado por malvados agentes de la CIA o la Mafia Cubana de Miami.

            La derecha tiene también lo suyo, y tiene que es cobarde, que se acompleja de ser derecha, y antes de que cante el gallo se ha negado tres veces a sí misma. La derecha, en demasiados casos, no quiere ser reconocida como tal, se avergüenza de su condición, como esos mestizos que esconden a su abuela para que no descubran el verdadero color de sus ancestros, y transige con la izquierda en puntos donde no debería, y asume alegremente sus mismos distorsionados discursos, presunciones y  prejuicios acerca del acontecer histórico y político.

            De esa inconsecuencia no escapó ni alguien tan a la derecha, y tan bien dotado intelectualmente, como lo fue el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela. Refiere el historiador español Pío Moa, en su muy documentado libro Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas, que el también Premio Nóbel de Literatura Alexander Solzhenitsyn, exiliado de la URSS  y uno de los baluartes del anticomunismo en el Siglo XX, visitó España poco después de la muerte del General Francisco Franco y, entrevistado por la prensa, se le ocurrió describir el panorama que había encontrado en España como incomparablemente más libre que el de la URSS y dio una buena cantidad de ejemplos al respecto (cosa que por demás saltaría a la vista del observador imparcial de ambos contextos). Bueno, pues antifranquistas y comunistas (era de esperar) saltaron al cuello de Solzhenitsyn; pero no sólo ellos, sino que intelectuales de prestigio y para nada comunistas, entre ellos Cela, defendieron abiertamente el Gulag, y añadieron su voz (más eficaz en el ataque puesto que de la izquierda no venían) al coro que fustigaba al gran escritor ruso por la audacia de comparar desfavorablemente al país de los soviets, ese futuro luminoso al que la humanidad estaba condenada, con el país de los atrasados iberos.

Entre los epítetos lanzados desde la izquierda, y avalados por ciertas lumbreras de la derecha, en contra del incorrecto Solzhenitsyn están las perlas siguientes: payaso, paranoico clínicamente puro, embustero, turista privilegiado, chorizo, espantajo, mendigo desvergonzado, hipócrita, bandido, mercenario, viejo patriarca zarista. ¿Esta sarta de delicadezas dirigida al desprestigio de una persona de valer no les resultaría familiar a  todos aquellos que han sufrido o estudiado el comunismo? Por supuesto que sí. Eran epítetos elaborados a destajo por los órganos de propaganda del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y distribuidos como munición a sus cajas de resonancia en el mundo. Lo sorprendente aquí no es la naturaleza de los epítetos, ya sabemos la tolerancia que se gasta la progresía, sino su repetición en épocas y espacios distintos como prueba de lo previsibles y poco originales que suelen ser los comunistas en su proceder; al menos en lo que a descalificaciones se refiere.

          Por lo pronto, al observador atento de la realidad cubana le parecería que los  epítetos disparados en España contra el autor de El Archipiélago de Gulag en el inmediato posfranquismo son los mismos disparados por el régimen castrista, y sus cajas de resonancia, para denostar a sus disidentes y opositores. Los mismos que, por ejemplo, fueron esgrimidos con saña sin par en la década del 80 en Cuba, durante la campaña mediática emprendida por los órganos de propaganda del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en contra del disidente e intelectual isleño Ricardo Bofill Pagés, fundador del Comité Cubano Pro Derechos Humanos.

   Pero el exilio cubano tiene también lo suyo, y tiene que se asume como de  derecha sin serlo, y ocurre a veces que se identifica con la derecha más desprestigiada, torpe y estridente. Paradójicamente no existe una derecha en el exilio; al menos no lo que pudiéramos llamar un pensamiento de derecha representativo de la masa desterrada. Hay sí expresiones, procedimientos o actitudes de derecha, o que la izquierda procura enmarcar dentro de la derecha en su afán descalificador del anticastrismo. Lo más cercano a un proyecto consciente de derecha en el exilio estaría en la Fundación Nacional Cubano- Americana de Jorge Mas Canosa (muerto éste no me atrevería a asegurar lo mismo). Por supuesto,  nada que ver con la derecha cavernícola que la izquierda pinta. Es más, apostaría veinte a una como en las peleas de gallo, a que este líder mostró más coherencia y compromiso democrático en su accionar que cualquiera de los líderes exiliados de la izquierda en el pasado siglo; digamos: Indalecio Prieto, Juan Negrín, Manuel Azaña, Largo Caballero (alias el Lenin Español) y Dolores Ibárruri (alias la Pasionaria), de España, o Gladys Marín y Luis Corvalán, de Chile; inclusive, más que cualquiera de los presidentes electos de la llamada izquierda plural en el presente; digamos, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y José Luis Rodríguez Zapatero, por no hablar del impresentable Hugo Chávez. Es bueno recordar también que Mas Canosa se inicia en la vida política, adolescentes aún, en la lucha revolucionaria en contra del General Fulgencio Batista y Zaldívar.

            Lo primero que sorprendería al observador no avisado que llegase a Miami es que la mayoría de las organizaciones y personalidades del anticastrismo más militante han sido, o se han definido como revolucionarias. Muchos han llegado al punto de disputar el revolucionarismo a Castro; ¡son ellos y no Castro los auténticos revolucionarios! De ahí que, por ejemplo, dos de las organizaciones más duras del exilio en el enfrentamiento armado al régimen de La Habana se nombrasen orgullosamente Movimiento de Recuperación Revolucionaria y Rescate Revolucionario, de Manuel Artime y Antonio (Tony) Varona, respectivamente. De ahí la tesis de la revolución traicionada que sostienen figuras tan respetables como el Comandante Huber Matos.

            Es por ello que la lectura desprejuiciada del programa de gobierno que aplicaría en Cuba libre una organización como Alfa 66, catalogada como de extrema derecha, llevaría a ubicarla más bien en el terreno ideológico de una socialdemocracia bastante radical. En el caso de Alfa 66, y de cualquier otra organización que proclame la lucha violenta y no sea comunista o afín al comunismo, ocurre que la izquierda confunde convenientemente método de lucha con ideología; si son violentos y no son marxistas, ¡faltaría más!, son de extrema derecha; cuando la verdad es que esa nebulosa zona del laboreo político que conforma la izquierda sería la única en la historia que ha desarrollado una metodología científica de la violencia para la toma y mantenimiento del poder; sostenida además sobre una filosofía que se proclama inapelable en la explicación, manual de por medio, de cada uno de los fenómenos de la compleja y resbaladiza realidad. Me refiero a la lucha de clases y el Marxismo-Leninismo, respectivamente.

            No por gusto fue el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) uno de los más importantes y populares de la segunda mitad de vida republicana en la isla. No por gusto, además, las lides electorales en la más grande de las Antillas, al menos después de la Revolución del 33, se librarían siempre entre la izquierda y la izquierda; aunque quizá, y esto es lo peor, sin conciencia cabal entre los partidos y coaliciones de por dónde iban los tiros ideológicos; y llegados a los tiros ideológicos quizá sea adecuado aventurar la hipótesis acerca de que, probablemente, entre los factores que llevarían a la pérdida de la República democrática y a la instauración del comunismo se encontraría la ausencia de un pensamiento de derecha en la isla; al punto de que para encontrar algo parecido en la historia de esa isla haya que remontarse a la primera mitad del XIX; con prohombres de la estirpe de José Antonio Saco y Francisco de Arango y Parreño (¡la mente más brillante de Cuba al decir del historiador Manuel Moreno Fraginals!), nucleados en torno a instituciones y publicaciones como la Sociedad Económica de Amigos del País y el Papel Periódico de La Habana.

            No por gusto la misma Revolución del 33 marcó un hito en lo que algunos pomposamente llaman la mayoría de edad de la República. Cuando, patriotismo aparte, lo cierto es que existen indicios para creer que más bien podría haber marcado un hito en el inicio o el agravamiento de los problemas sin solución para la República. Por otra parte, si verdaderamente esa fecha marcó la mayoría de edad de la República: ¿Qué clase de uso dieron los cubanos a los deberes y derechos que se adquieren con la mayoría de edad? ¿Es que fueron los cubanos unos adultos irresponsables, puesto que los hechos históricos muestran que a poco de ser mayores perdieron o entregaron alegremente la República? Por otro lado, si esa mayoría de edad a lo que se refiere es a la derogación de la Enmienda Platt[2] como la más importante consecuencia de la Revolución del 33, ¿fue por consiguiente tan negativa para Cuba la Enmieda Platt como pretenden tirios y troyanos? ¿No ayudaría la Enmieda Platt más bien a preservar, a trancas y barrancas es cierto, pero a preservar en definitiva, a esa República? ¿De haber existido la Enmienda Platt en 1959 habría llegado al poder un Fidel Castro? ¿Se hubiese implantado un régimen comunista en la isla? ¿Es en definitiva el exilio cubano la consecuencia última de la derogación de la Enmienda Platt?

            No por gusto en la crónica social de la era republicana abundaban notas informativas como ésta: El evento benéfico contó con la presencia de descollantes figuras del ámbito nacional como el Dr. Mengano de Tal y el apuesto joven revolucionario Zutanejo de Mas Cual; es decir, parecería que el ser revolucionario en la Cuba de la época era una suerte de carrera con evidentes dividendos sociales y supongo que económicos.

            No por gusto la prensa cubana en la década del 30 celebraba las hazañas del bandolero Arroyito y lo pintaba como una especie de Robin Hood tropical que asaltaba y extorsionaba a los malvados empresarios para repartir el botín entre los pobres del país; algo que por cierto repitió con creces esa prensa años más tarde cuando Fidel Castro estaba confortablemente instalado con su rifle de mirilla telescópica (¡tirar de lejos por si las moscas!), en la Sierra Maestra. Campaña mediática encabezada, hay que recordar, no digamos ya por la muy criolla revista Bohemia, sino también y en primer lugar por el muy norteamericano periódico New York Times.

            No por gusto cuenta Agustín Alles Soberón (por cierto fue Alles el primer periodista cubano en subir  a la Sierra Maestra y entrevistar a Castro, y el segundo internacionalmente, detrás de Herbert Matthews), reportero estrella de la muy leída sección En Cuba de la Revista Bohemia, que en una ocasión realizaba una encuesta de opiniones para la mencionada sección y que, azorado porque todos los encuestados mantenían posiciones escoradas a la mano zurda y en nombre del elemental principio periodístico del balance y la imparcialidad, salió a la búsqueda desesperada de al menos una opinión conservadora; alguien le sugirió entonces que fuese a donde el Dr. Raúl de Cárdenas, presidente de una asociación de propietarios de mucho empaque y ex vicepresidente de la República, y allá se fue el bueno de Agustín para encontrarse en apuros ante el presunto ejemplar de la derecha que emitía unos apasionados criterios que parecían entresacados de uno de esos recetarios del marxismo-leninismo para acabar con la pobreza, y de paso, con los pobres.

            Ese escoramiento de la sociedad cubana hacia el progresismo hacía posible que se tildara (algo que algunos hacen todavía en el exilio) de extrema derecha al periódico Diario de La Marina; una institución  con existencia centenaria que sería el orgullo de cualquier nación civilizada, y que puestos a definir ideológicamente, habría que ubicar más bien como algo cercano a los puntos de vista de eso que llaman doctrina social de la Iglesia.

            No por gusto el senador y candidato presidencial por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), Eduardo R. Chibás, ese que algunos llaman aún el adalid que hubiese cambiado los destinos de Cuba en las malogradas elecciones de 1952 (de no haberse disparado un balazo en la barriga en 1951), tenía como lema de su campaña nada menos que aquello de vergüenza contra dinero, como si él hubiese sido pobre, como si lo último fuese excluyente de lo primero, o viceversa.

            No por gusto la lectura de las bases del Partido Ortodoxo, aprobadas el 15  de junio de 1957, muestran que éstas empiezan por proclamar el rescate del programa y la doctrina revolucionarias y por definir la organización como una medularmente revolucionaria; palabra que se repite como ritornello en cada una de las siguientes bases.

            No por gusto la más famosa polémica en la Cuba Republicana, esa que dicen que no cesa y que llevó a la muerte del senador, se dio no entre Chibás y un pensador de la derecha, sino entre Chibás y Aureliano  Sánchez Arango, ministro de educación del gobierno auténtico de Carlos Prío Socarrás y profesor de Legislación Obrera en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana, afiliado al Partido Comunista en 1930 y fundador en 1931 del Ala Izquierda Estudiantil.

            No por gusto Fidel Castro proviene de las filas del Partido Ortodoxo y Chibás resulta uno de los pocos políticos republicanos, quizás el único si exceptuamos a los comunistas, que ha gozado de veneración en la historia oficial hecha a la medida del asaltante del Moncada[3] y de Cuba.

            No por gusto el que ha devenido coco de la derecha isleña, Fulgencio Batista y Zaldívar, probablemente no sería más que un populista de izquierdas, un producto de la Revolución del 33 que a su vez salta al centro del convulso escenario político cubano con su Revolución del 4 de Septiembre; alguien que, por si fuera poco, se postula y gana las elecciones de 1940 por la Coalición Socialista Democrática, y forma un gobierno ciertamente democrático que entre otros supuestos logros progresistas legaliza al Partido Comunista e incluye en su gabinete a connotados marxistas como Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello. Gobierno bajo el cual se aprobó nada menos que la muy aplaudida Constitución del 40.

            Y llegados al punto de la Constitución del 40 no se olvide que era en muchos aspectos una carta socializante, influida en buena medida por las lumbreras comunistas del momento, y que por otro lado es ponderada todavía por los derechistas cubanos exiliados como la más adelantada y progresista de la época en el mundo. Adelanto y progreso que por cierto no difiere de lo que la izquierda entiende por adelanto y progreso; esto es, entre otros aspectos, legislar sobre justicia social al son de salarios mínimos, licencias de maternidad, vacaciones retribuidas y las relaciones obrero-patronales en general. Es saludable saber que si en algo están de acuerdo las cerca de 200 organizaciones anticastristas del exilio cubano, que casi nunca están de acuerdo en casi nada, es en la necesidad de restituir en la isla en algún momento la Constitución de 1940; y no precisamente por falta de opciones, como podría argumentarse, pues a mano tendrían la Constitución de 1901 permeada por la carta norteamericana y por lo mismo distanciada del síndrome socializante.

            Sería entonces de esperar, si la lógica funcionase, que la izquierda internacional rompiese lanzas junto al exilio cubano a favor, al menos, del  restablecimiento en Cuba de la tan progresista Constitución del 40; pero no, esa izquierda prefiere, ¡aleluya cuando lo prefiere!, lograr cambios graduales en la isla a partir de la Constitución de 1976; esa que comenzaba declarando la amistad inquebrantable de la nación caribeña con el desaparecido imperio de los soviets, esa donde los obreros cubanos no cuentan con más derechos que los que tendrían los siervos de la gleba en el sistema feudal.

            Para colmo, el ejemplar de la Constitución del 40 que consulto en tanto esto escribo, no fue editado por una de esas siempre dadivosas fundaciones de la socialdemocracia internacional; sino por la mismísima Brigada de Asalto 2506, mercenarios de la extrema derecha imperialista, según la izquierda, que en 1961 fueron a Cuba con las armas en la mano con el objetivo último de restituir la mencionada Carta Magna; empeño en el que muchos de sus miembros perdieron la vida.


[1] El tristemente célebre Cuartel General de la Seguridad del Estado en La Habana donde se conduce a los detenidos para ser sometidos a prolongadas sesiones de interrogatorio. Lleva ese nombre por haber sido propiedad de la orden de los Hermanos Maristas antes de la llegada al poder de Fidel Castro.

[2] Tras el Tratado de París en 1899, y mientras Cuba en 1901 elaboraba su 1ª Constitución, el Senado de Estados Unidos vota una enmienda que será incluida en la Constitución cubana: la Enmienda Platt. La misma tenía tres puntos importantes: la cesión de terrenos para el establecimiento de bases militares estadounidenses en suelo cubano, la prohibición al Gobierno de Cuba para firmar tratados o contraer préstamos con poderes extranjeros que pudieran menoscabar la independencia de Cuba ni en manera alguna obtener por colonización o para propósitos militares asiento o control  sobre ninguna porción de la isla, y  el derecho que daba a Estados Unidos para intervenir con sus Fuerzas Armadas en Cuba con vista a proteger «las vidas, las propiedades o las libertades individuales».

[3] Cuartel de la ciudad de Santiago de Cuba asaltado por Fidel Castro y su grupo en la madrugada del 26 de julio de 1953, dando así inicio al movimiento armado que lo llevaría al poder el 1 de enero de 1959.

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